De esta suerte filosofábamos cuando Zé Braz, con un candil en la mano, vino a decir que «estaban preparadas las camas de sus inselencias...» De la idealidad descendimos gustosamente a la realidad; ¿y qué vimos entonces, nosotros, los hermanos de los astros? En dos salas tenebrosas y cóncavas, dos jergones, tirados en el suelo, en un rincón, con dos colchas de algodón; a la cabecera un candelero de latón, posado sobre un banco; y a los pies, como lavatorio, un barreño barnizado encima de una silla de madera.

En silencio, mi supercivilizado amigo palpó su jergón y sintió en él la rigidez del granito. ¡Después, corriendo por la cara decaída los dedos mustios, consideró que, perdidas sus maletas, no tenía ni zapatillas ni camisón! De nuevo Zé Braz hizo de Providencia, trayendo al pobre Jacinto, para que desahogase los pies, unos tremendos zuecos de madera, y para que cubriese el cuerpo, dulcemente educado en Síbaris, una camisa de la casera, enorme, de estopa, más áspera que estameña de penitente, y con volantes crespos y duros, como labores en madera. Para consolarle recordé que Platón cuando componía el Banquete; Jenofonte, cuando mandaba los Diez Mil, dormían en peores catres. Las camas austeras hacen las fuertes almas; solo vestido de estameña se penetra en el Paraíso.

—¿Tiene usted —murmuró mi amigo, desatento y seco— alguna cosa que yo pueda leer?... ¡No puedo dormirme sin leer!

Yo tenía únicamente el número del Diario de la Tarde, que rasgué por el medio, y repartí con él fraternalmente. ¡Y quien no vio entonces a Jacinto, señor de Torges, agazapado en el borde del jergón, junto de la vela que goteaba sobre el banco, con los pies desnudos, ocultos en los gruesos zuecos, recorriendo en la mitad del Diario de la Tarde, con los ojos confusos, los anuncios de los barcos, no puede saber lo que es una vigorosa y real imagen del desaliento!

Así lo dejé, y de allí a poco, extendido asimismo en mi jergón, también espartano, subía, a través de un sueño jovial y erudito, al planeta Venus, donde encontraba, entre los olmos y los cipreses, en un vergel, a Platón y Zé Braz, en alta camaradería intelectual, bebiendo el vino de Rética por los vasos de Torges. Emprendimos los tres bruscamente una controversia sobre el siglo XIX. A lo lejos, por entre una floresta de rosales más altos que encinas, albeaban los mármoles de una ciudad y resonaban cantos sacros. No recuerdo lo que Jenofonte sustentó acerca de la civilización y del fonógrafo. De repente, todo se turbó por negras nubes, a través de las cuales yo distinguía a Jacinto, huyendo en un burro que impelía furiosamente con los tacones, con una vardasca, con gritos, en la dirección del Jazminero.

V

Muy temprano, de madrugada, sin rumor, para no despertar a Jacinto que, con las manos sobre el pecho, dormía plácidamente, partí para Guiães. Y durante tres quietas semanas, en aquella villa donde se conservan los hábitos y las ideas del tiempo del rey don Dinís, no supe de mi desconsolado amigo, que de cierto había huido de sus techos agujereados y reentrara en la civilización. Después, en una abrasada mañana de agosto, desciendo de Guiães, tomo de nuevo la avenida de las hayas y llego al portalón solariego de Torges, entre el furioso latir de los perros. La mujer de Zé Braz apareció alborozada a la puerta de la bodega. Y su nueva fue que el señor don Jacinto (en Torges, mi amigo tenía don) andaba allá abajo, con Souza, en los campos de Freixomil.

—¿Entonces, aún anda por aquí el señor don Jacinto?

¡Su inselencia aún estaba en Torges, y su inselencia quedaba para la vendimia!... Justamente reparaba en que las ventanas del solar tenían vidrieras nuevas; y a un lado del patio posaban baldes de cal; una escalera de albañil quedara arrimada contra la baranda, y en un cajón abierto, aún lleno de paja de embalar, dormían dos gatos.

—¿Y Grillo, apareció?