A las veces, al pie del lecho del marido, viendo delante de ella a aquel cuerpo de tísico, en una inmovilidad de tullido, sentía un odio torpe, un deseo de apresurarle la muerte...

Y, en medio de esta excitación mórbida del temperamento irritado, acometíanla súbitas flaquezas; sustos de ave que posa, un grito al oír batir una puerta; una palidez de desmayo en habiendo en la sala flores muy olorosas... De noche, asfixiábase: abría la ventana; mas el cálido aire, el tibio hálito de la tierra caliente del sol, henchíanla de un intenso deseo, de una ansia voluptuosa cortada de visión de llanto. La santa tornábase Venus.

El romanticismo mórbido había penetrado tanto en ella, y desmoralizara tan profundamente, que llegó el momento en que bastaría que un hombre la tocase, para que a seguida se echara en sus brazos. Fue lo que le sucedió con el primero que la enamoró, de ahí a dos años. Era el practicante de la farmacia.

Por causa de él, escandalizó toda la villa. Y ahora, deja la casa en el mayor desorden, los hijos sucios, en harapos, sin comer hasta las mil y quinientas; el marido, gimiendo, abandonado en su alcoba, toda la trapallada de los emplastos por encima de las sillas, todo en un torpe desamparo, para andar detrás del hombre, un tunante odioso, de cara gordiflona, anteojo negro con gruesa cinta pasada por detrás de la oreja y bonete de seda puesto coquetamente. Viene de noche a las entrevistas con chinelas de orillo; huele a sudor: y pídele dinero prestado, para sustentar a una Juana, obesa criatura, a quien llaman en la villa la bola de unto.

CIVILIZACIÓN

I

Yo poseo preciosamente un amigo (su nombre es Jacinto), que nació en un palacio, con cuarenta mil duros de renta en pingües tierras de pan, aceite y ganado.

Desde la infancia, durante la cual, su madre, señora gorda y crédula de Tras-os-Montes, repartía, para retener las Hadas Benéficas, hinojo y ámbar, Jacinto fue siempre más resistente y sano que un pino de las dunas. Un lindo río, murmurador y transparente, con un lecho muy liso de arena muy blanca, reflejando apenas pedazos lustrosos de un cielo de verano o ramajes siempre verdes y de buen aroma, no ofrecería, a aquel que lo descendiese en una barca llena de almohadas y de champagne helado, más dulzuras y facilidades de lo que la vida ofrecía a mi camarada Jacinto. No tuvo sarampión ni tuvo lombrices. Nunca padeció, ni aun en la edad en que se leen Balzac y Musset, los tormentos de la sensibilidad. En sus amistades fue siempre tan feliz como el clásico Orestes. Del amor solo experimentara la miel —esa miel que el amor invariablemente concede a quien lo practica, como las abejas, con ligereza y movilidad—. Ambición, sintiera solamente la de comprender bien las ideas generales, y la «punta de su intelecto» (como dice el viejo cronista medioeval), no estaba aún roma ni herrumbrosa... y, sin embargo, desde los veintiocho años, Jacinto ya se venía impregnando de Schopenhauer, del Eclesiastés, de otros Pesimistas menores, y tres, cuatro veces por día, bostezaba, con un bostezo hondo y lento, pasando los dedos finos sobre la faz, como si en ella solo palpase palidez y ruina. ¿Por qué?

Era él, de todos los hombres que conocí, el más complejamente civilizado —o antes aquel que se nutriera de la más vasta suma de civilización material, ornamental e intelectual. En ese palacio —(floridamente llamado el Jazminero), que su padre, también Jacinto, construyera sobre una honesta casa del siglo XVII, solada de pino y blanqueada de cal—, existía, creo yo, todo cuanto para bien del espíritu o de la materia, los hombres han creado, a través de la incertidumbre y del dolor, desde que abandonaran el valle feliz de Septa-Sindu, la Tierra de las Aguas Fáciles, el dulce país Aryano. La biblioteca —que en dos salas amplias y claras, como plazas, llenaba las paredes, enteramente, desde las alfombras de Caranania hasta el techo del cual, alternadamente, a través de cristales, el sol y la electricidad vertían una luz estudiosa y calma— contenía veinticinco mil volúmenes, instalados en ébano, magníficamente revestidos de marroquín escarlata. Solo sistemas filosóficos (y con justa prudencia, para ahorrar espacio, el bibliotecario apenas coleccionara los que irreconciliablemente se contradicen) había ¡mil ochocientos diez y siete!