Grande fue la excitación en la casa, cuando Juan Coutinho recibió una carta de su primo Adrián, anunciándole que en dos o tres semanas iba a llegar a la villa. Adrián era un hombre célebre, y el marido de María de la Piedad tenía en aquel pariente un orgullo enfático. Suscribiérase a un periódico de Lisboa, solo para ver su nombre en las noticias locales y en la crítica. Adrián era novelista; su último libro, Magdalena, un estudio de mujer, de un análisis delicado y sutil, consagráralo como un maestro. Su fama, que llegara hasta la villa, en una confusión de leyenda, presentábale como una personalidad interesante, un héroe de Lisboa, amado de las aristócratas, impetuoso y brillante, destinado a una alta situación en el Estado. Mas realmente en la villa habíase hecho, sobre todo, notable por ser primo de Juan Coutinho.

Doña María de la Piedad quedó aterrada con el anuncio de esta visita. Veía ya su casa en confusión con la presencia del huésped extraordinario. Después la necesidad de hacer más toilette, de alterar la hora de comer, de conversar con un literato y ¡tantos otros esfuerzos crueles!... La invasión brusca de aquel mundano con sus maletas, el humo de su cigarro, su alegría de sano, en la paz triste de su hospital, dábale la impresión pavorosa de una profanación. De modo que para ella fue un alivio, casi un reconocimiento, que Adrián, al llegar, muy simplemente se instalase en la antigua hospedería del tío Andrés, al otro extremo de la villa. Juan Coutinho escandalizose; tenía ya el cuarto del huésped preparado, con sábanas de encaje, una colcha de damasco, plata sobre la cómoda, y queríalo todo para él, para el primo, el hombre célebre, el grande autor... Adrián negose.

—Yo tengo mis hábitos, ustedes tienen los suyos... No nos contrariemos ¿eh?... Lo que hago es venir a comer aquí. Ni estoy mal tampoco en casa del tío Andrés... Desde la ventana veo un molino y una represa, que son un cuadrito delicioso. Y quedamos tan amigos, ¿no es verdad?

María de la Piedad mirábale asombrada; ¡aquel héroe, aquel fascinador por quien lloraban las mujeres, aquel poeta que los periódicos glorificaban, era un hombre extremamente simple, mucho menos complicado, menos espectacular que el hijo del cobrador! No era hermoso siquiera. Con el sombrero blanco echado sobre una faz llena y barbuda, la levita de franela cayendo a lo largo de un cuerpo robusto y pequeño, sus zapatos enormes, parecíale uno de esos cazadores de aldea que, a las veces, encontraba, cuando de mes para mes iba a visitar las propiedades del otro lado del río. Además de eso, no hacía frases; la primera vez que vino a comer habló apenas, con grande naturalidad, de sus negocios. Viniera por ellos. La única tierra que no estaba devorada o abominablemente hipotecada, de lo que le correspondiera de la fortuna de su padre, era la Curgosa, una hacienda cerca de la villa, que estaba muy mal arrendada... Deseaba venderla. ¡Mas eso parecíale a él tan difícil, como hacer la Iliada!... Sinceramente lamentaba ver al primo allí, inútil sobre la cama, sin poderle ayudar en esos pasos que era menester dar con los compradores. Así que tuvo una grande alegría cuando Juan Coutinho le declaró que su mujer era una administradora de primer orden, y hábil en estas cuestiones, como un antiguo rábula.

—Ella va contigo a ver la hacienda, habla con Telles, y arréglate todo eso... Y en cuestión de precio, déjala a ella...

—¡Qué superioridad, prima! —exclamó Adrián maravillado—. ¡Un ángel que entiende de cifras!

Por primera vez en su vida, enrojeció María de la Piedad con la palabra de un hombre. Prestose en seguida a ser la procuradora del primo...

Al otro día fueron a ver la hacienda. Como estaba cerca, y era un día de marzo fresco y claro, partieron a pie. Intimidada al principio por aquella compañía de un león, la pobre señora caminaba junto a él con el aire de un pájaro asustado; porque, a pesar de ser tan sencillo, había en su figura, enérgica y musculosa, en el timbre duro de su voz, en sus ojos pequeños y lúcidos, alguna cosa de fuerte, de dominante, que la embarazaba. Prendiérasele a la orla de su vestido un vástago de zarza, y como él se inclinara para desprenderlo delicadamente, el contacto de aquella mano blanca y fina de artista en el volante de su saya, incomodola mucho. Apresuraba el paso para llegar pronto a la hacienda, avivar el negocio con Telles, y retornar inmediatamente a refugiarse, como en su elemento propio, en el aire sofocado y triste de un hospital. Pero la carretera extendíase blanca y larga, bajo el sol tibio, y la conversación de Adrián fuérala lentamente acostumbrando a su presencia. El primo parecía desolado de la tristeza de aquella casa. Diole algunos buenos consejos; lo que los pequeños necesitaban era aire, sol, otra vida distinta de aquel sofocamiento de la alcoba...

También ella lo juzgaba así; pero, ¿qué? El pobre Juan, siempre que se le hablaba de ir a pasar una temporada a la quinta, afligíase terriblemente; tenía horror a los grandes aires y a los grandes horizontes; la fuerte naturaleza hacíale casi desmayarse; hiciérase un ser artificial, oculto entre los cortinones de la cama...

Compadeciola entonces. De seguro podría haber alguna satisfacción en un deber tan santamente cumplido... Mas, en fin, ella debía tener momentos en que desease algo más que aquellas cuatro paredes, impregnadas del hálito de la enfermedad...