—El señor Grillo está en el pomar, a la sombra.
—Bien; ¿y las maletas?
—El señor don Jacinto ya tiene su saquiño de cuero...
—¡Loado sea Dios! Jacinto estaba, en fin, provisto de civilización. Subí contento. En la sala noble, donde el suelo fuera recompuesto y fregado, encontré una mesa cubierta de hule, aparadores de pino con loza blanca, de Barcelos, y sillas de paja, orillando las paredes muy encaladas, que daban una frescura de capilla nueva. Al lado, en otra sala, también de brillante blancura, había el conforto inesperado de tres sillones de paja de Madeira, con brazos largos y almohadones de algodón; sobre la mesa de pino, el papel, el candelero de aceite, las plumas de pato espetadas en un tintero de fraile, parecían preparadas para un estudio calmo y dichoso de humanidades; y en la pared, suspendido por dos clavos, un estante contenía cuatro o cinco libros, hojeados y usados: Don Quijote, un Virgilio, una Historia de Roma, las Crónicas de Froissart. La pieza contigua era ciertamente el cuarto de don Jacinto, un cuarto claro y casto de estudiante, con un catre de hierro, un lavabo de hierro, la ropa colgada en perchas toscas. Todo resplandecía de aseo y orden. Las maderas de los ventanales, cerradas, defendían del sol de agosto, que escaldaba fuera los balcones de piedra. Del suelo, rociado de agua, subía una frescura consoladora. En un viejo vaso azul un ramo de claveles alegraba y perfumaba. No había un rumor. Torges dormía en el esplendor de la siesta. Y envuelto en aquel reposo de convento remoto, terminé por extenderme en un sillón de paja junto a la mesa, abrí lánguidamente el Virgilio, y murmuré:
Fortunate Jacinthe!, tu inter arva nota
et fontes sacros frigus captatis opacum.
Ya casi irreverentemente adormeciera sobre el divino bucolista, cuando me despertó un grito amigo. Era Jacinto. E inmediatamente le comparé a una planta medio mustia y decolorada en la oscuridad, que había sido profusamente regada y reviviera en pleno sol. No andaba encorvado. Sobre su palidez de supercivilizado, el aire de la sierra o la reconciliación con la vida habíanle dado un tono moreno y fuerte, que le virilizaba soberbiamente. De los ojos, que en la ciudad le había conocido, siempre crepusculares, saltaba ahora un brillo de mediodía, decidido y dilatado, que entraba francamente en la belleza de las cosas. Ya no pasaba las manos mustias sobre la faz; batía con ellas fuertemente en el muslo. ¡Qué sé yo! Era una reencarnación. Y todo lo que me contó, pisando alegremente con los zapatos blancos el suelo, fue que, al cabo de tres días, en Torges, se sintiera como serenado, mandó comprar un colchón blando, reunió cinco libros nunca leídos, y allí estaba...
—¿Para todo el verano?
—¡Para siempre! Y ahora, hombre de las ciudades, ven a almorzar unas truchas que yo pesqué, y comprende al fin lo que es el cielo.
Las truchas eran, en efecto, celestes. Apareció también una ensalada de coliflor y vainas, y un vino blanco de Azães... ¿Quién condignamente os cantara, manjares y bebidas de aquellas sierras?