Después de dos o tres años de flirtear, este es el verbo norteamericano, bailes, paseos, viajes y coqueterías, la niña de la historia, en el almuerzo y como quién no quiere la cosa, pregunta a sus padres si conocen a un joven alto, rubio, maquinista de profesión, que suele venir a verla, de vez en cuando, todos los días. Hacía un año que estaban esperando esta introducción. El desenlace es que hay en la familia un enlace convenido, de que se da parte a los padres la víspera, los cuales ya lo sabían por todas las comadres de la vecindad. Celebrado el desposorio, los novios toman en el acto el próximo camino de hierro, y salen a ostentar su felicidad por bosques, villas, ciudades y hoteles. En los vagones se las ve siempre a estas encantadoras parejas de jóvenes de veinte años, abrazados, reposándose el uno en el seno del otro, y prodigándose caricias tan expresivas que edifican a todos los circunstantes, haciéndoles formar el propósito de casarse inmediatamente, aún a los más contumaces solterones. No puede hacerse en términos más insinuantes que esta exposición al aire libre de las embriagueces matrimoniales, la propaganda del casamiento. Debido a esto es que el yankee no llega nunca a la edad de veinte y cinco años sin tener ya una familia numerosa; y yo no me explico de otro modo la asombrosa propagación de la especie en aquel suelo afortunado. En 1790 la población constaba de cerca de cuatro millones; 1800, cinco millones; 1810, siete millones; 1820, nueve millones; 1830, doce millones; 1840, diez y siete millones; 1850, contará veinte y tres millones. La inmigración influye en estas cifras; pero en proporciones limitadas. El inmigrante no es un animal prolífico, hasta que ha recibido el baño yankee.

Volviendo, pues, a los millares de novios que andan enardeciendo y vivificando la atmósfera con sus hálitos de primavera, los vapores del Hudson y de otros ríos clásicos les tienen preparados departamentos ad hoc. ¡Llámase este recinto la cámara de la novia! Vidrios de colores esmaltados imprimen a la discreta luz que penetra en ella, todos los suaves colores del iris; lámparas rosadas arden por la noche; y de noche y de día el perfume de las flores, las aguas odoríferas y los aromas que se queman aguzan la sed de placer que consume a sus escogidos moradores. Las fábricas de París no han creado damascos ni muselinas suficientemente costosas, para envolver entre sus sueltos pliegues y bajo techumbres doradas las legítimas saturnales de la cámara de la novia. Después de haber visto la cascada del Niágara, bañándose en las fuentes termales de Saratoga, pasado en revista cien ciudades y recorrido mil leguas de país, los novios vuelven, después de quince días, extenuados, maravillados y contentos, a aburrirse santamente en el hogar doméstico. La mujer ha dicho adiós para siempre al mundo, de cuyos placeres gozó tanto tiempo con entera libertad; a las selvas frescas de verdura, testigos de sus amores, a la cascada, a los caminos y a los ríos. En adelante, el cerrado asilo doméstico es su penitencia perpetua; el roastbeef su acusador eterno; el hormigueo de chiquillos rubios y retozones, su torcedor continuo; y un marido incivil, aunque good natured, sudón de día y roncador de noche, su cómplice y su fantasma. Atribuyo a aquellos amores ambulantes en que termina el flirteo americano, la manía de viajar que distingue al yankee, de quien puede decirse que nace viajero. El furor de viajar crece en proporciones espantosas año por año. Los productos de todas las obras públicas, ferrocarriles, puentes y canales en los diversos estados, en 1844, comparados con los de 1843, mostraron un aumento de cuatro millones de dóllars; lo que hizo subir en solo aquel año de ochenta millones el valor de los trabajos, computando el rédito al cinco por ciento. Sabe de memoria todas las distancias, y a la vista de una ciudad, en los vagones o en los vapores, hay un movimiento general de echar mano a la faltriquera, desdoblar el mapa topográfico de los alrededores y señalar con el dedo el punto de la cuestión. Una sola casa de Nueva York ha vendido en diez años millón y medio de atlas y mapas para el uso popular. Es seguro que en París no hay ninguna que haya hecho emisión igual para proveer al mundo entero. Cada estado tiene su carta geológica, que muestra la composición del suelo y los elementos explotables que contiene; cada condado su carta topográfica en diez ediciones diversas de todos los tamaños y de todos los precios. Apenas se tiró el primer cañonazo en la frontera mejicana, la Unión fué inundada por millones de mapas de Méjico, en los cuales el yankee traza los movimientos del ejército, da batallas, avanza, toma a la capital y se estaciona allí, hasta que las nuevas noticias venidas por el telégrafo, lo orientan sobre la verdadera posición de los ejércitos, para hacerlos marchar de nuevo, con el dedo puesto en el mapa y a fuerza de conjeturas y cálculos, lo pone a la hora de ésta dentro de la ciudad de Méjico. Los mejicanos pueden ir a recibir lecciones de los leñadores yankees sobre la topografía, producciones y ventajas del país que sin conocer habitan.

