En esto, Ruy, que sacara el sombrero y le arreglaba las viejas plumas rojas, comenzó a considerar, en su manso y avisado lenguaje, que Guannes, aquella mañana, no había querido bajar con ellos al bosque de Roquelanes. ¡Así era la suerte ruin! Porque si Guannes se hubiese quedado en Medranhos, ellos, los dos, habrían descubierto el cofre, y solo entre los dos se partiría el oro. ¡Qué pena! Tanto más, que la parte de Guannes sería en seguida disipada, con rufianes, a los dados, por las tabernas.

—¡Ah, Rostabal, Rostabal! Si Guannes, viniendo por aquí solito, hubiese hallado este oro, no partiría con nosotros, Rostabal.

El otro murmuró sordamente y con furor, dando un tirón a las barbas negras:

—¡No, mil rayos! Guannes es un avaro. ¡Cuando el año pasado le ganó los cien ducados al espadero de Fresno, no me quiso prestar tres para comprar un jubón nuevo! ¿No te acuerdas?

—¿Ves tú? —gritó Ruy, resplandeciendo.

Entrambos se habían levantado del pilar de granito, como llevados por la misma idea, que los deslumbraba. A través de sus largos pasos, las altas hierbas silbaban.

—¿Y para qué? —proseguía Ruy—. ¿Para qué le sirve a él todo el oro que nos lleva? ¿No le oyes, de noche, cómo tose? ¡Alrededor de la paja en que duerme, todo el suelo está lleno de sangre, que saliva! ¡Hasta las otras nieves no dura, Rostabal! Mas hasta allá habrá disipado los buenos doblones que debían ser nuestros, para levantar la casa, y para que tu puedas tener jinetes, y armas, y trajes nobles, y tu tercio de solariegos, como compete a quien es, como tú, el más viejo de los de Medranhos...

—Pues que muera, y muera hoy —gritó Rostabal.

—¿Quieres?

Vivamente, Ruy tomó de un brazo al hermano y le apuntó hacia la vereda de olmos, por donde Guannes partiera cantando.