Caía la tarde. Cogió el mendigo su bordón y descendió por el duro camino, entre el brezo y las rocas.
Volviose la madre a su rincón, más curvada, más abandonada. El hijito entonces, con un murmurio más débil que el rozar de un ala, pidió a la madre que le trajese a ese Rabí que amaba a los niños, aun a los más pobres, sanaba los males, aun los más antiguos. La madre apretó su cabecita desgreñada:
—¡Oh, hijo!, y ¿cómo quieres que te deje y me meta por los caminos en busca del Rabí de Galilea? Obed es rico y tiene siervos que en balde buscaron a Jesús por arenales y colinas, desde Corazín hasta el país de Moab. Septimus es fuerte, y tiene soldados, y en vano corrieron detrás de Jesús, desde el Hebrón hasta el mar. ¿Cómo quieres que te deje? Jesús anda muy lejos y nuestro dolor está con nosotros, dentro de estas paredes, y dentro de ellas nos prende. Y aunque le encontrase, ¿cómo convencería yo a Rabí tan deseado, por quien suspiran ricos y fuertes, para que descendiese a través de ciudades hasta este desierto, para curar a un tullido tan pobre, sobre jergón tan roto?
La criatura, con dos largas lágrimas corriéndole por la faz escurrida, murmuró:
—¡Oh, madre! Jesús ama a todos los pequeñitos. ¡Y yo soy aún tan pequeño, y tengo un mal tan pesado! ¡Yo me quería curar!
Y la madre, sollozando:
—¡Oh, hijo mío, cómo te voy a dejar! Son largos los caminos de Galilea, y corta la piedad de los hombres. Tan rota, tan renca, tan triste, hasta los perros me ladrarían desde la puerta de los casales. No me atendería nadie. Nadie me enseñaría la morada del dulce Rabí. ¡Oh, hijo! Jesús tal vez muriese... Ni los ricos y los fuertes le encuentran. Le trajo el cielo, y el cielo se le llevó. Y con él para siempre murió la esperanza de los tristes.
Por entre los negros trapos, irguiendo sus pobres manecitas que temblaban, la criatura murmuró:
—Madre, yo quiero ver a Jesús...
En esto, abriendo despacio la puerta y sonriendo, dijo Jesús al niño: