—Más adelante, al fin del camino, hay un sitio bueno, en los zarzales; y has de ser tú, Rostabal, que eres el más fuerte y el más diestro. Un golpe de punta por la espalda. Y hasta es justicia de Dios que seas tú, que muchas veces, en las tabernas, sin ningún pudor, Guannes te trataba de cerdo y de torpe, por no saber leer ni contar.
—¡Malvado!
—¡Ven!
Fueron. Emboscáronse por detrás de un zarzal, que dominaba el atajo, estrecho y pedregoso como un lecho de torrente. Rostabal, asomado en la zanja, tenía ya la espada desnuda. Un viento leve remolinó en la pendiente las hojas de los álamos, y sintieron el repique de las campanas de Retortilho. Ruy, mesándose la barba, calculaba las horas por el sol, que ya se inclinaba hacia las sierras. Pasó un bando de cuervos graznando sobre ellos. Rostabal, que les había seguido el vuelo, recomenzó a bostezar con hambre, pensando en las empanadas y en el vino que el otro traía en las alforjas.
¡En fin! ¡Alerta! En la vereda oíase la cántica doliente y ronca, lanzada a las ramas:
¡Olé! ¡Olé!
Sale la cruz de la iglesia,
toda vestida de negro...
Ruy murmuró:
—¡En el costado! ¡Así que pase!