Él estaba también tan perturbado, que la dejó descender hacia el camino; a poco, seguían entrambos, callados, hacia la villa. Ya en la hospedería, pensó:
—¡Fui un loco!
Mas en el fondo sentíase contento de su generosidad. De noche fue a su casa y encontrola con el pequeñín en el cuello, lavándole en agua de malvas unas heridas que tenía en la pierna. Pareciole odioso entonces distraer a aquella mujer de sus enfermos. Además, que un momento como aquel del molino no volvería. Quedar allí, en aquel rincón odioso de provincia, desmoralizando en frío a una buena madre, sería absurdo... La venta de la finca estaba concluida. Por lo cual, apareció al día siguiente, por la tarde, a decirle adiós; partía a la anochecida en la diligencia. Encontrola en la sala ante la acostumbrada ventana, con la chiquillada enferma, acurrucada contra sus sayas. Oyole decir que partía sin que se le mudase el color, sin palpitarle el pecho... Adrián hallole la palma de la mano tan fría como un mármol. Al salir él, María de la Piedad quedó vuelta para la ventana, escondiendo la cara de los pequeños, mirando abstractamente al paisaje que oscurecía, cayéndole las lágrimas cuatro a cuatro sobre la costura...
Amábalo. Desde los primeros días, su figura, resuelta y fuerte, sus ojos lúcidos, toda la virilidad de su persona, habíansele apoderado de la imaginación. No era su talento, ni su celebridad en Lisboa, ni las mujeres que le habían amado lo que la encantaba; eso para ella aparecíasele vago y poco comprensible; lo que la fascinaba era aquella seriedad, aquel aire honrado y sano, aquella robustez de vida, aquella voz tan grave y tan rica; adivinaba, más allá de su existencia ligada a un inválido, otras posibles existencias, en las cuales no se ve siempre delante de los ojos una capa flaca y moribunda, en que las noches no se pasan esperando las horas de los remedios... Había sido como una ráfaga de aire impregnado de todas las fuerzas vivas de la Naturaleza que atravesara súbitamente su alcoba ahogada; respiráralo deliciosamente... Habíale oído, además, hablar de aquel modo, mostrándose tan bueno, tan serio, tan delicado; a la fuerza de su cuerpo, que admiraba, juntábase ahora un corazón tierno, de una ternura varonil y fuerte, para cautivarla... Invadiola este amor latente, apoderose de ella una noche en que se le ofreció esta idea, esta visión: ¡Si fuese mi marido! Estremeciose toda, apretó desesperadamente los brazos contra el pecho, como confundiéndose con su imagen evocada, prendiéndose a ella, refugiándose en su fuerza... Después, como le había dado aquel beso en el molino.
¡Y partiera!
Comenzó entonces para María de la Piedad una existencia de abandonada. De repente, todo en torno de ella —la enfermedad del marido, achaques de los hijos, tristezas de sus días, la costura— le pareció lúgubre. Sus deberes, ahora que no ponía en ellos el alma entera, éranle pesados como fardos injustos. Represéntasele su vida como desgracia excepcional; no se rebelaba aún; mas tenía de esos abatimientos, de esas súbitas fatigas de todo su ser, en que caía sobre la silla, con los brazos pendientes, murmurando:
—¿Cuándo se acabará esto?
Refugiábase entonces en aquel amor como en una compensación deliciosa. Juzgándolo puro, todo del alma, dejábase penetrar de él y de su lenta influencia. Adrián tornárase en su imaginación como un ser de proporciones extraordinarias, todo lo que es fuerte y es bello y da razón a la vida. No quiso que nada de lo que era de él o venía de él, le fuese ajeno. Leyó todos sus libros, sobre todo, aquella Magdalena que también amara, y muriera de un abandono. Estas lecturas calmábanla, dábanle como una vaga satisfacción al deseo. Llorando los dolores de las heroínas de novela, parecía sentir alivio en los suyos.
Lentamente esta necesidad de llenar la imaginación con estos lances de amor, apoderose de ella. Un devorar constante de novelas durante meses. Iba así creando en su espíritu un mundo artificial e idealizado. Hacíasele odiosa la realidad, sobre todo bajo aquel aspecto de su casa, donde encontraba siempre agarrado a sus sayas un ser enfermo. Vinieron las primeras revueltas. Tornose impaciente y áspera. No soportaba que la arrancasen a los episodios sentimentales de su libro para ir a ayudar a volverse en la cama al marido y sentirle el mal aliento. Llegaron a causarle asco las botellas de medicina, los emplastos, las heridas de los pequeños que tenía que lavar. Comenzó a leer versos. Pasaba horas sola, en un profundo mutismo, a la ventana, teniendo bajo su mirar de virgen rubia toda la rebelión de una apasionada. Creía en los amantes que escalan los balcones entre el canto de los ruiseñores y quería ser amada así, poseída en el misterio de una noche romántica.
Poco a poco, su amor desprendiose de la imagen de Adrián, alargose, extendiose a un ser vago que estaba hecho de todo lo que la encantara en los héroes de novela: era un ente medio príncipe y medio facineroso, que tenía, sobre todo, fuerza. Esto era lo que quería, lo que admiraba, lo que ansiaba en las noches cálidas en que no podía dormir: dos brazos fuertes como acero que la apretasen en un abrazo mortal; dos labios de fuego que en un beso le chupasen el alma. Estaba histérica.