Y como es regla que según el nido ha de ser el pájaro, diré una palabra sobre el villano. Si es bodegonero, almacenero o de otra profesión secundaria, su traje diario se compone de las piezas siguientes: botas charoladas, pantalón y frac de paño negro, chaleco de raso ídem, corbata de gró, un pequeño casquete o gorrita de paño; y pendiente de un cordón negro, un chisme de oro que representa un lápiz o una llave. En la punta de este cordón y muy sumido en el bolsillo está la pieza más curiosa del traje del yankee. Si Vd. quiere estudiar las transformaciones que el reloj ha experimentado desde su invención hasta nuestros días, pida Vd. la hora a cuanto yankee encuentre. Verá Vd. relojes fósiles, relojes mastodontes, relojes fantasmas, relojes guarida de sabandijas, relojes de tres pisos, inflados, con puente levadizo y escalera secreta, para descender con linterna a darles cuerda. El padrón del reloj de Dulcamara, en el Elixir de Amor, emigró con los primeros puritanos, y sus descendientes gozan del derecho de ciudadanía, y están alistados en el partido temible de los nativistas, que profesan las doctrinas del americanismo más exaltado. Cada buque que llega de Europa trae centenares de estos emigrantes, los cuales, vendidos a la mejor postura en Nueva York, Boston, Nueva Orleans, Baltimore, desde el precio de doce reales para arriba, proveen a esta demanda nacional y popular de relojes. Tiene el yankee una cartera en el bolsillo, y al acostarse en la cama traza a la ligera jeroglíficos que indican el camino que tiene trazado a sus acciones del día siguiente. No se crea que hay exageración en esta común distribución de los medios civilizados a las aldeas como a las ciudades, y a los hombres de todas clases. Tomo a la ventura las villitas más pequeñas, cuya descripción me cae a la mano. Bennington contiene un consistorio, una iglesia, dos academias (colegios), un banco y cerca de 300 habitantes.
Norwich, en la orilla derecha del Connecticut, contiene varias iglesias, un banco y 700 habitantes.
Haverhill tiene un consistorio, un banco, una iglesia, una academia y sesenta casas, etc.
Hacia el Oeste, donde la civilización declina, y en el Far West, donde casi se extingue, por el desparramo de la población en las campañas, el aspecto cambia, sin duda: el bienestar se reduce a lo estrictamente necesario, y la casa se convierte en el log house, construido en veinticuatro horas, de palos superpuestos y cruzándose en las esquinas por medio de muescas; pero aún en estas remotas plantaciones, hay igualdad perfecta de aspecto en la población, en el vestido, en los modales, y aún en la inteligencia; el comerciante, el doctor, el sheriff, el cultivador, todos tienen el mismo aspecto. El campesino es padre de familia, es propietario de doscientos acres de tierra o de dos mil, no importa para el caso. Sus instrumentos aratorios, sus engines, son los mismos, es decir, los mejores conocidos; y si acierta a darse en la vecindad un mitin religioso, de lo profundo de los bosques, descendiendo de las montañas, asomándose por todos los caminos, veráse los campesinos a caballo en grandes cabalgatas, con su pantalón y su frac negro, y las niñas con los vestidos de los géneros más frescos y las formas más graciosas. A bordo de un vapor en una larga navegación, habíame tocado de vez en cuando acercarme a un sujeto perfectamente vestido y que se hacía notar por el cortés desembarazo de los modales. Una mañana, al acercarnos a una ciudad, le ví, no sin sorpresa, sacar de su camarote un caja, templarla y comenzar a tocar la llamada, invitando al enganche a los jóvenes del lugar. ¡Era tambor! A veces la cadena del reloj caía sobre el parche y embarazaba momentáneamente el juego de los palillos. La igualdad es, pues, absoluta en las costumbres y en las formas. Los grados de civilización o de riqueza no están expresados como entre nosotros por cortes especiales de vestido. No hay chaqueta, ni poncho, sino un vestido común y hasta una rudeza común de modales que mantiene las apariencias de igualdad en la educación.
Pero aún no es esta la parte más característica de aquel pueblo: es su aptitud para apropiarse, generalizar, vulgarizar, conservar y perfeccionar todos los usos, instrumentos, procederes y auxilios que la más adelantada civilización ha puesto en manos de los hombres. En esto los Estados Unidos son únicos en la tierra. No hay rutina invencible que demore por siglos la adopción de una mejora conocida; hay por el contrario una predisposición a adoptar todo. El anuncio hecho por un diario de una modificación en el arado, por ejemplo, lo transcriben en un día todos los periódicos de la Unión. Al día siguiente se habla de ello en todas las plantaciones, y los herreros y fabricantes han ensayado en doscientos puntos de la Unión esta práctica. Id a hacer o a esperar cosa semejante en un siglo en España, Francia o nuestra América.
El diccionario de Salvá, porque el de la Academia no hace fe hoy, dice, definiendo la palabra civilización, que es “aquel grado de cultura que adquieren pueblos y personas, cuando de la rudeza natural pasan al primor, elegancia y dulzura de voces y costumbres propio de gente culta”. Yo llamaría a esto civilidad; pues, las voces muy relamidas, ni las costumbres en extremo muelles, representan la perfección moral y física, ni las fuerzas que el hombre civilizado desarrolla para someter a su uso la naturaleza.