Pero continuemos un poco describiendo la fisonomía de los caminos. En los lagos y en otros ríos de mayor longitud que el Hudson, los vapores se acercan a los barrancos en puntos determinados, para renovar su provisión de leña, operación que se hace en menos tiempo que el cambio de mulas en las postas españolas o la renovación de pasajeros. Del centro de un bosque secular y por sendas apenas practicables, vese salir una familia de señoras en toilette de baile, acompañadas por caballeros vestidos del eterno frac negro, variado a veces por un paletó, y cuando más un anciano con surtú de terciopelo a la puritana; cabellos blancos y largos hasta los hombros, a lo Franklin, y sombrero redondo de copa baja. El carruaje que los conduce es de la misma construcción y tan esmeradamente barnizado como los que circulan en las calles de Washington. Los caballos con arneses relucientes, pertenecen a la raza inglesa, que no ha perdido nada de su esbelta belleza ni de su árabe conformación al emigrar al nuevo mundo; porque el norteamericano, lejos de barbarizar como nosotros los elementos que nos entregó al instalarnos colonos la civilización europea, trabaja por perfeccionarlos más aún y hacerles dar un nuevo paso. El espectáculo de esta decencia uniforme, y de aquel bienestar general, si bien satisface el corazón de los que gozan en contemplar a una porción de la especie humana, dueña en proporciones comunes a todos, de los goces y las ventajas de la asociación, cansa, al fin, la vista por su monótona uniformidad; desluciendo el cuadro, a veces, la aparición de un campesino con vestidos desordenados, levita descolorida y sucia, o frac hecho harapos, lo que trae a la memoria del viajero el recuerdo de los mendigos españoles o sudamericanos, de tan ingrata apariencia. No hermosean el paisaje, por ejemplo, aquellos trajes romanescos de la campiña de Nápoles; el sombrero con pluma empinada de las aguadoras de Venecia; la mantilla de las manolas sevillanas; ni las vestiduras recamadas de oro de las judías de Argel u Orán. ¡La Francia misma, que manda a todos los pueblos el despótico decreto de sus modas, entretiene al viajero con las cofias de las mujeres de campaña, invariables y características en cada provincia, llegando en las inmediaciones de Burdeos a asumir la aterrante altura de dos tercios de vara sobre la cabeza, como aquellas peinetas formadas de la concha de un galápago entero, que llenas de orgullo llevaron en un tiempo las damas de Buenos Aires; analogía que unida a los pabellones y espuelas chilenos, me ha hecho sospechar que el espíritu de provincia, de aldea, es por todas partes fecundo en cosas abultadas!

Una paisanota de los Estados Unidos se conoce apenas por lo sonrosado de sus mejillas, su cara redonda y regordeta y el sonreir candoroso y hébété que la distingue de las gentes de las ciudades. Fuera de esto y un poco de peor gusto y menos desenfado para llevar la cachemira o la manteleta, las mujeres norteamericanas pertenecen todas a una misma clase, con tipos de fisonomía que por lo general honran a la especie humana.

