Piedad, piedad, Señor, no me abandones.

(Queda en silencio y como en profunda meditacion recostada en las gradas de la cruz, y despues de una larga pausa continúa:)

Los sublimes acentos de ese coro

de bienaventurados,

y los ecos pausados

del órgano sonoro,

que cual de incienso vaporosa nube

al trono santo del eterno sube,

difunden en mi alma

bálsamo dulce de consuelo y calma.