Entonces vieron al viejo caudillo entrar en la impetuosísima corriente como si cruzase una carretera. 100
Todos le siguieron felizmente por aquel vado que lleva todavía el nombre del moro.
Aquella noche obsequiaron a porfía a su libre prisionero Gómez de Aguilar y el Conde de Cabra.
A la mañana siguiente salieron a acompañarle fuera de la 105 población.
Llegó el momento de la despedida, y Aliatar se vio rodeado de una guardia de honor.
¡Con qué efusión estrechó entonces las manos de D. Pedro y del Conde de Cabra! 110
—Me han vencido Vds., y, aunque estoy libre, me han maniatado.
—¿Cómo?
—Maniatado para siempre, porque ya no podré combatir contra Vds. Me han desarmado con su hidalguía más que 115 con su valor.
—Sólo hemos hecho lo que merece Vd., Aliatar. Es Vd. uno de los más nobles de su raza.