En este viaje que con usted, mi buen amigo, ando haciendo por todas partes en los Estados Unidos, ya sea que nos paseemos en las galerías o sobre la cubierta de los vapores, ya sea que prefiramos el más sedentario vehículo de los ferrocarriles, al fin hemos de llegar, no diré a las puertas de una ciudad, frase europea y que está indicando las prisiones de que están circundadas, sino al desembarcadero, desde donde, con trescientos pasajeros más, iremos a acuartelarnos en uno de los magníficos hoteles cuyas carrozas con cuatro caballos y domésticos elegantes, si no queremos seguir a pie la procesión con nuestro saco de viaje bajo el brazo, nos aguardan a la puerta. Al acercarse el vapor en que descendía el Mississipí, volviendo una de las semicirculares curvas que describe aquella inmensa cuanto quieta mole de agua, nos señalaron en el horizonte, dominando masas escalonadas de bosques matizados por el otoño y a cuya base se extienden en líneas de esmeralda las dilatadas plantaciones de azúcar, la cúpula de San Carlos, consoladora muestra, después de 700 leguas de agua y bosque, de la proximidad de Nueva Orleáns; y aunque el aspecto del paisaje circunvecino no favorece la comparación, la vista de aquella lejana cúpula me trajo a la memoria la de San Pedro en Roma, que se divisa desde todos los puntos del horizonte como si ella sola existiese allí; mostrándose tan colosal a veinte leguas, como no se la cree cuando es considerada de cerca. Por fin, iba a ver en los Estados Unidos una basílica de arquitectura clásica y de dimensiones dignas del culto. Alguien nos preguntó si teníamos hotel para nuestro alojamiento, indicándonos el de San Carlos, como el más bien servido. Desde la cúpula, añadió, podrán ustedes tener al salir el sol el panorama más vasto de la ciudad, el río, el lago y las vecinas campiñas. El San Carlos que alzaba su erguida cabeza sobre las colinas y bosques de los alrededores, el San Carlos que me había traído la reminiscencia de San Pedro en Roma, ¡no era más que una fonda!

He aquí el pueblo rey que se construye palacios para reposar la cabeza una noche bajo sus bóvedas; he aquí el culto tributado al hombre, en cuanto hombre, y los prodigios del arte empleados, prodigados para glorificar a las masas populares. Nerón tuvo su Domus Aurea; ¡entre los romanos, los plebeyos tenían sus catacumbas tan sólo para abrigarse!

Nuestra admiración en nada disminuyó al acercarnos a la base del soberbio palacio que envidiaran muchos príncipes europeos, y que en los Estados Unidos, a excepción del Capitolio de Wáshington, monumento alguno civil o religioso le es superior en dimensiones y buen gusto. Sobre una subconstrucción de granito, destinada a bodegas y almacenes, se alza un basamento de mármol blanco, que sirve de base a doce columnas estriadas de orden compósito, y seis de las cuales, avanzándose sobre el plan general, sostienen un bellísimo frontón. El lienzo de las murallas que a ambos lados continúan el frontispicio, contiene entre la altura correspondiente a la que media entre el basamento y el arquitrabe de las columnas, cuatro órdenes de pisos, conservando, sin embargo, sus ventanas proporciones arquitectónicas. Debajo del pórtico formado por el frontón está la estatua de Wáshington jupiterino, que guarda la entrada, la cual conduce a una espaciosa rotonda, pavimentada de mármol, y que corresponde a la gran cúpula que reposa sobre ella. En este espacioso recinto están distribuídas mesas recargadas de colecciones de periódicos de toda la Unión y los de Europa de quince días anteriores.

