A cada cubierto correspondían seis tenedores, todos con formas desemejantes y taimadas: uno para las ostras, otro para el pescado, otro para las carnes, otro para las legumbres, otro para la fruta, otro para el queso. Las copas, por la diversidad de los contornos y de los colores, hacían, sobre el mantel más reluciente que esmalte, como ramilletes silvestres desparramados por encima de la nieve. Pero Jacinto y sus filósofos, recordando lo que el experimentado Salomón enseña sobre las ruinas y amarguras del vino, bebían apenas en tres gotas de agua una gota de Bordeaux (Chateaubriand, 1860). Así lo recomendaban Hesíodo en su Nereu, y Diocles en sus Abejas. De aguas había siempre en el Jazminero un lujo redundante: aguas heladas, aguas carbonatadas, aguas esterilizadas, aguas gaseadas, aguas de sales, aguas minerales, en botellas serias, con tratados terapéuticos impresos en el rótulo... El cocinero, maestro Sardao, era de aquellos que Anaxágoras equiparaba a los Retóricos, a los oradores, a todos los que saben el arte divino de «temperar y servir la Idea». En Síbaris, ciudad del Vivir Excelente, los magistrados habrían votado al maestro Sardao, por las fiestas de Juno Lacina, la corona de hojas de oro y la túnica milesia, que se debía a los bienhechores cívicos. Su sopa de alcachofa y huevas de carpa; sus filetes de venado, macerados en viejo Madeira con purée de nueces; sus moras heladas en éter; otros manjares aún, numerosos y profundos (y los únicos que toleraba mi Jacinto), eran obras de un artista, superior por la abundancia de las ideas nuevas, y juntaban siempre la raridad del sabor a la magnificencia de la forma. Tal plato de ese maestro incomparable parecía, por la ornamentación, por la gracia florida de las labores, por el convenio de los coloridos frescos y cantantes, una joya esmaltada por el cincel de Cellini o Meurice. ¡Cuántas tardes no deseé yo fotografiar aquellas composiciones de excelente fantasía, antes que el trinchante las derribase! Y esta superfinidad del comer condecía deliciosamente con la del servir. Sobre una alfombra, más fofa y muelle que el musgo de la floresta de Brocelandia, deslizábanse, como sombras vestidas de blanco, cinco criados y un paje negro, a la manera vistosa del siglo XVIII. Las fuentes (de plata) subían de la cocina y de la repostería por dos ascensores: uno para los manjares calientes, forrado de tubos en donde hervía el agua, y otro, más lento, para los manjares fríos, forrado de cinc, amoníaco y sal, y ambos escondidos entre flores, tan densas y frescas que figurábasenos como si hasta la sopa saliese humeando de los románticos jardines de Armida. Me acuerdo perfectamente de un domingo de mayo en que, comiendo con Jacinto un obispo, el erudito obispo de Corazín, se atascó el pescado en el medio del ascensor, siendo necesario que acudiesen albañiles con palancas para extraerlo.
II
En las tardes en que había «banquete de Platón» (que así denominábamos esas fiestas de truchas e ideas generales), yo, vecino e íntimo, aparecía al declinar el sol, y subía familiarmente a las habitaciones de nuestro Jacinto, en donde le hallaba siempre incierto entre sus levitas, porque las usaba alternadamente, de seda, de paño, de franelas Jaegher y de foulard de las Indias. El cuarto respiraba el frescor y aroma del jardín por dos vastas ventanas, obliteradas magníficamente (aparte de las cortinas de seda muelle Luis XV), de una vidriera interior de cristal entero, de un toldo arrollado en el cimacio, de un estor de seda floja, de gasas que se fruncían y se enroscaban como nubes y de una celosía móvil de gradería morisca. Todos estos resguardos (sabia invención de Holland y C.ª, de Londres), servían para resguardar la luz y el aire —según los avisos de termómetros, barómetros e higrómetros, montados en ébano, y a los cuales un meteorologista (Cunha Guedes) todas las semanas venía a verificar la precisión.
Entre estas dos ventanas destacaba la mesa de toilette, una mesa enorme, de vidrio, toda de vidrio, con el fin de hacerla impenetrable a los microbios, y cubierta de todos esos utensilios de aseo y aliño que el hombre del siglo XIX necesita en una capital para no desentonar en el conjunto suntuario de la civilización. Cuando nuestro Jacinto, arrastrando sus ingeniosas chinelas de pellico y seda, se acercaba a esta ara, yo, bien repantigado en un diván, abría con indolencia una Revista, ordinariamente la Revista Electropática, o la de las Indagaciones Físicas. Jacinto comenzaba... Cada uno de esos utensilios de acero, de marfil, de plata, imponían a mi amigo, por la influencia omnipoderosa que las cosas ejercen sobre el dueño (sunt tyrannia rerum) el deber de utilizarlo con aptitud y deferencia.
