De un fuego claro de cedro y tuya subía, muy derecho, un humo delgado que perfumaba toda la Isla. A la redonda, sentadas en esteras, sobre el suelo de ágata, las Ninfas, siervas de la Diosa, devanaban las lanas, bordaban en la seda las flores ligeras, tejían las puras telas en telares de plata. Todas enrojecieran, con el seno palpitando, al sentir la presencia del Dios. Y sin detener el huso chispeante, Calipso reconoció en seguida al Mensajero, ya que todos los Inmortales saben unos de otros, los nombres, los hechos, y los rostros soberanos, hasta cuando habitan retiros remotos que el Éter y el Mar separan.

Mercurio parose, risueño, en su desnudez divina, exhalando el perfume del Olimpo. Entonces la Diosa alzó hacia él, con compuesta serenidad, el esplendor largo de sus ojos verdes.

—¡Oh, Mercurio! ¿Por qué descendiste a mi Isla humilde, tú, venerable y querido, que yo nunca vi pisar la tierra? Di lo que de mí esperas. Ya mi abierto corazón me ordena que te contente, si tu deseo cupiese dentro de mi poder y del Hado... Pero entra, reposa, y que yo te sirva, como dulce hermana, a la mesa de la hospitalidad.

Sacó de la cintura la rueca, apartó los rizos sueltos del cabello radiante, y con sus nacaradas manos colocó sobre la mesa, que las Ninfas acercaron al fuego aromático, el plato desbordando de Ambrosía y los cántaros de cristal donde resplandecía el Néctar.

Mercurio murmuró: «¡Dulce es tu hospitalidad, oh, Diosa!» Colgó el Caduceo del fresco ramo de un plátano, extendió los dedos relucientes para la fuente de oro, risueñamente loó la excelencia de aquel Néctar de la Isla. Y contentada el alma, recostando la cabeza al tronco liso del plátano que se cubrió de claridad, comenzó con palabras perfectas y aladas:

—Preguntaste por qué descendía un Dios a tu morada, ¡oh, Diosa! Y ciertamente ningún Inmortal recorrería sin motivo, desde el Olimpo hasta Ogigia, esta desierta inmensidad del mar salado, en que no se encuentran ciudades de hombres, ni templos cercados de bosques, ni siquiera un pequeñito santuario de donde suba el aroma del incienso, o el olor de las carnes votivas, o el murmurio gustoso de las preces... Mas fue nuestro padre Júpiter, el tempestuoso, quien me mandó con este recado. Tú has recogido, y retienes por la fuerza inconmensurable de tu dulzura, al más sutil y desgraciado de todos los Príncipes que combatieron durante diez años la alta Troya, y después embarcaron en las naves hondas para volver a la tierra de la Patria. Muchos de esos consiguieron reentrar en sus ricos lares, cargados de fama, de despojos, y de historias excelentes para contar. Vientos enemigos, sin embargo, y un hado más inexorable, arrojaron a esta isla tuya, envuelto en las sucias espumas, al facundo y astuto Ulises... Pero el destino de este héroe no es permanecer en la ociosidad inmortal del lecho, lejos de aquellos que le lloran, y que carecen de su fuerza y mañas divinas. ¡Por eso Júpiter, regulador de la Orden, te ordena, ¡oh, Diosa!, que sueltes al magnánimo Ulises de tus brazos claros, y le restituyas, con los presentes dulcemente debidos, a su Itaca amada, y a su Penélope, que teje y deshace la tela maliciosa, cercada de los Pretendientes arrogantes, devoradores de sus gordos bueyes, sorbedores de sus frescos vinos!

La divina Calipso mordió levemente el labio, y sobre su rostro luminoso descendió la sombra de las densas pestañas color de jacinto. Después, con un armonioso suspiro, en que onduló todo su pecho brillante:

—¡Ah, Dioses grandes, Dioses dichosos! ¡Sois ásperamente celosos de las Diosas que, sin esconderse por la espesura o en las cavernas oscuras de los montes, aman a los hombres elocuentes y fuertes!... Este, que me envidiáis, llegó a las arenas de mi Isla, desnudo, pisado, hambriento, preso a una quilla partida, perseguido por todas las iras, y todas las rachas, y todos los rayos dardeantes de que dispone el Olimpo. Yo le recogí, le lavé, le nutrí, le amé, guardándole, para que quedase eternamente al abrigo de las tormentas, del dolor y de la vejez. ¡Y ahora Júpiter tronador, al cabo de ocho años en que mi dulce vida enroscose en torno de esa afección, como la vid al olmo, determina que me separe del compañero que escogiera para mi inmortalidad! ¡Realmente sois crueles, oh Dioses, que constantemente aumentáis la raza turbulenta de Semidioses durmiendo con las mujeres mortales! ¿Cómo quieres que mande a Ulises a su patria, si no poseo naves, ni remadores, ni piloto sabedor que le guíe a través de las islas? Mas ¿quién puede resistirse a Júpiter, que junta las nubes? ¡Sea! Y que el Olimpo ría, obedecido. Enseñaré yo misma al intrépido Ulises a construir una balsa segura, con que de nuevo corte el dorso verde del mar...

Inmediatamente, el Mensajero Mercurio levantose del escabel, clavado con clavos de oro, retomó su Caduceo, y bebiendo una última taza del Néctar excelente de la Isla, loó la obediencia de la Diosa:

—Bien harás, ¡oh, Calipso! Así evitas la cólera del Padre tonante. ¿Quién le resistirá? Su Omnisciencia dirige su Omnipotencia; y sustenta, como cetro, un árbol que tiene por flor la Orden... Sus decisiones, clementes o crueles, resultan siempre en armonía. Por eso su brazo se torna terrífico a los pechos rebeldes. Por tu pronta sumisión serás hija estimada y gozarás una inmortalidad repleta de sosiego, sin intrigas y sin sorpresas...