E inmediatamente, con los ojos relucientes de caridad y de amor, tomó el afilado podón que había visto sobre el muro del huerto. Recogiendo las mangas del hábito, y más ligero que un gamo, ya que era aquel un servicio del Señor, encaminose por la colina hasta los densos castañales donde encontrara el rebaño de puercos. Y en llegando allí, andando subrepticiamente, por entre los troncos, sorprendió un lechoncito abandonado que hozaba en las bellotas, se echó sobre él y, en tanto le sofocaba el hocico y los gritos, descepó, con dos golpes certeros de podón, la pierna por donde lo agarrara. Después, con las manos salpicadas de sangre, la pierna de puerco bien alta y goteando sangre, dejando la res jadeando en una poza de sangre, el piadoso hombre trepó la colina, corrió a la cabaña, gritó hacia dentro alegremente:
—Hermano Egidio, la pieza de carne ya el Señor la dio; y yo, en santa María de los Ángeles, era buen cocinero.
En el huerto del ermitaño arrancó una estaca de las habas, que con el podón sangriento, apuntó en espeto. Entre dos piedras, encendió una hoguera. Con celoso cariño asó la pierna de puerco. Era tanta su caridad, que para dar a Egidio todos los gustos anticipados de aquel banquete raro en tierra de mortificación, anunciaba con voces festivas y de buena promesa:
—¡Ya se va dorando el porquiño, hermano Egidio! ¡La piel se va tostando, santo!
Y por fin entró en la choza, triunfalmente, con el asado que humeaba y exhalaba, cercado de frescas hojas de lechuga. Tiernamente ayudó a sentar al viejo, que temblaba y se babeaba de gula. Apartole de las pobres mejillas maceradas los cabellos que el sudor de la flaqueza empastara. Y, para que el buen Egidio no se vejase con su voracidad y tan carnal apetito, afirmábale en cuanto le partía las fibras gordas, que también él hubiese comido regaladamente de aquel excelente puerco, si no hubiera almorzado de sobra en la Locanda de los Tres Caminos.
—Mas ni bocado me podría entrar ahora, hermano; ¡me papé una gallina entera! ¡Y después una fritada de huevos! ¡Y un cuartillo de vino blanco!
El santo hombre mentía santamente, porque desde la madrugada no había probado más que un magro caldo de hierbas, recibido por limosna en la cancela de una granja.
Harto, consolado, Egidio dio un suspiro, y recayó en su lecho de hoja seca. ¡Qué bien le hiciera, qué bien le hiciera! ¡El Señor, en su justicia, pagase a su hermano Genebro aquel pedazo de puerco! Hasta sentía el alma más fuerte para emprender la temerosa jornada... Y el ermitaño con las manos alzadas, Genebro arrodillado, ambos loaron, ardientemente, al Señor, que a toda necesidad solitaria, manda de allá lejos el socorro.
Entonces, habiendo cubierto a Egidio con un pedazo de manta y puesto a su lado la cántara llena de agua fresca, y tapado, contra el aire de la tarde, la luz de la cabaña, fray Genebro, inclinado sobre él, murmuró:
—Mi buen hermano, vos no podéis quedar en este abandono... Yo voy llevado por obra de Jesús, que no admite tardanza, mas pasaré por el convento de Sambricena y daré recado para que venga un novicio y os cuide con amor en vuestro trance. ¡Dios os vele entretanto, hermano! ¡Dios os sosiegue y os ampare con su mano derecha!