Luego quise saber su historia. Pero Bracolletti, como los dioses de Ática, que en sus embarazos recogíanse a sus nubes, él también se refugió en su vaga reticencia.
—¡Eh, mon Dieu! ¡Eh, mon Dieu!...
—No, no, Bracolletti. Veamos. Quiero saber la historia... Aquella faz fatal y byroniana debe tener una historia...
Entonces Bracolletti tomó todo el aire cándido que le permiten su panza y sus barbas, y me confesó, dejando caer las palabras a gotas, que entrambos habían viajado juntos en Bulgaria y en Montenegro... Korriscosso fue su secretario... Buena letra... Tiempos difíciles... ¡Eh, mon Dieu!...
—¿De dónde es?
Bracolletti respondió sin vacilar, bajando la voz, con un gesto lleno de desconsideración:
—Es un griego de Atenas.
Todo mi interés sumiose como el agua que la arena absorbe. Cuando se ha viajado por Oriente, con escalas en Levante, adquiérese fácilmente el hábito, tal vez injusto, de sospechar del griego: ante los primeros que se ven, sobre todo teniendo una educación universitaria y clásica, se enciende un poco el entusiasmo, piénsase en Alcibiades y en Platón, en las glorias de una raza estética y libre, y perfílanse en la imaginación las líneas augustas del Partenón. Pero después de haberlos frecuentado en las mesas redondas y en las cubiertas de las Messageries, y principalmente, luego de haber escuchado la leyenda de bellaquería que han ido dejando desde Esmirna hasta Túnez, los demás que se tropiezan, provocan apenas estos movimientos: abotonar rápidamente la chaqueta, cruzar con todas las fuerzas los brazos sobre la cadena del reloj, y aguzar el intelecto para rechazar la escroquerie. La causa de esta funesta reputación es que la gente griega que emigra para las escalas de Levante, es una plebe torpe, parte pirata y parte servil, bando de rapiña astuto y perverso. De que supe que Korriscosso era griego, me acordé a seguida que, en mi última estancia en Charing-Cross, me desapareciera del cuarto mi bello volumen de Tennyson, y recordé el mirar de gula y de rapiña que Korriscosso clavaba en él... ¡Era un bandido!
Mientras cenamos, no se habló nada de Korriscosso. Servíanos otro criado rubio, honesto y sano. El lúgubre Korriscosso no se movió del comptoir, abismado en el Journal des Débats.
Yendo de retirada a mi cuarto, en esa misma noche, me perdí... El hotel estaba atestado, y a mí me habían dado acomodo en aquellos altos de Charing-Cross, una complicación de corredores, escaleras, rincones, ángulos, en donde es casi necesario derrotero y brújula. Con el candelero en la mano, penetré en un pasadizo por el cual corría una bocanada de aire tibio de callejuela mal aireada. Allí las puertas no tenían números; unos pequeños cartones pegados, en los que se hallaban nombres inscritos: John Smith, Charlie, Willie... Eran evidentemente las habitaciones de los criados. De una puerta abierta, salía la claridad de un mechero de gas: me adelanté, y vi a Korriscosso, de frac todavía, sentado ante una mesa llena de papeles, con la cabeza descansando sobre la mano, escribiendo: