—¿Qué he de desear más? —dijo ella.

Callose Adrián; pareciole absurdo suponer que desease, por ejemplo, el Chiado o el teatro de la Trinidad... Pensaba en otros apetitos, en las ambiciones del corazón insatisfecho... Mas esto pareciole tan delicado, tan grave de decir a aquella criatura virginal y seria, que habló del paisaje.

—¿Ya vio el molino? —preguntole ella.

—Tengo ganas de verlo; si me lo quisieras ir a enseñar, prima.

—Hoy es tarde.

Combináronse para ir a visitar ese rincón de verdura, que era el idilio de la villa.

La larga plática con Telles, en la hacienda, creó una aproximación mayor entre Adrián y María de la Piedad. Aquella venta, que había discutido con una astucia de aldeana, ponía entre ellos como un interés común. Al volver, hablábanse ya con menos reserva. Y es que había en las maneras del primo una atracción que, a su pesar, la llevaba a revelarse, a darle su confianza; nunca hablara tanto con nadie; a nadie jamás dejara ver tanto de la melancolía oculta que erraba constantemente en su alma. Por otra parte, sus quejas eran sobre el mismo dolor: la tristeza de su vida, las enfermedades, tantos cuidados graves... Y atraíale hacia él una simpatía, como un indefinido deseo de tenerle siempre presente, desde que se hacía de tal manera depositario de sus tristezas.

Adrián volvió para su casa, impresionado, interesado por aquella criatura tan triste y tan dulce, que se destacaba sobre el mundo de mujeres que hasta allí había conocido, como un suave perfil de ángel gótico entre fisonomías de mesa redonda. Concordaba todo en ella deliciosamente: el oro del cabello, la dulzura de la voz, la modestia en la melancolía, la casta línea, haciendo un ser delicado y distinto, al cual ese mismo pequeño espíritu burgués, cierto fondo rústico de aldeana y una leve vulgaridad de hábitos dábanle mayor encanto; era un ángel que vivía en un villorrio grosero, atado por muchos lados a las trivialidades del sitio; pero bastaría un soplo para hacerlo remontar al cielo natural, a las puras cimas de la sentimentalidad...

Hallaba absurdo e infame enamorar a la prima... Mas involuntariamente pensaba en el delicioso placer de hacer latir aquel corazón, que no estaba deformado por el corsé, y de poner al fin sus labios en un rostro donde no hubiese polvos de arroz... Inducíale sobre todo el pensar que podría recorrer todo Portugal, sin encontrar ni aquella línea del cuerpo, ni aquella virginidad, distinta de alma adormecida... Ocasión como aquella no volvería.

El paseo al molino fue encantador. Era un rincón de la naturaleza, digno de Corot, especialmente a la hora del medio día, en que ellos habían ido, con la frescura del verdor, la sombra recogida de los grandes árboles y toda suerte de murmurios de agua corriente, huyendo, reluciendo entre los musgos y las piedras, elevando y esparciendo en el aire el frío del follaje, del césped, por donde corrían cantando. El molino hallábase en un hondo pintoresco, con su vieja edificación de piedra secular, su rueda enorme, casi podrida, cubierta de hierbas, inmóvil, sobre la helada limpidez del agua oscura. Adrián hallábalo digno de una escena de novela, o mejor, de la morada de una hada. María de la Piedad no decía nada, hallando extraordinaria aquella admiración por el molino abandonado del tío Costa. Como ella venía un poco cansada, sentáronse en una escalera de piedra descoyuntada, que tenía sumergidos en el agua de la presa los últimos peldaños, y allí permanecieron un momento callados, en el encanto de aquella frescura murmuradora, oyendo a las aves piar en las ramas. Adrián veíala de perfil, un poco curvada, agujereando con la punta de la sombrilla las hierbas bravas que invadían la escalera. Estaba deliciosa así, tan blanca, tan rubia, de una línea tan pura sobre el fondo azul del aire; el sombrero era de mal gusto, el vestido anticuado, pero él hasta hallaba en eso una picante ingenuidad. El silencio de los campos aislábalos en derredor, e, insensiblemente, Adrián comenzó a hablarle bajo. Compadecíala otra vez, por la melancolía de su existencia en aquella triste villa, por su destino de enfermera... Escuchábale ella con los ojos bajos, pasmada de verse allí, tan a solas con aquel hombre tan robusto, toda recelosa y hallando un delicioso sabor a su recelo... Hubo un momento en que él habló del encanto de quedar allí para siempre, en la villa.