—¡Oh, Diosa, tú abrigas un pensamiento terrible, ya que así me invitas a afrontar en una balsa las ondas difíciles, donde mal se mantienen hondas naves! ¡No, Diosa peligrosa, no! ¡Combatí en la grande guerra, en la cual también combatieron los Dioses, y conozco la malicia infinita que contiene el corazón de los Inmortales! ¡Si resistí las sirenas irresistibles, y me escapé con sublimes maniobras de entre Escila y Caribdis, y vencí a Polifemo con un ardid que eternamente tornarame ilustre entre los hombres, no fue de cierto, ¡oh, Diosa!, para que ahora, en la Isla de Ogigia, como pajarito de poca pluma, en su primer vuelo del nido, caiga en armadijo ligero arreglado con decires de miel! ¡No, Diosa, no! ¡Solo embarcaré en tu extraordinaria balsa si jurases, por el juramento terrífico de los Dioses, que no preparas con esos quietos ojos mi pérdida irreparable!

Así bramaba en la orilla del mar, con el pecho palpitando, Ulises, el Héroe prudente... Entonces, la Diosa clemente rio con una cantante y refulgente risa. Y acercándose al Héroe, corriendo los dedos por sus espesos cabellos más negros que el pez:

—¡Oh, maravilloso Ulises —decía—, cuán cierto es que eres el más falso y mañoso de los hombres, pues que no concibes que exista espíritu sin maña y sin falsedad! ¡Mi padre ilustre no me engendró con un corazón de hierro! ¡A pesar de inmortal, comprendo las desventuras mortales! ¡Solo te aconsejé lo que yo, Diosa, emprendería, si el Hado me obligase a salir de Ogigia, a través del mar incierto!...

El divino Ulises apartó lenta y sombríamente la cabeza de la rosada caricia de los dedos divinos:

—¡Mas jura... oh, Diosa, jura, para que a mi pecho descienda, como onda de leche, la sabrosa confianza!

Calipso alzó el claro brazo al azul en donde los Dioses moran:

—Por Gaia, y por el Cielo superior, y por las aguas subterráneas del Estigio, que es la mayor invocación que pueden hacer los Inmortales; juro, oh, hombre, Príncipe de los hombres, que no preparo tu pérdida, ni miserias mayores...

El valiente Ulises respiró largamente. Y arremangando luego las mangas de la túnica, refregándose las palmas de las manos robustas:

—¿Dónde está el hacha de tu padre magnífico? ¡Muéstrame los árboles, oh, Diosa!... ¡El día muere y el trabajo es largo!

—¡Sosiega, oh, hombre impaciente de males humanos! Los Dioses superiores en sapiencia ya determinan tu destino... Ven conmigo a la dulce gruta, a reforzar tu fuerza... Cuando Eos bermeja aparezca mañana, yo te conduciré a la floresta.