—¿Quedar aquí? ¿Para qué? —preguntole sonriendo.

—¿Para qué? Para esto, para estar siempre cerca de usted...

Cubriose de rubor y se le escapó la sombrilla de las manos. Recelando haberla ofendido, Adrián añadió luego, riendo:

—¿Pues no sería delicioso?... Yo podía arrendar este molino, hacerme molinero... Usted me daría su parroquia...

Hízola reír; estaba más linda cuando reía; brillaba todo en ella: los dientes, la piel, el color del cabello. Adrián continuó bromeando con su plan de hacerse molinero y de ir por la carretera detrás de un burro, cargado de sacos de harina.

—Y yo vengo a ayudarle, primo —dijo, animada por su propia risa, por la alegría de aquel hombre que tenía a su lado.

—¿Viene? —exclamó él—. Júrole que me hago molinero. ¡Qué paraíso los dos aquí, en el molino, ganando alegremente nuestra vida y oyendo cantar a estos mirlos!

Enrojeció otra vez María y retrocedió como si en efecto tratase ya de arrebatarla para el molino. Mas Adrián ahora, inflamado por aquella idea, pintábale con su palabra colorida una vida novelesca, de una felicidad idílica, en aquel escondrijo de verdura. De mañana, a pie, muy temprano, para el trabajo; después, el almuerzo, en el césped, a la orilla del agua; y de noche, sus buenas charlas allí sentados, a la claridad de las estrellas o bajo la sombra cálida de los negros cielos de verano...

Y de repente, sin que ella se resistiese, prendiola en los brazos y besola sobre los labios, en un solo beso profundo e interminable. María había quedado contra su pecho, blanca, como muerta; dos lágrimas corríanle a lo largo de la faz. Tan dolorosa y flaca estaba, que Adrián la soltó; alzose ella, cogió la sombrilla y quedó delante de él, con el labio temblando:

—Está mal hecho... está mal hecho...