—¡Bistec con patatas!

¡Ay, las aladas fantasías baten el vuelo como palomas despavoridas! Y allí va el infeliz Korriscosso precipitado de las cumbres ideales, con los hombros doblados y las faldas del frac balanceando, a preguntar con la sonrisa lívida:

—¿Pasado o medio crudo?

¡Ah, es un amargo destino!

—¿Y por qué no deja este cubil, este templo del vientre? —le pregunté.

Abatió su bella cabeza de poeta, y díjome la razón que le prende; me la dijo casi llorando en mis brazos, con el nudo de la corbata en el cuello: Korriscosso ama.

Ama a una Fanny, criada de todo el servicio en Charing-Cross. Ámala desde el primer día en que entró en el hotel; la amó en el momento de verla lavando las escaleras de piedra, con los brazos rollizos desnudos, y los cabellos rubios, de este rubio que entontece a los meridionales; cabellos ricos, de un tono de cobre, de un tono de oro mate, torciéndose en una trenza de diosa. Y luego el matiz del rostro, una carnation de inglesa de Yorkshire, leche y rosas...

¡Lo que ha sufrido Korriscosso! ¡Todo su dolor exhálase en odas que pone en limpio el domingo, día de reposo y día del Señor! Me las leyó. ¡Y yo vi en ellas de qué manera puede perturbar la pasión a un ser nervioso; qué ferocidad de lenguaje, qué lances de desesperación, qué gritos de alma dilacerada arrojados desde allí, de aquellos altos de Charing-Cross, hacia la mudez del cielo gris! Es que Korriscosso tiene celos. La desgraciada Fanny ignora aquel poeta a su lado, aquel delicado, aquel sentimental, y ama a un policeman. Ama a un policeman, un coloso, una montaña de carne erizada de una selva de barbas, con el pecho como el flanco de un acorazado, con piernas como fortalezas normandas. Este Polifemo, como le llama Korriscosso, hace ordinariamente el servicio en el Strand, y la pobre Fanny pasa todo el día acechándole desde los altos de Charing-Cross.

Sus economías las gasta en cuartillos de gin, de brandy, de ginebra, que a la noche le lleva en frasquitos debajo del delantal; le mantiene fiel por el alcohol; el monstruo, plantado enormemente en una esquina, recibe en silencio el frasco, vacíalo de un trago en las fauces tenebrosas, eructa, pasa la mano peluda por la barba de hércules, y sigue taciturnamente sin un gracias, sin un te amo, batiendo el enlosado con la bastedad de sus suelas sonoras. La pobre Fanny babea de admiración... Tal vez en este instante, en la otra esquina, el magro Korriscosso, figurando en la neblina el delgado relieve de un poste telegráfico, solloce con la cara magra entre las manos transparentes.

¡Pobre Korriscosso! ¡Si por lo menos la pudiese conmover!... ¡Pero qué! Despréciale el cuerpo de tísico triste, y el alma no se la comprende... No es que Fanny sea inaccesible a sentimientos ardientes, expresados en estilo melodioso. Pero Korriscosso solo puede escribir sus elegías en su lengua materna... Y Fanny no comprende griego... ¡Y Korriscosso es un grande hombre, pero solo en griego!