De repente, tomado de una gran ansiedad, sintió prisa de cargar las alforjas. Ya se adensaba la sombra entre los árboles. Trajo una de las yeguas para junto del cofre, levantó la tapa, tomó un puñado de oro... Mas osciló, soltando los doblones, que resonaron en el suelo, y llevó las dos manos afligidas al pecho. ¿Qué es, don Ruy? ¡Rayos de Dios! Era un fuego, un fuego vivo que se le encendiera dentro y le subía hasta la garganta. Rasgose el jubón y echó a andar con pasos inciertos, y encorvado, con la lengua pendiente, limpiándose las gruesas gotas de un sudor horrendo que le helaba como nieve. ¡Oh, Virgen Madre! ¡Otra vez el fuego, más fuerte, que ascendía, le roía! Gritó:
—¡Socorro! ¡Alguien! ¡Guannes! ¡Rostabal!
Sus brazos torcidos movíanse en el aire desesperadamente. Y la llama, dentro, subía; sentía los huesos estallando, como las maderas de una casa ardiendo.
Renqueó hasta la fuente para apagar aquella llama; tropezó con Rostabal, y, con la rodilla apoyada en el muerto, arañando la roca, entre gritos, buscaba el hilo de agua que recibía sobre los ojos, por los cabellos. Pero el agua lo quemaba más, como si fuese un metal derretido. Volviose, cayó encima de la hierba, que arrancaba a puñados, y que mordía, mordiendo los dedos para chuparles la frescura. Levantose aún con una baba densa que se le escurría por las barbas; y de repente, abriendo pavorosamente los ojos, como si comprendiese, en fin, la traición, todo el horror:
—¡Es veneno!
¡Oh! ¡Don Ruy, el avisado, era veneno! Porque Guannes, no bien llegara a Retortilho, antes de comprar las alforjas, corrió cantando a una callejuela, que hay detrás de la catedral, a comprar al viejo droguista judío el veneno que, mezclado al vino, le haría a él, a él solamente, dueño de todo el tesoro.
Anocheció. Dos cuervos de entre el bando que graznaba, ya se habían posado sobre el cuerpo de Guannes. La fuente, cantando, lavaba al otro muerto.
Medio enterrada en la hierba negra, toda la cara de Ruy volviérase negra. Una estrellita lucía en el cielo.
El tesoro aún está allí, en el bosque de Roquelanes.