—¡Qué pesadez!

Durante una hora deslizámonos lentamente entre trigales y viñedos; y aún el sol batía en las vidrieras, caliente y polvoriento, cuando llegamos a la estación de Gondín, en donde el procurador de Jacinto, el excelente Souza, debía esperarnos con caballos que nos llevaran por la sierra, hasta el solar de Torges. Detrás del jardín de la estación, todo florido también de rosas y margaritas, Jacinto reconoció en seguida sus carruajes aún empaquetados en lona.

Pero cuando nos apeamos en el pequeño andén blanco y fresco, solo hallamos en torno nuestro soledad y silencio... ¡Ni procurador, ni caballos! El jefe de la estación, a quien yo pregunté con ansiedad «si no apareciera por allí el señor Souza, si no conocía al señor Souza», sacó afablemente su gorra galoneada. Era un mozo gordo y redondo, con colores de manzana camuesa, que traía bajo el brazo un libro de versos. «¡Conocía perfectamente al señor Souza!» ¡Tres semanas antes jugara con él a la manilla! ¡Esta tarde, sin embargo, infelizmente, no había visto al señor Souza! El tren desapareciera por detrás de las altas rocas que allí penden sobre el río. Un cargador hacía un cigarro, silbando. Cerca de la valla del jardín, una vieja, toda de negro, dormitaba agachada en el suelo, delante de una cesta de huevos. ¿Y nuestro Grillo y nuestro equipaje?... El jefe encogió risueñamente los hombros rollizos. Todos nuestros bienes habían encallado, de seguro, en aquella estación de rosales blancos que tiene un nombre sonoro en olla. Y allí estábamos nosotros, perdidos en la sierra agreste, sin procurador, sin caballos, sin Grillo, sin maletas.

¿Para qué referir menudamente el lance lamentable? Próximo a la estación, en una quebrada de la sierra, había un casal forero a la quinta, en donde conseguimos, para llevarnos y guiarnos a Torges, una yegua lazarina, un jumento blanco, un rapaz y un podenco. Y allí comenzamos a trepar, desazonadamente, esos caminos agrestes, los mismos, quizá, por donde iban y venían, de monte a río, los Jacintos del siglo XV. Pasado un trémulo puente de madera que atraviesa un riachuelo todo quebrado por peñas (y donde abunda la trucha adorable), nuestros males olvidáronsenos ante la inesperada, incomprensible belleza de aquella bendita sierra. El divino artista que está en los cielos compusiera, ciertamente, ese monte en una de sus mañanas de más solemne y bucólica inspiración.

La grandeza era tanta como la gracia... Decir los valles fofos de verdura, los bosques casi sacros, los pomares olorosos y en flor, la frescura de las aguas cantantes, las ermitas blanqueando en los altos, las rocas musgosas, el aire de una dulzura de paraíso, toda la majestad y toda la lindeza, no es para mí, hombre de pequeño arte. Ni creo que fuese para el maestro Horacio. ¿Quién puede decir la belleza de las cosas, tan simple e indecible? Jacinto, delante, en la yegua torda, murmuraba:

—¡Ah, qué belleza!

Yo atrás, en el burro, con las piernas sueltas, murmuraba:

—¡Ah, qué belleza!

Los expertos regatos reían, saltando de roca en roca; finos ramos de arbustos floridos rozaban nuestras caras, con familiaridad y cariño; durante largo tiempo, un mirlo nos siguió de chopo para castaño, silbando nuestros loores.

Tierra bien acogedora y amable... ¡Ah, qué belleza!