El trote de la yegua batió el cascajo; una pluma en un sombrero rojeó por sobre la punta de las selvas. Rostabal rompió de entre la zarza por una brecha, tiró el brazo, la larga espada, —y toda la hoja se embebió muellemente en el costado de Guannes, cuando al rumor, de improviso, se volvió en la silla. Cayó de lado, con un sordo quejido, sobre las piedras. Ya Ruy se abalanzaba a los frenos de la yegua; Rostabal, cayendo sobre Guannes, que suspiraba aún, de nuevo le enterró la espada, agarrada por la hoja como un puñal, en el pecho y en la garganta.
—¡La llave! —gritó Ruy.
Arrancada la llave del cofre al pecho del muerto, ambos echaron a andar por la vereda. Rostabal delante, huyendo, con la pluma del sombrero quebrada y torcida, la espada, aún desnuda, apretada bajo al brazo, todo encogido, horripilado con el sabor de la sangre que le saltara a la boca; Ruy, atrás, tirando desesperadamente de las bridas de la yegua, que con las patas hincadas en el suelo pedregoso, mostrando la larga dentadura amarilla, no quería dejar a su amo allí estirado, abandonado, a lo largo de las sebes.
Tuvo necesidad de picarle las ancas con la punta de la espada, y de ir corriendo detrás de ella con la espada en alto, como si fuese persiguiendo a un moro, hasta que desembocó en el prado, donde el sol ya no doraba las hojas. Rostabal arrojó a la hierba el sombrero y la espada, y de bruces sobre la losa excavada en estanque, con las mangas arremangadas, lavábase ruidosamente la cara y las barbas.
La yegua recomenzó a pastar, cargada con las nuevas alforjas que Guannes comprara en Retortilho. De la más larga, abarrotada, desbordaban los cuellos de dos botellas. En esto, Ruy sacó, lentamente, del cinto su larga navaja. Sin un rumor en la espesa hierba, deslizose hasta Rostabal, que resoplaba con las largas barbas chorreando. Y serenamente, como si clavase una estaca en un bancal, le enterró toda la hoja en el largo dorso doblado, certera sobre el corazón.
Rostabal cayó sobre el estanque, sin un gemido, con la cara en el agua, los largos cabellos flotando en el agua. Su vieja escarcela de cuero quedara sujeta debajo del muslo. Para sacar de dentro de ella la tercera llave del cofre, Ruy levantó el cuerpo, y un chorro de sangre más espesa corrió, escurrió por el borde del estanque, humeando.
III
¡Ya eran de él, solo de él, las tres llaves del cofre!... Y Ruy, alargando los brazos, respiró deliciosamente. ¡Apenas la noche descendiese, con el oro metido en las alforjas, guiando la reata de yeguas por los atajos de la sierra, subiría a Medranhos y enterraría en la bodega su tesoro! Y después, cuando allá en la fuente, y allá junto a los zarzales, solo quedasen, bajo las nieves de diciembre, algunos huesos sin nombre, él sería el magnífico señor de Medranhos, y en la nueva capilla del solar renacido mandaría decir ricas misas por sus dos hermanos muertos... ¿Muertos cómo? Como deben morir los de Medranhos: ¡peleando contra el Turco!
Abrió las tres cerraduras, cogió un puñado de doblones, que hizo sonar sobre las piedras. ¡Qué puro oro, de fino quilate! Después fue a examinar la capacidad de las alforjas, y, encontrando las dos botellas de vino y un gordo capón asado, sintió inmensa hambre. Desde la víspera solo había comido un pedacito de pescado seco. ¡Cuánto tiempo que no probaba capón! ¡Con qué delicia se sentó en el césped, con las piernas abiertas, y entre ellas el ave amarilla y el vino color de ámbar! ¡Ah! Guannes había sido excelente mayordomo; ni se le olvidaron las aceitunas. Mas, ¿por qué trajera solo dos botellas para tres convidados? Rasgó un ala del capón; devoraba a grandes dentelladas. Caía la tarde, pensativa y dulce, con nubecitas de color de rosa. Allá, en la vereda, un bando de cuervos graznaba. Las yeguas, hartas, dormitaban con el hocico pendido. Cantaba la fuente, lavando al muerto.
Ruy alzó a la luz la botella de vino. Con aquel color viejo y caliente, no habría costado menos de tres maravedises. Y poniendo el cuello a la boca, bebió en sorbos lentos, que le hacían ondular el peludo pescuezo. ¡Oh, vino bendito, que tan prontamente hacía olvidar la sangre! Tiró la botella vacía; destapó otra. Mas, como era avisado, no bebió, porque la jornada a la sierra, con el tesoro, requería firmeza y acierto. Descansando, tendido sobre el codo, pensaba en Medranhos cubierto de teja nueva, en las altas llamas de la chimenea en noches de nieve, y en su lecho con brocados, en donde tendría siempre mujeres...