¿No conocen a Bracolletti? Su presencia es formidable; tiene la amplitud panzuda, la densa barba negra, la lentitud, el ceremonial de un pachá gordo; mas esta poderosa gravedad turca está amenizada en Bracolletti, por la sonrisa y por el mirar. ¡Qué mirar! Un mirar dulce, que me hace recordar el de los animales de la Siria: es el mismo enternecimiento. Parece errar en su fluido suave la religiosidad afable de las razas que dan los Mesías... ¡Y la sonrisa! La sonrisa de Bracolletti es la más completa, la más perfecta, la más rica de las expresiones humanas; hay finura, inocencia, bondad, abandono, dulce ironía, persuasión en aquellos dos labios que se abren y dejan brillar un esmalte de dientes de virgen... ¡Ah, pero también esta sonrisa en la fortuna de Bracolletti!

Moralmente, Bracolletti es un hábil. Nació en Esmirna, de padres griegos; es todo lo que revela; por lo demás, cuando se le pregunta por su pasado, el buen griego bambolea un momento la cabeza, esconde bajo los párpados cerrados con inocencia sus ojos mahometanos, desabrocha la sonrisa de una dulzura capaz de tentar a las abejas, y murmura, como anegado en bondad y en enternecimiento:

¡Eh! ¡mon Dieu!... ¡Eh! ¡mon Dieu!...

Nada más. Parece, sin embargo, que viajó, porque conoce el Perú, la Crimea, el Cabo de Buena Esperanza, los países exóticos, tan bien como Regent-Street: mas es evidente para todos que su existencia no fue tejida como la de los vulgares aventureros de Levante, de oro y estopa, de esplendores y mezquindades; es un gordo, y, por tanto, un prudente: su magnífico solitario nunca dejó de brillarle en el dedo: ningún frío le sorprendió jamás sin un abrigo de pieles de dos mil francos; y ni una sola semana deja de ganar, en el Fraternal Club, del cual es miembro querido, sus diez libras al whist. Es un fuerte.

Tiene una debilidad. Es singularmente goloso de niñitas de doce a catorce años: le gustan flacuchas, muy rubias y que hablen mal. Colecciónalas como pajaritos en jaula, metiéndoles la papilla en el pico, oyéndolas parlotear todo baboso, animándolas a que le roben los shillings del bolsillo, gozando el desenvolvimiento de los vicios en aquellas flores, poniéndoles al alcance las botellas de gin para que los angelitos se emborrachen; y cuando alguna, excitada por el alcohol, con el cabello al aire y el rostro encendido, le injuria, le arranca los pelos, babea obscenidades, el buen Bracolletti, hundido en el sofá, con las manos beatíficamente cruzadas sobre la panza, el mirar ahogado en éxtasis, murmura en su italiano de la costa siria:

—¡Piccolina! ¡Gentilleta!

—¡Querido Bracolletti!

Realmente le abracé con placer, en esa noche, en Charing-Cross; y como no nos veíamos desde hacía tiempo, fuimos a cenar juntos al restorán. Allí estaba el criado triste, en su comptoir, curvado sobre el Journal des Débats. Apenas apareció Bracolletti con su majestad de obeso, el hombre le extendió silenciosamente la mano: fue un shake-hands solemne, enternecido y sincero.

¡Santo Dios, eran amigos! Arrastré a Bracolletti hasta el fondo de la sala, y vibrando de curiosidad, le interrogué con avidez. Quería, lo primero, el nombre del hombre.

—Llámase Korriscosso —díjome Bracolletti, grave.