Por ese tiempo, un Centurión Romano, Publius Septimus, mandaba el fuerte que domina el valle de Cesarea, hasta la ciudad y el mar. Hombre áspero, veterano de la campaña de Tiberio contra los Partos, Publius habíase enriquecido durante la revuelta de Samaria con presas y saqueos, poseía minas en el Ática, y gozaba, como supremo favor de los Dioses, la amistad de Flacus, Legado Imperial de la Siria. Mas un dolor roía su poderosa prosperidad, lo mismo que un gusano roe un fruto suculento. Su única hija, más amada para él que vida y bienes, iba enflaqueciendo con un mal sutil y lento, extraño hasta al saber de los mágicos y esculapios que se mandaran consultar a Sidón y a Tiro. Blanca y triste como la luna en un cementerio, sin una queja, sonriendo pálidamente a su padre, adelgazaba, sentada en la alta explanada del fuerte, bajo un velario, alongando los tristes ojos negros por el azul del mar de Tiro, por el cual ella navegara, volviendo de Italia, en una opulenta galera. A las veces, un legionario, a su lado, entre las almenas, apuntando lentamente a lo alto la flecha, atravesaba una gran águila, que volaba serena, en el cielo rutilante. La hija de Septimus seguía un momento el ave, dando vueltas en el aire hasta caer muerta sobre las rocas; después, con un suspiro, más pálida y más triste, recomenzaba a mirar para el mar.
Ello es que como entonces Septimus oyese contar a unos mercaderes de Corazín, de este admirable Rabí, tan potente sobre los Espíritus, que sanaba los males tenebrosos del alma, destacó tres decurias de soldados para que lo buscasen por la Galilea y por todas las ciudades de la Decápola, hasta la costa y hasta Ascalón. Los soldados dispusieron los escudos en los sacos de lona, espetaron ramos de oliva en los yelmos, y ferradas las sandalias apresuradamente, apartáronse, resonando sobre las losas de basalto del camino romano que desde Cesarea hasta el Lago corta toda la Tetrarquía de Herodes. De noche, sus armas brillaban en lo alto de las colinas, por entre la llama ondeante de los hachones erguidos. De día, invadían los casales, rebuscaban en la espesura de los pomares, chuzaban con la punta de las lanzas la paja de las hacinas; en tanto que las mujeres asustadas, acudían para amansarlos, con bollos de miel, higos nuevos y escudillas llenas de vino, que los soldados bebían de un trago, sentados a la sombra de los sicomoros. Corrieron así la Baja Galilea, y del Rabí solo hallaron un surco luminoso en los corazones.
Disgustados con las inútiles marchas, desconfiando que los Judíos les ocultasen al hechicero para que no se aprovecharan los Romanos del superior hechizo, derramaban su cólera con tumulto, a través de la piadosa tierra sumisa. Detenían los peregrinos en la entrada de los puentes, gritando el nombre del Rabí; rasgaban los velos de las vírgenes, y a la hora en que se llenan los cántaros en las cisternas, invadían las estrechas calles de los arrabales, penetraban en las Sinagogas y batían sacrílegamente, con los puños de las espadas en las Thebahs, los Santos Armarios de cedro que contenían los Libros Sagrados. En las cercanías de Hebrón arrastraron a los Solitarios fuera de las grutas para arrancarles el nombre del desierto o del palmar en que se ocultaba el Rabí; y dos mercaderes fenicios, que venían de Joppé con una carga de malobrato, y a quien nunca llegara el nombre de Jesús, pagaron por ese delito cien dracmas a cada Decurión. Toda la gente de los campos, hasta los bravíos pastores de Idumea, que llevan las blancas reses al Templo, huían empavorecidos hacia las serranías, apenas lucían, en alguna vuelta del camino, las armas del bando violento. Desde el borde de las terrazas, las viejas sacudían como talegos la punta de los cabellos desgreñados, y arrojaban sobre ellos las malas suertes, invocando la venganza de Elías. Así erraron hasta Ascalón, sin hallar a Jesús; y retrocedieron a lo largo de la costa, enterrando las sandalias en la ardiente arena.
Un amanecer, cerca de Cesarea, marchando por un valle, echaron de ver sobre un otero un verdinegro bosque de laureles, en donde blanqueaba, recogidamente, el fino y claro pórtico de un templo. Un viejo, de largas barbas blancas, coronado de hojas de laurel, vestido con una túnica de color de azafrán, asiendo una corta lira de tres cuerdas, esperaba sobre los peldaños de mármol, la aparición del sol. Desde abajo, los soldados, agitando un ramo de olivo, vociferaban al Sacerdote. ¿Conocía él a un nuevo Profeta que apareciera en Galilea, tan diestro en milagros, que resucitaba a los muertos y trocaba el agua en vino? Alargando los brazos, el sereno viejo exclamó por sobre la rociada verdura del valle:
—¡Oh, romanos! ¿Por qué creéis que en Galilea o Judea aparezcan profetas consumando milagros? ¿Cómo podrá un bárbaro alterar la Orden instituida por Zeus?... ¡Mágicos y hechiceros son vendedores ambulantes que murmuran palabras huecas, para arrebatar la propina a los simples...! Sin el permiso de los Inmortales, ni un retoño seco puede caer del árbol, ni hoja seca puede ser sacudida en el árbol. No hay profetas, no hay milagros... ¡Solo Apolo Délfico conoce el secreto de las cosas!
Los soldados, entonces, muy despacio, con la cabeza caída, como en una tarde de derrota, recogiéronse a la fortaleza de Cesarea. Fue grande el desconsuelo de Septimus, por ver que su hija moría, sin una queja, mirando el mar de Tiro, siendo así que la fama de Jesús, curador de lánguidos males, crecía cada vez más consoladora y fresca, como el aire de la tarde que sopla de Hermón, y a través de los huertos, reanima y levanta las azucenas pendidas.
Vivía por ese tiempo, entre Enganim y Cesarea, en una casa arruinada, sumida en lo más oculto de un cerro, una viuda, mujer más desgraciada que todas las mujeres de Israel. Su único hijito, todo tullido, había pasado del magro pecho a que ella le criara, a los harapos del podrido jergón, en donde ya llevaba siete años gimiendo y consumiéndose.
A ella también una enfermedad la comprimiera dentro de trapos jamás mudados, dejándola más oscura y torcida que una cepa arrancada. Creció la miseria espesamente sobre ambos, como el moho sobre cazos perdidos en un yermo. En la lámpara de barro colorado secara ya el aceite. No quedaba grano ni corteza dentro del arca pintada. La cabra, sin pasto, muriera en el estío. Secó la higuera en el quintal. Tan lejos de poblado, nunca limosna de pan o miel entraba en la choza. ¡Con hierbas cogidas en las hendiduras de las rocas, cocidas sin sal, nutríanse aquellas criaturas de Dios en la Tierra Escogida, en la cual hasta a las aves maléficas sobraba el sustento!
Un día apareció un mendigo por allí, entró en la choza, repartió de su lío con la amargada madre, y sentado en la piedra del lar, rascándose las heridas de las piernas, contó de esa grande esperanza de los tristes, de ese Rabí que apareciera en Galilea, que de un pan hacía siete, y amaba todas las criaturas, y enjugaba todos los llantos, y prometía a los pobres un grande y luminoso reino, de abundancia mayor que la corte de Salomón. La mujer escuchaba con ojos hambrientos. ¿Y ese dulce Rabí, esperanza de los tristes, en dónde se encuentra? El mendigo suspiró. ¡Ah, ese dulce Rabí, cuantos lo deseaban, se desesperanzaban! Andaba su fama por sobre toda la Judea, como el sol que hasta por cualquier viejo muro se extiende y se goza; mas para distinguir la claridad de su rostro, solo aquellos dichosos que elegía su deseo. Tan rico como es Obed, mandó a sus siervos por toda Galilea para que le buscasen a Jesús, y con promesas le trajeran a Enganim; tan soberano, Septimus, destacó a sus soldados hasta la costa del mar, para que buscasen a Jesús, y por orden suya lo condujeran a Cesarea.
Errando, pidiendo limosna por tantos caminos, halló a los siervos de Obed y luego a los legionarios de Septimus. Retornaron todos, derrotados, con las sandalias rotas, sin haber descubierto en qué matorral o ciudad, en qué cubil o palacio, se escondía Jesús.