Ya las alas impacientes de sus sandalias palpitaban, y su cuerpo, con sublime gracia, balanceábase por sobre los prados y flores que alfombraban la entrada de la gruta.

—Además —añadió—, tu Isla, ¡oh Diosa!, hállase en el camino de las naves osadas que cortan las ondas. Pronto, tal vez, otro héroe robusto, habiendo ofendido a los inmortales, aportará a tu dulce playa, abrazado a una quilla... ¡Enciende un faro claro, por la noche, en las rocas altas!

Y sonriendo, el Mensajero Divino serenamente elevose, dejando en el Éter un surco de elegante fulgor, que las Ninfas, olvidando la tarea, seguían, con los frescos labios entreabiertos y el seno levantado, en el deseo de aquel inmortal famoso.

Entonces Calipso, pensativa, echando sobre sus cabellos anillados un velo de color de azafrán, se encaminó hacia la orilla del mar, a través de los prados, con una prisa que le ceñía la túnica, a la manera de una espuma leve, en torno de las piernas redondas y róseas. Tan levemente pisaba la arena, que el magnánimo Ulises no la sintió deslizarse, perdido en la contemplación de las aguas lustrosas, con la negra barba entre las manos, aliviando en gemidos el peso de su corazón. La Diosa sonrió, con fugitiva y soberana amargura. Después, posando en el vasto hombro del Héroe sus dedos, tan claros como los de Eos, madre del día:

—¡No te lamentes más, desgraciado, ni te consumas mirando el mar! Los Dioses, que me son superiores por la inteligencia y por la voluntad, determinan que partas, afrontes la inconstancia de los vientos, y pises de nuevo la tierra de la patria...

Bruscamente, como el cóndor sobre la presa, el divino Ulises, con la faz asombrada, saltó de la roca musgosa:

—¡Oh, Diosa, tú dices!...

Ella continuó sosegadamente, con los hermosos brazos pendidos, envueltos en el velo color de azafrán, en cuanto la marea rodaba, más dulce y cantante, en amoroso respeto de su presencia divina:

—Bien sabes que no tengo naves de alta proa, ni remadores de duro pecho, ni piloto amigo de las estrellas que te conduzcan... Mas ciertamente te confiaré el hacha que fue de mi padre, para que tú cortes los árboles que yo te señale, y construyas una balsa en que te embarques... Después proveerela de odres de vino, de comidas perfectas, impeliéndola con un soplo amigo hacia el mar indomado...

El cauteloso Ulises retrocediera lentamente, clavando en la Diosa una dura mirada que la desconfianza ennegrecía. Y levantando la mano, que temblaba toda, con la ansiedad de su corazón: