—¿Me puede indicar el camino para el 508? —balbucí.

Volviose para mí, con un mirar atontado; parecía resurgir de muy lejos, de otro universo; restregábase los párpados, repitiendo:

—¿Quinientos ocho? ¿Quinientos ocho?

¡Entonces fue cuando avisté sobre la mesa, entre papeles, cuellos sucios y un rosario, mi volumen de Tennyson! El bandido vio también mi mirada, y acusose a seguida con un enrojecimiento que le inundó la faz chupada; mi primer movimiento fue el de no reconocer el libro; y como era un movimiento bueno, obedeciendo de contado a la moral superior del maestro Talleyrand, lo reprimí, y apuntando al volumen con un dedo severo, un dedo de Providencia irritada, díjele:

—Es mi Tennyson...

No sé qué respuesta tartamudeó, porque yo, apiadado, poseído también del interés que me daba aquella figura picaresca de griego sentimental, añadí en un tono reparado de perdón y de justificación:

—¡Gran poeta! ¿verdad? ¿Qué le pareció? Estoy seguro que le entusiasmó...

Korriscosso se abochornó más; y no era, sin embargo, el despecho humillado de salteador sorprendido lo que delataba, sino la vergüenza de ver su inteligencia y su gusto poético adivinados, y de tener puesto el frac usado de criado de restorán. No respondió; mas las páginas del volumen que yo abrí, respondieron por él: la blancura de las márgenes desaparecía bajo una red de comentarios escritos con lápiz: ¡Sublime! ¡Grandioso! ¡Divino! palabras anotadas con una letra convulsiva, con un temblor de mano agitada por una sensibilidad vibrante.

En tanto, Korriscosso permanecía en pie, respetuoso, culpado, con la cabeza baja y el lazo de la corbata blanca huyendo hacia la nuca. ¡Pobre Korriscosso! Compadecime de aquella actitud, revelando todo un pasado sin suerte, tantas tristezas de dependencia... Recordé que nada impresiona tanto a hombre de Levante como un gesto de drama y de teatro: le extendí las dos manos en un movimiento a la manera de Talma, y le dije:

—Yo también soy poeta...