Las oficinas de la contaduría de la casa ocupan el frente; escalas soberbias se enroscan en el aire sobre sí mismas cual serpientes de bronce, para dar ascenso en todas direcciones a las habitaciones superiores, hasta la misma cúpula, rodeada de una galería de columnas corintias, en que termina el monumento. Profusa y ordenada turba de sirvientes están prontos a obedecer la menor indicación del viajero; y una chimenea que puede contener una tonelada de carbón de piedra, le entretiene y conforta en el invierno, mientras se registra su nombre en el gran libro, siempre abierto para este fin, y se le señalan habitaciones a donde transportar su equipaje. Una iluminación de gas poderosa distribuye por mil picos esparcidos en todo el ámbito del edificio torrentes de luz solar. A la izquierda se extiende hacia el fondo de la construcción el comedor, rodeado de columnas, alumbrado por arañas colosales de bronce, y suficientemente ancho para contener tres mesas de caoba que corren paralelas a lo largo del salón una distancia de algo menos de media cuadra. Setecientos comensales se reunen en torno de estas mesas en el invierno, época de mayor actividad y concurrencia en Nueva Orleans. El interior del edificio corresponde en lujo a estas colosales exterioridades. Mi compañero de viaje, dominado por ideas sociales de un orden superior, se había en conversaciones anteriores, mostrado punto menos que indiferente sobre las ventajas de este o el otro sistema de gobierno. Pero, al recorrer las calles internas que dan comunicación a centenares de habitaciones, decoradas éstas con todas las gradaciones de lujo que pueden exigir la condición diversa de los huéspedes, y que según él, se extendían a distancias fabulosas, estoy convertido, me decía, por la intercesión de San Carlos; ahora creo en la república, creo en la democracia, creo en todo; perdono a los puritanos, aun aquel que comía salsa de tomate crudo con la punta del cuchillo y antes de la sopa. ¡Todo debe perdonársele, sin embargo, al pueblo que levanta monumentos a la sala de comer, y corona con una cúpula como ésta la cocina!

El San Carlos, no obstante ser el San Pedro de los hoteles, no es por eso ni el más espacioso ni el más sólido de los palacios populares, si bien ha costado 700.000 duros su construcción. Cada gran ciudad de los Estados Unidos se envanece de poseer dos o tres hoteles monstruos, que luchan entre sí en lujo y comfort, menudeando al pueblo a precios ínfimos. El Astor-Hotel en Nueva York es una soberbia construcción en granito que ocupa con su mole un costado de la plaza de Wáshington; y en ninguno de los templos que abundan en aquella ciudad se han invertido mayores sumas. Después que he visitado los Estados Unidos, y visto los resultados obtenidos allí espontáneamente, me he formado una rara preocupación, y es que para saber si una máquina, un invento, o una doctrina social es útil y de aplicación o desenvolvimiento futuro, se ha de poner a prueba en la piedra de toque de la espontánea aplicación de los yankees. Los hoteles hacen hoy un papel primordial en la vida doméstica de las naciones. Los pueblos estacionarios, como la España y sus derivados, no necesitan hotel, bástales el hogar doméstico; en los pueblos activos, con vida actual, con porvenir, el hotel estará más arriba que toda otra construcción pública. Hace cien años el hotel se conocía apenas en París, y no lo era en todo el resto de la Europa. Hace 40 años que Fourier basaba su teoría social en cuanto a habitaciones, en el falansterio, o el hotel, capaz de contener dos mil personas, proporcionándoles comodidades que no puede obtener la familia aislada en el hogar doméstico. La prueba de que Fourier no andaba errado, es el hotel norteamericano, que siguiendo la simple impulsión de conveniencia, ha tomado ya la forma monumental y dimensiones punto menos que falansterianas. Las iglesias cristianas subdivididas en sectas en los Estados Unidos, de catedrales que eran antes, han descendido a capillas. Las flechas del templo bajan a medida que las creencias se subdividen, mientras que el hotel hereda la cúpula del tabernáculo antiguo, y toma las formas de las termas de los emperadores, donde la importancia del individuo ha llegado a la altura de la democracia norteamericana. La arquitectura religiosa continúa secándose y marchitándose, al paso que la arquitectura popular improvisa en todos los Estados Unidos, formas, dimensiones y ordenanzas que acabarán por serle peculiares. El banco americano es una construcción sólida como la caja de hierro, con frontis jónico, y si no es jónica la construcción, es egipcia. ¿Por qué caen los yankees en estos órdenes tan macizos, para encerrar la caja de hierro? Sobre todos los monumentos americanos se alza un pararrayos; y domina ya el uso arquitectónico de poner en la cúspide de las cúpulas, a guisa de pináculo, la estatua de Franklin, sosteniendo el pararrayos. ¡Ya tenemos, pues, un Mercurio, encargado de guardar el asilo doméstico, o una Santa Bárbara abogada contra rayos! Si los americanos no han creado, pues, un orden de arquitectura, tendrán, por lo menos, aplicaciones nacionales, carácter y forma sugeridos por las instituciones políticas y sociales, como ha sucedido con todas las arquitecturas que nos ha legado la antigüedad. Una rara confusión reina hoy en Europa sobre la aplicación de las bellas artes. El restablecimiento y reparación de las catedrales góticas, ha seguido al movimiento de la literatura llamada romántica. El panteón creado por la República francesa ha quedado acéfalo, como si esperara aún tiempos mejores para llenar su objeto. El templo de la gloria edificado por Napoleón, la construcción más griega, más olímpica que vieron nunca romanos o franceses, es hoy el templo de la Magdalena, cuya arquitectura risueña y plácida parece burlarse de las lágrimas de la arrepentida Loreta de Jerusalén; y las imágenes de la virgen y de los santos han ido a confundirse en los museos, y tenerse hombro con hombro con las estatuas de los dioses paganos, o las desnudeces de la pintura profana, en Roma, Londres, Dresde, o Florencia. En los Estados Unidos las formas exteriores se apropian a los objetos del culto, perdóneme la expresión. El Banco en jónico; el hotel en corintio a veces, y monumental siempre, y el inventor del pararrayos tiene ya su puesto elevado y su función arquitectónica, y hasta el piñón de la arquitectura romana ha sido prolongado, para hacer de él la imagen de la mazorca de maíz, símbolo de la agricultura americana.