Después de las aldeas de los Estados Unidos, llama de preferencia la atención del viajero el movimiento de los caminos que las unen entre sí, ya sean carriles, macadamizados, ferrocarriles o ríos navegables. Si Dios llamara repentinamente a cuentas al mundo, sorprendería en marcha, como a las hormigas, a los dos tercios de la población norteamericana, de donde resulta lo mismo que he dicho de los edificios; pues viajando todos, no hay empresa imposible ni improductiva en materia de viabilidad. Ciento veinte leguas de camino de hierro se hacen en veinticuatro horas desde Albany hasta Buffalo por doce pesos; y por quince, inclusas cuatro opíparas y suculentas comidas diarias, dos mil doscientas millas de navegación de vapor en diez días, desde Cincinnati hasta Nueva Orleans, por los ríos Ohio o Mississippi. El vapor o el convoy del ferrocarril atraviesa bosques primitivos, entre cuyas enramadas, obscuras y solitarias, teme el viajero meditabundo ver aparecer el último resto de las tribus salvajes que no hace diez años llamaban a aquellos parajes las cacerías de sus padres.
La concurrencia de los pasajeros permite la baratura del pasaje; y la baratura del pasaje tienta a viajar a los que no tienen objeto preciso para ello; el yankee sale de su casa a respirar un poco de aire, a tomar un paseo, y hace de ida y vuelta cincuenta leguas en un vapor o un convoy, y vuelve a continuar sus ocupaciones. Cuando el ojo certero de la industria descubre un trayecto de ferrocarril, una asociación lo abre lo suficiente para indicar la vía; de los árboles volteados se hacen las líneas del futuro ferrocarril, poniéndoles sobrepuestas planchuelas delgadas de hierro. El convoy se lanza con tiento al principio, equilibrándose, aquí caigo, allí levanto sobre esta peligrosa vía; los pasajeros llueven de todas partes y con los productos que dejan, se construye entonces el verdadero camino, nunca seguro, por no hacerlo costoso, lo que no aumenta en mucho el número de desgracias. El convoy es siempre cómodo, espacioso, y si los cojines no son tan muelles como los de la primera clase en Francia, no son tampoco tan estúpidamente duros como los de segunda en Inglaterra; pues en los Estados Unidos, no habiendo sino una clase en la sociedad, la cual la forma el hombre, no hay tres y aún cuatro clases de vagones, como sucede en Europa. Pero, donde el lujo y la grandeza norteamericanas se ostentan sin rival en la tierra, es en los vapores de los ríos del norte. Cloacas o cáscaras de nuez parecerían a su lado los que navegan en el Mediterráneo. Son palacios flotantes de tres pisos, con galerías y azoteas para pasearse. Brilla el oro en los capiteles y arquitrabes de las mil columnas que, como en el Isaac Newton, flanquean cámaras monstruos, capaces de contener en su seno al senado y cámara de diputados. Colgaduras de damasco artísticamente prendidas disimulan los camarotes para quinientos pasajeros, comedores colosos con mesa sin fin de caoba bruñida y servicio de porcelana y plata para mil comensales. Puede este buque recibir dos mil pasajeros; tiene 750 lechos, 200 camarotes independientes; mide 341 pies de largo, 85 de ancho, y carga además 1.450 toneladas.
El vapor Hendrick mide 341 pies de largo y 72 de ancho; tiene 150 camarotes independientes; 600 lechos con colchones de pluma, dando accommodations en general para dos mil pasajeros, todo por un dólar, corriendo la distancia de 144 millas. Un habitante de Nueva York va a Troya o Albany en la noche; habla por la mañana del día siguiente con su corresponsal, y en la tarde está en Nueva York de regreso, a vacar de las ocupaciones del día, habiendo hecho en la interrupción de diez o doce horas de tiempo hábil, cien leguas de camino. El sudamericano que acaba de desembarcar de Europa, donde se ha extasiado admirando los progresos de la industria y el poder del hombre, se pregunta atónito al ver aquellas colosales construcciones americanas, aquellas facilidades de locomoción, si realmente la Europa está a la cabeza de la civilización del mundo. Marinos franceses, ingleses y sardos, he visto expresar sin disimulo su asombro de encontrarse tan pequeños, tan atrás de este pueblo gigantesco.
Hay en aquellos buques del Hudson un sancta sanctorum, en cuyo recinto no penetra el ojo del profano, una morada misteriosa, de cuyas delicias puede cuando más tenerse sospechas por las bocanadas de perfumes que se escapan al abrirse momentáneamente la puerta. Los norteamericanos se han creado costumbres que no tienen ejemplo ni antecedentes en la tierra. La mujer soltera, o el hombre de sexo femenino, es libre como las mariposas hasta el momento de encerrarse en el capullo doméstico para llenar con el matrimonio sus funciones sociales. Antes de esta época viaja sola, vaga por las calles de las ciudades y mantiene amoríos castos a la par que desenvueltos a la luz del público, bajo el ojo indiferente de sus padres. Recibe visitas de personas que no se han presentado a la familia, y a las dos de la mañana vuelve de un baile a su casa acompañada por aquel con quien ha valseado o polkeado exclusivamente toda la noche. Los buenos puritanos de sus padres la hacen bromas a veces con el tal, de cuyos amores han sido instruídos por la voz pública, y la taimada se complace en derrotar las conjeturas, desmintiendo la evidencia.