Algunos momentos después se vio rodeado de cuarenta de 10 ellos a las órdenes del famoso alcaide de Loja, Aliatar. La resistencia y la fuga eran imposibles. Gómez de Aguilar tenía que rendirse.

—¿Dónde están sus hijos?—preguntó Aliatar a D. Pedro.

—He venido solo, porque no podía creer que se atreviese 15 Vd. a llegar hasta aquí.

Sonrió el viejo alcaide, enseñando unos dientes todavía blancos y replicó:

—Me habían ponderado mucho su finca y tenía deseos de conocerla. Pero como sus colonos habrán dado la alarma, 20 vamos ahora hacia Carcabuey y es preciso que nos acompañe Vd.

—Aliatar, fije Vd. el precio de mi rescate, y, si no es demasiado, le doy palabra de que lo recibirá en Loja antes de dos días. 25

—No dudo de su palabra, mas prefiero su persona a su dinero.

—¿Quiere Vd. canjearme por uno de los suyos...?

—No tienen Vds. un prisionero nuestro que valga tanto como Vd. Así, pues, debe Vd. resignarse y seguirnos. 30

Se pusieron en camino, pero no se atrevían a seguir el camino frecuentado. Tenían que marchar uno a uno por sendas extraviadas. D. Pedro iba en el centro, junto a Aliatar, y los dos caballeros hablaban amigablemente.