Vamos, Preciosilla, cántanos la rondeña. Pronto, pronto: ya está bien templada.

Preciosilla.

Señorito, no sea su merced tan súpito. Déme antes esa mano, y le diré la buenaventura.

Oficial.

Quita, que no quiero tus zalamerías. Aunque efectivamente tuvieras la habilidad de decirme lo que me ha de suceder, no quisiera oírtelo... Sí, casi siempre conviene el ignorarlo.

Majo.

(Levantándose.) Pues yo quiero que me diga la buenaventura esta prenda. Hé aquí mi mano.

Preciosilla.

Retire usted allá esa porquería... Jesus, ni verla quiero, no sea que se encele aquella niña de los ojos grandes.

Majo.