—Pero es muy probable que nos encuentren sin llamarlos y sin moverme.

Al fin estaban dos de los moros a cuatro pasos del escondite. 65

Otra vez empuñó D. Pedro su puñal y miró a Aliatar.

El caudillo seguía inmóvil y sus ojos le dijeron:

—No dude Vd. de mí; no me moveré; no los llamaré.

En este momento oyeron el galope de un escuadrón y los dos moros huyeron del sitio. 70

El escuadrón era mandado por el Conde de Cabra. Sorprendió y derrotó a los moros. Entonces salió D. Pedro Gómez con el caudillo.

Refirió al conde lo que había ocurrido y éste le dijo:

—En rigor, Aliatar es también mi prisionero, Don Pedro. 75 Es honor que he buscado muchas veces en los campos de batalla.

En confirmación de estas palabras el prisionero movió tristemente la cabeza y dijo al conde: