—En Alora me hirió su lanza y estuve a punto de caer en 80 sus manos, pero me salvó este caballo. Mírenlo Vds., es atigrado, pero más fuerte y más valiente que un tigre.
Y el viejo Aliatar acarició al hermoso bruto y exclamó tristemente:
—¡Pero ahora, mi Leal, no puedes salvarme! 85
Esta escena conmovió igualmente a los dos caballeros, e inflamados por el mismo sentimiento.
—¡Aliatar, es Vd. libre!—exclamó D. Pedro Gómez de Aguilar.
—¡Sí, libre!—añadió el Conde de Cabra. 90
Como seguían los caminos intransitables el moro tenía que aceptar la hospitalidad que le ofrecieron para aquella noche.
Al llegar a un cuarto de legua de la ciudad, tenían que pasar un río. Las aguas habían crecido tanto que no aparecía paso vadeable. 95
Todos se detuvieron contrariados. Entonces les dijo Aliatar:
—Mi Leal les abrirá camino, si me permiten Vds. ir delante.