A la tarde, paseamos por los caminos, costeando la vasta quinta, que va de valles a montes. Jacinto parábase a contemplar con cariño los altos maizales. Con la mano abierta y fuerte batía en el tronco de los castaños, como en las espaldas de amigos recuperados. Todo hilo de agua, toda colina de hierba, todo pie de viña le ocupaba como vidas filiales por las cuales fuese responsable. Conocía ciertos mirlos que cantaban en ciertos chopos. Exclamaba enternecido:
—¡Qué encanto, la flor de trébol!
A la noche, después de un cabrito asado en el horno, al que el maestro Horacio habría dedicado una Oda (tal vez un Carmen Heroico), conversamos sobre el destino y la vida. Yo cité, con discreta malicia, a Schopenhauer y al Eclesiastés... Jacinto levantó los hombros, con seguro desdén. Su confianza en esos dos sombríos explicadores de la vida desapareciera, e irremediablemente, para no volver más, como una niebla que el sol esparce. ¡Tremenda tontería!, afirmar que la vida se compone meramente de una larga ilusión, y levantar un aparatoso sistema sobre un punto especial y estrecho de la vida, dejando fuera del sistema toda la vida restante, como una contradicción permanente y soberbia. Era como si él, Jacinto, señalando una ortiga, crecida en aquel patio, declarase triunfalmente: «¡Aquí está una ortiga! Toda la quinta de Torges, de consiguiente, es una masa de ortigas». ¡Bastaría que el huésped alzase los ojos, para ver los trigales, los pomares y los viñedos!
Luego que, de esos dos ilustres pesimistas, uno, el alemán, ¡qué conocía de la vida, de esa vida de que había hecho, con doctoral majestad, una teoría definitiva y doliente! ¡Todo lo que puede conocer quien, como este genial farsante, viviera cincuenta años en una lúgubre hospedería de provincia, levantando apenas los ojos del libro para conversar, en la mesa redonda, con los oficiales de la guarnición! Y el otro, el israelita, el hombre de los Cantares, el muy pedantesco rey de Jerusalén, solo descubre que la vida es una ilusión a los setenta y cinco años, cuando el poder se le escapa de las manos trémulas, y su serrallo de trescientas concubinas, se torna ridículamente superfluo a su osamenta rígida. Uno dogmatiza fúnebremente sobre lo que no sabe, y el otro, sobre lo que no puede. Mas que se dé a ese buen Schopenhauer una vida tan completa y llena como la de César, ¿y a dónde iría a parar su schopenhaurismo?; que se restituya a ese sultán, ensuciado de literatura, que tanto edificó y profesoró en Jerusalén, su virilidad, ¿y en dónde está el Eclesiastés? Y por otra parte, ¿qué importa bendecir o maldecir la vida? Afortunada o dolorosa, fecunda o varia, es vida. Locos aquellos que, para atravesarla, se embozan desde luego en pesados velos de tristeza y desilusión, de suerte que en su camino todo les sea negrura, no solo las leguas realmente oscuras, mas también aquellas en que brilla un sol amable. En la tierra todo vive —y solo el hombre siente el dolor y la desilusión de la vida. Y tanto más se siente, cuanto más alarga y acumula la obra de esa inteligencia que lo hace hombre, y que lo separa del resto de la naturaleza, impensante e inerte. En el máximum de la civilización, experimenta el máximum de tedio. Así que la sabiduría está en retroceder hasta ese honesto mínimum de civilización, que consiste en tener un techo de choza, un pedazo de tierra, y el grano para sembrar en ella. En resumen, para recuperar la felicidad, es necesario regresar al Paraíso, y quedarse allá, quieto, con su hoja de parra, enteramente desguarnecido de civilización, contemplando al cordero dando saltos entre el tomillo, y sin procurar, ni con el deseo, el ¡árbol funesto de la Ciencia! ¡Dixi!
Escuchaba, asombrado, a este Jacinto novísimo. Era verdaderamente una resurrección, en el magnífico estilo de Lázaro. Al surge et ambula que le habían susurrado las aguas y los bosques de Torges, erguíase del fondo de la cueva del Pesimismo, desembarazábase de sus americanas de Poole, et ambulabat, y comenzaba a ser dichoso. Yendo de retirada a mi cuarto, en aquellas horas honestas que convienen al campo y al optimismo, tomé entre las mías la mano ya firme de mi amigo, y pensando que al fin había alcanzado la verdadera realeza, le grité mis parabienes a la manera del moralista de Tibur:
—¡Vive et regna, fortunate Jacinthe!
De ahí a poco, a través de la puerta abierta que nos separaba, sentí una carcajada fresca, moza, genuina y consolada. Era Jacinto que leía el Don Quijote. ¡Oh, bienaventurado Jacinto! ¡Conservaba el agudo poder de criticar, y recuperaba el don divino de reír!
Cuatro años van pasados. Jacinto aún habita Torges. Las paredes de su solar continúan bien encaladas, mas desnudas.
Por el invierno pónese un gabán de lana y enciende un brasero. Para llamar a Grillo o a la moza, bate las manos, como hacía Catón. En sus deliciosos vagares, ya leyó la Iliada. No se afeita. En los caminos silvestres, párase y habla con las criaturas. Todos los casales de la sierra le bendicen. Oigo que se va a casar con una fuerte, sana y bella rapaza de Guiães. ¡De seguro crecerá allí una tribu, que será grata al señor!
Como él, recientemente, me pidiera libros de su librería (una Vida de Buda, una Historia de Grecia y las obras de San Francisco de Sales), fui, después de estos cuatro años, al Jazminero desierto. ¡Cada paso mío sobre los fofas alfombras de Caranania sonaba triste como en un cementerio. Todos los brocados estaban arrugados, resquebrajados. Por las paredes pendían, como ojos fuera de órbitas, los botones eléctricos de los timbres y de las luces; y había vagos hilos de alambre, sueltos, enroscados, donde la araña regalada y reinando tejiera telas espesas. En la librería, todo el vasto saber de los siglos yacía en una inmensa mudez, debajo de una inmensa polvareda. Sobre los lomos de los sistemas filosóficos blanqueaba el moho; vorazmente la polilla devastara las Historias Universales; erraba allí un olor blando de literatura podrida; y yo partí, con el pañuelo en la nariz, seguro de que en aquellos veinte mil volúmenes no restaba una verdad viva! Quise lavarme las manos, manchadas por el contacto con estos detritos de conocimientos humanos. Mas los maravillosos aparatos del lavatorio, de la sala de baño, herrumbrosos, tenaces, desoldados, no echaban una gota de agua; y, como llovía en esa tarde de abril, tuve que salir al balcón y pedir al cielo que me lavase.