Así que las operaciones del alindamiento de Jacinto presentaban la prolijidad, reverente e insuprimible, de los ritos de un sacrificio.
Comenzaba por el cabello... Con un cepillo chato, redondo y duro acamaba el cabello, liso y rubio, en lo alto, a los lados de la raya; con un cepillo estrecho y recurvo, a la manera del alfanje de un persa, ondeaba el cabello sobre la oreja; con un cepillo cóncavo, en forma de teja, empastaba el cabello, por detrás, sobre la nuca... Respiraba y sonreía. Después, con un cepillo de largas cerdas, fijaba el bigote; con un cepillo leve y flácido incurvaba las cejas; con un cepillo hecho de pluma regularizaba las pestañas. Y de esta manera Jacinto permanecía delante del espejo, pasando pelos sobre su pelo, unos catorce minutos.
Peinado y cansado, iba a purificar las manos. Dos criados, al fondo, maniobraban con pericia y vigor los aparatos del lavatorio, que era apenas un resumen de la maquinaria monumental de la sala de baño. Allí, sobre el mármol verde y róseo del lavabo, había dos duchas (caliente y fría) para la cabeza; cuatro chorros, graduados desde cero hasta cien grados; el vaporizador de perfumes; la fuente de agua esterilizada (para los dientes); el surtidor para la barba, y otras espitas que rebrillaban y botones de ébano que, apenas rozados, desencadenaban la marejada y el estridor de torrentes en los Alpes... Para mojarme los dedos, yo nunca me acerqué a aquel lavabo sin terror, escarmentado de la tarde amarga de enero, en que bruscamente desoldada la espita, el chorro de agua a cien grados reventó, silbando y humeando, furioso, devastador... Huimos todos, despavoridos. Atronó un clamor El Jazminero. El viejo Grillo, escudero que había sido de Jacinto padre, quedó cubierto de ampollas en la cara, en las manos fieles.
Cuando Jacinto acababa de enjugarse laboriosamente en toallas de felpa, de lino, de cuerda entrenzada (para restablecer la circulación), de seda blanda (para lustrar la piel), bostezaba, con un bostezo hueco y lento.
Era este bostezo, perpetuo y vago, lo que nos inquietaba a nosotros, sus amigos y filósofos. ¿Qué faltaba a este hombre excelente? Tenía su inalterable salud de pino bravo, crecido en las dunas; una luz de inteligencia, propia a todo luminar, firme y clara, sin temblor; cuarenta magníficos miles de duros de renta; todas las simpatías de una ciudad chasqueadora y escéptica; una vida barrida de sombras, más libre y lisa que un cielo de verano... Y todavía bostezaba constantemente; palpaba en la faz, con los dedos finos, la palidez y las arrugas. ¡A los treinta años Jacinto andaba encorvado, como bajo un peso injusto! Y por la morosidad desconsolada de toda su acción, parecía ligado, desde los dedos hasta la voluntad, por las mallas apretadas de una red que no se veía y que lo trababa. Era doloroso testimoniar el hastío con que para apuntar una dirección tomaba su lápiz pneumático, su pluma eléctrica, o para llamar al cochero echaba mano del tubo telefónico... En este mover lento del brazo magro, en los pliegues que le arrugaban la nariz, en sus silencios largos y postrados, se sentía el grito constante que le iba por el alma: «¡Qué pesadez! ¡Qué pesadez!» Claramente la vida era para Jacinto un cansancio, o por laboriosa y difícil, o por desinteresante y hueca. Por eso mi pobre amigo procuraba constantemente sumar a ella nuevos intereses, nuevas facilidades. Dos inventores, hombres de mucho celo y pesquisa, estaban encargados, uno en Inglaterra, otro en América, de darle noticia y ofrecerle todos los inventos, los más menudos, que concurriesen a perfeccionar la confortabilidad del Jazminero. Además, él propio se correspondía con Edison. Y, por el lado del pensamiento, Jacinto no cesaba, asimismo, de buscar intereses y emociones que le reconciliasen con la vida, penetrando, a cata de esas emociones y de esos intereses, por las veredas más desviadas del saber, a punto de devorar, desde enero a marzo, setenta y siete volúmenes sobre la evolución de las ideas morales entre las razas negroides. ¡Ah! ¡Nunca hombre de este siglo batalló más esforzadamente contra el enfado de vivir!
¡De balde! ¡Hasta de exploraciones tan cautivantes como esa, a través de la moral de les negroides, Jacinto regresaba más mustio, con bostezos más hondos!