Entonces era cuando se refugiaba intensamente en la lectura de Schopenhauer y del Eclesiastés. ¿Por qué? Sin duda, porque entrambos pesimistas lo confirmaban en las conclusiones que él sacaba de una experiencia paciente y rigurosa: «que todo es vanidad o dolor, que cuanto más se sabe más se pena, y que haber sido rey de Jerusalén y obtenido los goces todos en la vida, solo lleva a mayor amargura...» ¿Mas por qué rodara así a tan oscura desilusión el saludable, rico, sereno e intelectual Jacinto? El viejo escudero Grillo pretendía que «¡S. E. sufría de hartura!»
III
Justamente después de ese invierno, durante el cual se embreñara en la moral de los negroides e instalara la luz eléctrica en los arbolados del jardín, sucedió que Jacinto tuvo la necesidad moral ineludible de partir para el Norte, a su viejo solar de Torges. Jacinto no conocía Torges. Se preparó durante siete semanas para esa jornada agreste. La quinta queda en las sierras y la ruda casa solariega, en donde aún resta una torre del siglo XV, hallábase ocupada hacía treinta años por los caseros, buena gente de trabajo, que comía el caldo entre la humareda del lar y extendía el trigo a secar en las salas señoriales.
Jacinto, en los comienzos de marzo, escribió cuidadosamente a su procurador Souza, que habitaba la aldea de Torges, ordenándole que compusiese los tejados, encalase los muros, envidriase las ventanas; después mandó expedir, por medios de rápida conducción, en cajones que trasponían con trabajo los portones del Jazminero, todos los confortes necesarios a dos semanas de montaña, camas de plumas, poltronas, divanes, lámparas de Carcel, bañeras de níquel, tubos acústicos para llamar a los criados, alfombras persas para ablandar los suelos; uno de los cocheros partió con un coupé, una victoria, un break, mulas y cascabeles.
Al cabo de un tiempo, fue el cocinero con la batería, la botillería, la heladora, una gran cantidad de trufas, cajas profundas de aguas minerales. Desde el amanecer, en los anchos patios del palacio, se clavaba, se martillaba, como en la construcción de una ciudad. El bagaje, desfilando, recordaba una página de Herodoto al narrar la invasión persa. Jacinto enmagreció con los cuidados de aquel Éxodo. Por fin partimos en una mañana de junio, con Grillo y treinta y siete maletas.
Yo acompañaba a Jacinto, en mi camino para Guiães, donde vive una tía mía, a una legua larga de Torges; íbamos en un vagón reservado, entre vastas almohadas, con perdices y champán en un cesto. A mitad de la jornada debíamos cambiar de tren, en esa estación que tiene un nombre sonoro en olla, y un tan suave y cándido jardín de rosales blancos. Era domingo de inmensa polvareda y sol, y encontramos allí, llenando el andén estrecho, todo un pueblo festivo que venía de la romería de San Gregorio de la Sierra.
Para realizar aquel trasbordo, en tarde de fiesta, el horario solo nos concedía tres minutos avaros. El otro tren ya esperaba, junto al cobertizo, impaciente y silbando. Una campana badajeaba con furor. Y sin casi atender a las lindas mozas que allí se bamboneaban, en bandos, encendidas, con pañuelos flameantes, el seno vasto cubierto de oro, y la imagen del santo espetada en el sombrero, corrimos, empujamos, saltamos para el otro vagón, ya reservado, marcado por un cartón con las iniciales de Jacinto. Inmediatamente el tren rodó. ¡Entonces pensé en nuestro Grillo, en las treinta y siete maletas! Apoyado de bruces en la portezuela pude ver aún junto al ángulo de la estación, bajo los eucaliptos, un montón de equipaje y hombres de gorra galoneada que delante de él braceaban desesperados.
Murmuré, recayendo en las almohadas:
—¡Qué servicio!
Jacinto, en un rincón, sin abrir los ojos, suspiró: