Una tarde que yo deseaba copiar un dictamen de Adam Smith, recorrí, buscando a este economista, a lo largo de los estantes, ¡ocho metros de economía política! Así se hallaba formidablemente abastecido mi amigo Jacinto de todas las obras esenciales de la inteligencia —y de la estupidez. El único inconveniente de este monumental almacén del saber era que todo aquel que allí penetraba, adormecíase inevitablemente, por causa de las poltronas, que provistas de finas planchas móviles para sustentar el libro, el cigarro, el lápiz de las notas, la taza de café, ofrecían aún una combinación oscilante y flácida de almohadas, en donde el cuerpo encontraba luego, para mal del espíritu, la dulzura, la profundidad y la paz estirada de un lecho.
Al fondo, y como un altar mayor, era el gabinete de trabajo de Jacinto. Su sillón, grave y abacial, de cuero, con blasones, databa del siglo XIV, y en torno de él pendían numerosos tubos acústicos que, sobre los revestimientos de seda color de musgo y color de hiedra, parecían serpientes adormecidas y suspensas en un viejo muro de quinta. Nunca recuerdo sin asombro su mesa, recubierta toda de sagaces y sutiles instrumentos para cortar papel, numerar páginas, pegar sellos, afilar lápices, raspar enmiendas, imprimir fechas, derretir lacres, atar documentos, coleccionar cuentas. Unos de níquel, otros de acero, rebrillantes y fríos, todos eran de un manejo laborioso y lento: algunos, con los muelles rígidos, las puntas vivas, cortaban y herían: y en las largas hojas de papel Whatman en que él escribía, y que costaban tres pesetas, yo, a las veces sorprendí gotas de sangre de mi amigo. Pero todos los consideraba indispensables para componer sus cartas (Jacinto no componía obras), así como los treinta y cinco diccionarios, y los manuales, y las enciclopedias, y las guías, llenando un estante aislado, fino, en forma de torre, que silenciosamente giraba sobre su pedestal, y que yo denominara el Farol. Lo que, a pesar de todo, más completamente imprimía a aquel gabinete un portentoso carácter de civilización eran los grandes aparatos facilitadores del pensamiento —la máquina de escribir, los autocopistas, el telégrafo Morse, el fonógrafo, el teléfono, el teatrófono, otros aún, todos con metales lúcidos, todos con largos hilos. Constantemente sonidos cortos y secos vibraban en el aire tibio, de aquel santuario. ¡Tic, tic, tic! ¡Dlín, dlín, dlín! ¡Crac, crac, crac! ¡Trrre, trrre!... Era mi amigo comunicando. ¡Todos esos hilos zambullíanse en fuerzas universales, transmitían fuerzas universales, las cuales, no siempre, desgraciadamente, se conservaban domadas y disciplinadas! Jacinto había recogido en el fonógrafo la voz del consejero Pinto Porto, una voz oracular y rotunda, en el momento de exclamar con respeto, con autoridad:
—«¡Maravillosa invención! ¿Quién no admirará los progresos de este siglo?»
Pues en una dulce noche de San Juan, mi supercivilizado amigo, deseando que unas señoras parientes de Pinto Porto (las amables Gouveias), admirasen el fonógrafo, hizo romper de la bocina del aparato, que parecía una trompa, la conocida voz rotunda y oracular:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Mas, inhábil o brusco, ciertamente desconcertó alguna rueda vital —porque, de repente, el fonógrafo comienza a repetir, sin descontinuación, interminablemente, con una sonoridad cada vez más rotunda, la sentencia del consejero:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
De balde, Jacinto, pálido, con los dedos trémulos, torturaba el aparato. La exclamación recomenzaba, sonaba, oracular y majestuosa:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Enfadados, lo llevamos para una sala distante, pesadamente revestida de tapices de Arraz. ¡En vano! La voz de Pinto Porto allí estaba, entre los tapices de Arraz, implacable y rotunda: