Esta frase extraordinaria parecería grotesca e imprudente a un hombre del Norte; el levantino vio al punto en ella la expansión de un alma hermana. Porque, ¿no os lo dije?; lo que Korriscosso estaba escribiendo en una hoja de papel eran estrofas, era una oda.

Al cabo de unos minutos, con la puerta cerrada, Korriscosso contábame su historia, o más bien, fragmentos, anécdotas deshermanadas de su biografía. Es tan triste, que la condenso. De otra parte, había en su narración lagunas de años; y yo no puedo reconstituir con lógica y seguimiento la historia de este sentimental. Todo es vago y sospechoso. Efectivamente, nació en Atenas; parece que su padre era cargador en el Pireo. A los diez y ocho años Korriscosso servía de criado a un médico, y en los intervalos del servicio frecuentaba la Universidad de Atenas: estas cosas son corrientes là-bas, como él decía. Licenciose en leyes; esto le habilitó más tarde, en tiempos difíciles, para ser intérprete de hotel. De esa época datan sus primeras elegías en un semanario lírico intitulado Ecos del Ática. La literatura condújole directamente a la política y a las ambiciones parlamentarias. Una pasión, una crisis patética, un mando brutal, amenazas de muerte, fuérzanle a expatriarse. Viajó por Bulgaria, fue en Salónica empleado en una sucursal del Banco Otomano, remitió endechas dolorosas a un periódico de la provincia, La Trompeta de Argólida. Aquí hay una de esas lagunas, un agujero negro en su historia. Reaparece en Atenas, con ropa nueva, liberal y diputado.

Este período de gloria fue breve, mas suficiente para ponerle en evidencia; su palabra colorida, poética, recamada de imágenes ingeniosas y brillantes, encantó a Atenas; tenía el secreto de hacer florecer, como él decía, los terrenos más áridos; de una discusión acerca del impuesto o de los caminos públicos, hacía saltar églogas de Teócrito. En Atenas, esta clase de talento lleva al poder: Korriscosso estaba indicado para dirigir una alta administración del Estado; y entonces sucedió que el ministerio, y con él la mayoría, de la cual Korriscosso era el tenor querido, cayeron, sumiéronse, sin lógica constitucional, en uno de esos súbitos derrumbamientos políticos tan comunes en Grecia, en que los Gobiernos se vienen a tierra, como las casas en Atenas, sin motivo. Falta de base, decrepitud de materiales y de individualidades... Todo tiende hacia el polvo en un suelo de ruinas... Nueva laguna, nuevo chapuzón oscuro en la historia de Korriscosso...

Vuelta a la superficie, miembro de un club republicano de Atenas. Pide en un periódico la emancipación de Polonia, y que se gobierne a Grecia por un concilio de genios. Entonces publica sus Suspiros de Tracia. Tiene otra novela de corazón... En fin, y esto me lo dijo sin explicaciones, se le obliga a refugiarse en Inglaterra. Luego de ensayar en Londres varias posiciones, colócase en el restorán de Charing-Cross.

—Es un puerto de abrigo —le dije estrechándole la mano.

Sonrió con amargura. De cierto, un puerto de abrigo y ventajoso. Y bien alimentado; las propinas son razonables; tiene un viejo colchón de muelles, mas las delicadezas de su alma a cada momento hiérenselas dolorosamente.

¡Días atribulados, días crucificados los de aquel poeta lírico, forzado a distribuir en una sala a burgueses ordenados y glotones chuletas y vasos de cerveza! No es la dependencia lo que le aflige; su alma de griego no es particularmente ávida de libertad: bástale que el patrón sea cortés. Como él mismo me dijo, le es grato reconocer que los clientes de Charing-Cross nunca le piden la mostaza o el queso sin decir if you please; y cuando salen, al enfrentarse con él, llévanse dos dedos al ala del sombrero; esto satisface la dignidad de Korriscosso.

Lo que más le tortura es el contacto constante con el alimento. ¡Si por lo menos fuese tenedor de libros de un banquero, primer dependiente de un almacén de sedas!... En eso hay una sombra de poesía —los millones que se revuelven, las flotas mercantes, la fuerza brutal del oro; o disponer ricamente los bordados, los cortes de seda, hacer correr la luz en las ondulaciones del moiré, dar al terciopelo las molicies de la línea y de la arruga... Pero en un restorán, ¿cómo se puede ejercer el gusto, la originalidad artística, el instinto del color, del efecto, del drama, partiendo trozos de roast-beef o de jamón de York?... Luego que, como él dijo, dar de comer, proveer alimentos, es servir exclusivamente a la barriga, a las tripas, la baja necesidad material; en el restorán, el vientre es Dios; el alma queda fuera, como el sombrero que se cuelga en la percha o a la manera del paquete de periódicos que se dejó en el bolsillo del abrigo.

¡Y las convivencias, y la falta de conversación! ¡Nunca se volvieron hacia él sino para pedirle salchichón o sardinas de Nantes! Nunca poder abrir sus labios, de los cuales pendía el parlamento de Atenas, sino para preguntar: «¿Más pan? ¿más carne?» Esta privación de elocuencia érale dolorosa.

El servicio, además, impedíale el trabajo. Korriscosso compone de memoria: cuatro paseos por el cuarto, un tirón al cabello, y le sale la oda armoniosa y dulce... mas la interrupción glotona de la voz del cliente pidiendo nutrición, es fatal para esta manera de trabajar. A las veces, arrimado a una ventana, con la servilleta en el brazo, Korriscosso está haciendo una elegía: es todo lunar, ropajes blancos de vírgenes pálidas, horizontes celestes, flores de alma dolorida... Es feliz; se ha remontado a los cielos poéticos, a las planicies azuladas en donde los sueños acampan, galopando de estrella en estrella... De improviso, una gruesa voz hambrienta brama desde un rincón: