—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Furiosos, enterramos una almohada en la boca del fonógrafo; tiramos por encima mantas, cobertores espesos, para sofocar la voz abominable. ¡En vano! Bajo la mordaza, bajo las gruesas lanas, la vez ronqueaba, sorda, mas oracular:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Las amables Gouveias habían huido, apretando desesperadamente los chales sobre la cabeza. Hasta a la cocina, en donde nos refugiamos, la voz descendía, estrangulada y dificultosa:
—¿Quién no admirará los progresos de este siglo?
Huimos empavorecidos a la calle. Era de madrugada. De vuelta de las fuentes, un fresco bando de rapazas, con brazados de flores, pasaba cantando:
Todas las hierbas son benditas
En mañana de San Juan...
Jacinto, respirando el aire matinal, limpiábase las gotas lentas del sudor. Recogímonos al Jazminero, con el sol ya alto, ya caliente. Muy en silencio abrimos las puertas, como con recelo de despertar a alguien. ¡Horror! Luego de la antecámara, percibimos sonidos estrangulados, gangosos: «admirará... progresos... siglo...» ¡Un electricista tuvo que enmudecer al fin aquel fonógrafo horrendo!
Más apacible (para mí) de lo que ese gabinete, temerosamente repleto de civilización, era el comedor, por su arreglo comprensible, fácil e íntimo. En la mesa solo cabían seis amigos, que Jacinto escogía con cierto buen criterio, en la literatura, en el arte y en la metafísica; los cuales, entre los tapices de Arraz, representando colinas, pomares y puertos del Ática, llenos de clasicismo y de luz, renovaban allí repetidamente banquetes que, por su intelectualidad, recordaban los de Platón. Cada golpe de tenedor se cruzaba con un pensamiento o con palabras diestramente arregladas en forma de tal.