Del fondo de la ruda choza, que más parecía cueva de algún bicho, vino un lento gemido:

—¿Quién me llama? Aquí, en este rincón, ¡en este rincón de muerte!... De muerte, ¡hermano!

Fray Genebro acudió, y encontró al buen ermitaño estirado en un monte de hojas secas, encogido entre harapos, y tan delgado, que su cara, en otro tiempo harta y rosada, era como un pedacito de viejo pergamino muy arrugado, perdido entre los rizos de las barbas blancas. Con infinita caridad y dulzura le abrazó:

—¿Y ha cuánto tiempo, ha cuánto tiempo en este abandono, hermano Egidio?

¡Loado Dios, desde la víspera! Aún en la víspera, a la tarde, después de mirar por última vez para el sol y para su huerto, viniera a extenderse en aquel rincón, para acabar... Mas hacía meses que le había tomado un cansancio, que ni le permitía asegurar la cántara llena al volver de la fuente.

—Y decidme, hermano Egidio, pues que el Señor me trajo, ¿qué puedo yo hacer por vuestro cuerpo? Por el cuerpo, digo; que por el alma bastante tenéis hecho en la virtud de esta soledad.

Gimiendo, arrebañando para el pecho las hojas secas en que yacía, como si fueren pliegues de una sábana, el pobre ermitaño murmuró:

—Mi buen fray Genebro, no sé si es pecado; mas toda esta noche, en verdad, os confieso, me apeteció comer un pedazo de carne, un pedazo de puerco asado... ¿Será pecado?

Fray Genebro, con su inmensa misericordia, le tranquilizó. ¿Pecado? No, ciertamente. Aquel que por tortura recusa a su cuerpo un contentamiento honesto, desagrada al Señor. ¿No ordenaba Él a sus discípulos que comieran las buenas cosas de la tierra? El cuerpo es siervo; y está en la voluntad divina que sus fuerzas sean sustentadas para que preste al espíritu, su amo, bueno y leal servicio. Cuando fray Silvestre, ya enfermito, sintió aquel largo deseo de uvas moscateles, el buen Francisco de Asís le condujo a la viña, y por sus manos le cogió los mejores racimos, después de bendecirlos, para que fuesen más jugosas y más dulces...

—¿Es un pedazo de puerco asado lo que apetecéis? —exclamó risueñamente el buen fray Genebro, acariciando las manos transparentes del ermitaño—. Pues, sosegad, hermano querido, que ya sé cómo os voy a contentar.