En cuanto a la distribución interior del grande hotel, nada de más normal que la ordenanza común a todos estos establecimientos. A la entrada un pórtico, que contiene las oficinas de administración. Un registro en que el huésped entrante inscribe su nombre, y a cuyo margen el oficinista anota el número 560, o 227, que es el de la cámara que se le destina, y cuya campanilla, como todas las de la casa, cae en cerradas hileras a la misma oficina. En el vestíbulo están fijados todos los carteles de la ciudad para conocimientos del viajero. La representación teatral, el meeting, el sermón del día, los vapores que parten, el movimiento de los caminos de hierro, etc. En un salón inmediato está el gabinete de lectura que contiene los principales diarios de la Unión y las últimas fechas de Europa. Un salón de fumar, y cuatro o cinco salas de conversación y de recibo, completan por esta parte las comodidades públicas de la casa. Baños termales están a toda hora a disposición de los huéspedes. Las señoras tienen igualmente sus salones de recibo y de tertulia, decorados con gracia y lujo. Dos o tres pianos entran en el material de estos establecimientos. A las 7 y media de la mañana la vibración insoportable del hong-hong chino, recorriendo todas las galerías de comunicación, avisa a los habitantes que es llegada la hora de ponerse de pie. A las ocho nuevo y más prolongado rumor anuncia estar el almuerzo servido. La turbamulta de los conventuales acude, se precipita de cada una de las avenidas, hacia la entrada del inmenso refectorio. Aquí principia a mostrarse la vida de este pueblo tan serio cuando ríe como cuando come. Donde todos los hombres son iguales al último individuo de la sociedad, no hay protección para el débil, por la misma razón que no hay jerarquías que separen a los poderosos. ¡Ay de las mujeres en este acto solemne de la soberanía popular! si los reglamentos provisorios del hotel no viniesen en su ayuda: