Al bajar, penetré en el gabinete de trabajo de Jacinto, y tropecé en un montón negro de herrajes, ruedas, láminas, campanillas, tornillos... Entreabrí la ventana, y reconocí el teléfono, el teatrófono, el fonógrafo, otros aparatos, caídos de sus soportes, sórdidos, deshechos, bajo el polvo de los años. Empujé con el pie esta basura del ingenio humano. La máquina de escribir, descubierta, con los agujeros negros marcando las letras desarraigadas, era como una boca desdentada. El telégrafo parecía aplastado, enredado en sus tripas de alambre. En la trompa del fonógrafo, torcida, para siempre muda, revolvíanse cucarachas. Así yacían, tan lamentables y grotescas, aquellas geniales invenciones, que yo salí riendo, como de una enorme facecia, de aquel super-civilizado palacio.

La lluvia de abril cesara; los tejados remotos de la ciudad negreaban sobre un poniente de carmesí y oro. Y, a través de las calles más frescas, iba yo pensando que este nuestro magnífico siglo XIX se semejaría, un día, a aquel Jazminero abandonado, y que otros hombres, con una certeza más pura de lo que es la Vida y la Felicidad, darán, como yo, con el pie en la basura de la super-civilización, y, como yo, reirán alegremente de la gran ilusión que quedará, inútil y cubierta de herrumbre.

De seguro que, a aquella ahora, Jacinto, en el balcón, en Torges, sin fonógrafo y sin teléfono, reentrado en la simplicidad, veía, bajo la paz lenta de la tarde, al temblar de la primera estrella, recogerse a la boyada entre el canto de los boyeros.

EL TESORO

I

Los tres hermanos de Medranhos, Ruy, Guannes y Rostabal, eran entonces, en todo el Reino de las Asturias, los hidalgos más hambrientos y los más remendados.

En los Pazos de Medranhos, a que el viento de la sierra llevara vidrios y teja, pasaban ellos las tardes de ese invierno, enovillados en sus abrigos de camelote, batiendo las suelas rotas sobre las losas de la cocina, delante del vasto lar negro, en donde desde ya mucho antes no estallaba fuego, ni hervía nada en el puchero de hierro. Al oscurecer devoraban una corteza de pan negro, refregada con ajo. Luego, sin candil, a través del patio, hundiendo la nieve, iban a dormir a la cuadra, para aprovechar el calor de las tres yeguas leprosas que, tan famélicas como ellos, roían las tablas del pesebre. La miseria hiciera a estos señores más bravíos que lobos.

Un día, en primavera, en una silenciosa mañana de domingo, yendo los tres por el bosque de Roquelanes acechando pisadas de caza y cogiendo hongos entre los robles, en tanto las tres yeguas pastaban la hierba nueva de abril, los hermanos de Medranhos encontraron, por detrás de una mata de espinos, en una cueva de roca, un viejo cofre de hierro. Como si lo resguardase una torre segura, conservaba sus tres llaves en sus tres cerraduras; sobre la tapa, mal descifrable, a través del herrumbre, corría un dístico en letras árabes. ¡Y dentro, hasta los bordes, estaba lleno de doblones de oro!

En el terror y esplendor de la emoción, los tres señores quedaron más lívidos que cirios. Después, zambullendo furiosamente las manos en el oro, rompieron a reír, con unas risotadas tan sonoras, que las hojas tiernas de los olmos, en torno, temblaban... Retrocedieron, bruscamente se encararon, con los ojos flameando, en una desconfianza tan desabrida, que Guannes y Rostabal palparon en los cintos los mangos de las grandes facas. Entonces Ruy, que era gordo y rubio y el más avisado, levantó los brazos, como un árbitro, y comenzó por decidir que el tesoro, o viniese de Dios o del demonio, pertenecía a los tres, y entre ellos se repartiría rígidamente, pesándose el oro en balanzas. Mas ¿cómo podrían llevar a Medranhos, hasta la cima de la sierra, aquel cofre tan lleno? No era conveniente que salieran con su bien del bosque antes que anocheciese. Así que él entendía que el hermano Guannes, como más leve, debía partir trotando hacia la vecina villa de Retortilho, con el oro necesario en la bolsa, a fin de comprar tres alforjas de cuero, tres maquilas de cebada, tres empanadas de carne y tres botellas de vino. El vino y la carne eran para ellos, que no comían desde la víspera; la cebada, para las yeguas. Rehechos, señores y cabalgaduras, esconderían el oro en las alforjas y subirían camino de Medranhos, bajo la seguridad de la noche sin luna.