Cuando tomé la vuelta de mi cuarto, quedaba sollozando sobre el catre. Le he visto otras veces, al pasar por Londres. Está más magro, más fatal, más consumido por los celos, más curvado cuando se mueve por el restorán con la fuente de roast-beef, más exaltado en su lirismo... Siempre que me sirve le doy un shilling de propina, y luego, al marcharme, le aprieto sinceramente la mano.

EN EL MOLINO

Doña María de la Piedad era considerada en toda la villa como «una señora modelo». El viejo Nunes, administrador del correo, siempre que se hablaba de ella, decía, acariciando con autoridad los cuatro pelos de la calva:

—¡Es una santa! ¡Es lo que es!

La villa tenía casi orgullo de su belleza delicada y distinta; era una rubia, de perfil fino, piel ebúrnea y ojos oscuros de un tono de violeta, al que las largas pestañas oscurecían más el brillo sombrío y dulce. Vivía al fin de la carretera, en una casa azul de tres fachadas; y era, para la gente que a las tardes iba de paseo al molino, un encanto siempre nuevo verla por detrás de la vidriera, entre las cortinas, curvada sobre su costura, vestida de negro, recogida y seria. Salía pocas veces. El marido, más viejo que ella, era un inválido, que se pasaba la vida en la cama, inutilizado por una enfermedad de la espina dorsal; hacía años que no descendía a la calle; veíanlo a las veces también a la ventana mustio y renco, agarrado al bastón, encogido en la robe-de-chambre, con una faz macilenta, la barba descuidada y con un gorrito de seda enterrado melancólicamente hasta la nuca. Los hijos, dos niñitas y un rapaz, eran también enfermos y crecían poco a poco y con dificultad, llenos de tumores en las orejas, llorones y tristes. Interiormente, la casa parecía lúgubre. Andábase en puntillas, porque el señor, en la excitación nerviosa que le daban los insomnios, irritábase con el menor rumor; había sobre las cómodas algún frasco de la botica, alguna escudilla con harina de linaza; las mismas flores con que ella, en su arreglo y en su gusto de frescura, adornaba las mesas, mustiábanse en seguida en aquel aire sofocado de fiebre, nunca renovado por causa de las corrientes de aire; y daba una inmensa tristeza el ver siempre a alguno de los pequeños, o con un emplasto sobre la oreja, o en un rincón del sofá, arrebujado en cobertores, con una amarillez de hospital.

Desde los veinte años, María de la Piedad vivía así. Hasta de soltera, en casa de los padres, había sido triste su existencia. La madre era una criatura desagradable y aceda; el padre, metido en tabernas y salas de juego, ya viejo, siempre borracho, los días que aparecía en casa pasábalos en la cocina, en un silencio sombrío, fumando y salivando sobre las cenizas. Todas las semanas aporreaba a la mujer. Así que cuando Juan Coutinho pidió a María, ella, a pesar de saber que estaba enfermo ya, aceptó sin vacilación, casi con reconocimiento, para salvar a la casa arruinada de un embargo, no oír más los gritos de la madre, que la hacían temblar, rezar, arriba, en su cuarto, donde la lluvia entraba por el tejado.

No amaba al marido, claro; y en la villa lamentábase que aquel lindo rostro de Virgen María, aquella figura de hada, fuese a pertenecer a Juanito Coutinho, que desde rapaz fuera siempre baldado. Coutinho, por muerte del padre, quedara rico; y ella, acostumbrada por fin a aquel marido regañón, que pasaba el día arrastrándose sombríamente de la sala a la alcoba, habríase resignado, en su naturaleza de enfermera y de consoladora, si los hijos, por lo menos, hubieran nacido sanos y robustos. Mas aquella familia, que ya venía con la sangre viciada, aquellas existencias vacilantes, que después parecían pudrírseles en las manos, a pesar de sus inquietos cuidados, apesadumbrábanla. A las veces, sola ante la costura, corríanle lágrimas por la cara; una fatiga de vivir invadíala como una neblina que le oscureciera el alma.

Mas si el marido de dentro llamaba desesperado, o uno de los pequeños lloriqueaba, limpiábase los ojos y aparecía con su linda faz tranquila, y con alguna palabra consoladora, componiendo la almohada a uno, yendo a animar al otro, feliz en ser buena. Toda su ambición consistía en ver su pequeño mundo bien tratado y bien acariciado. Desde que se casó, nunca había tenido una curiosidad, un deseo, un capricho; nada le interesaba en el mundo sino las horas de las medicinas y el sueño de sus enfermos. Todo esfuerzo le era fácil cuando se trataba de contentarles; a pesar de flaca, paseaba horas enteras llevando en el cuello al pequeñín, que era el más impertinente, con las heridas que hacían de sus pobres labiecillos una costra oscura; durante los insomnios del marido tampoco dormía; los pasaba sentada al pie de la cama, hablando, leyéndole vidas de santos, porque el pobre baldado iba cayendo en devoción. De mañana estaba un poco más pálida, pero correcta en su vestido negro, fresca, con las trenzas lustrosas, poniéndose bonita para ir a dar las sopas de leche a los pequeñines. Su única distracción era, a la tarde, sentarse a la ventana con su costura, teniendo a los chiquillos en torno, aniñados en el suelo, jugando tristemente. El paisaje que veía desde la ventana era tan monótono como su vida; debajo, la carretera; después, una ondulación de campos, una tierra flaca, plantada aquí y acullá de olivos, e irguiéndose al fondo una colina triste y desnuda, sin una casa, un árbol, una columna de humo de una chimenea que pusiese en aquella soledad de terreno pobre una nota humana y viva. Viéndola así tan resignada y tan sujeta, algunas señoras de la villa afirmaban que era beata; pero nadie la había visto en la iglesia, a no ser el domingo, con el chico mayor por la mano, todo pálido en su vestido de terciopelo azul. Su devoción, en efecto, limitábase a esta misa todas las semanas. Ocupábala mucho su casa para dejarse invadir por las preocupaciones del cielo; en aquel deber de buena madre, cumplido con amor, hallaba una satisfacción suficiente a su sensibilidad; no necesitaba adorar santos o enternecerse con Jesús. Pensaba instintivamente que toda afección excesiva dedicada al Padre del Cielo, sería una disminución cruel en su cuidado de enfermera; su manera de rezar era velar a los hijos; y aquel pobre marido clavado en una cama, dependiendo de ella, teniéndole solo a ella, parecíale con más derecho a su favor que el otro, clavado en una cruz, que tenía toda una humanidad pronta para amarle. Además, nunca tuviera estos sentimentalismos de alma triste que llevan a la devoción. El largo hábito de dirigir una casa de enfermos, de ser ella el centro, la fuerza, el amparo de aquellos inválidos, hiciéronla tierna, pero práctica; y por esta razón era ella la que administraba ahora la casa del marido con un buen sentido que la afección dirigía y una solicitud de madre prevenida. Tales ocupaciones bastaban para entretenerle el día; el marido, de otra parte, detestaba las visitas, el aspecto de las caras saludables, las conmiseraciones de ceremonia; pasábanse meses sin que en casa de María de la Piedad se oyese otra voz extraña a la familia, a no ser la del doctor Abilio —que la adoraba, y que decía de ella con los ojos espantados:

—¡Es un hada! ¡Es un hada!...