Llegó una ocasión en que se encontraron solos, pues los de 35 adelante habían caminado más aprisa que los de atrás. Tenían a sus pies un barranco. Al instante comprendió Gómez de Aguilar que se le presentaba una ocasión favorable para salvarse. Tiró al caudillo árabe al barranco, le sujetó y amordazó. Le quitó sus armas y le obligó a esconderse 40 con él.
Empuñó D. Pedro su puñal y dijo a Aliatar en voz muy queda:
—Si se mueve Vd., le mato. Los suyos vendrán en seguida a buscarnos. 45
—Mi palabra le doy, Gómez de Aguilar. No necesita Vd. mordaza para mí.
Se la quitó su enemigo. Fiaba en la palabra de Aliatar como en la suya, porque la fama del alcaide de Loja era la de un perfecto caballero. 50
En efecto, pronto empezaron los árabes a buscar a su jefe y al prisionero. Algunos se dirigían al escondite. Los momentos eran supremos.
Nunca había estado Gómez de Aguilar en peligro tan inminente 55 de su vida. Aquellos hombres no le habrían dado cuartel.
Volvió sus ojos a Aliatar. Éste no se movía y sus ojos parecían decir:
—Yo no me moveré; y no los llamaré. 60
Pero a veces brillaba en su mirada una viva esperanza que Gómez de Aguilar interpretaba en estas palabras: