Mas Egidio cerrara los ojos; no se movió, o porque adormeciera, o porque su espíritu, habiendo pagado aquel último salario al cuerpo, como a un buen servidor, para siempre partiera, terminada su obra en la tierra. Fray Genebro bendijo al viejo, tomó su bordón y descendió a la colina de las grandes encinas. Bajo la fronda, hacia los lados donde andaba el rebaño, la bocina del porquero resonaba ahora en un toque de alarma y de furor. De cierto despertara; descubriera el lechón mutilado. Apurando el paso, fray Genebro pensaba cuán magnánimo es el Señor en permitir que el hombre, hecho a su imagen augusta, reciba tan fácil consuelo de una pierna de cerdo asada entre dos piedras.

Retomó el camino, marchando para Terni. Desde ese día fue prodigiosa la actividad de su virtud. A través de toda Italia, sin descanso, predicó el Evangelio Eterno, endulzando la aspereza de los ricos, alargando la esperanza de los pobres. Su inmenso amor iba aún más allá de los que sufren, hasta a aquellos que pecan, ofreciendo un alivio a cada dolor, extendiendo un perdón a cada culpa; y con la misma caridad con que trataba los leprosos, convertía a los bandidos. Durante las invernadas y la nieve, innumerables veces daba a los mendigos su túnica, sus alpargatas; los abades de los monasterios ricos, las damas devotas vestíanle de nuevo, para evitar el escándalo de su desnudez a su paso por las ciudades; pero él, sin demora, en la primera esquina, ante cualquier desarrapado, desvestíase otra vez sonriendo. Para redimir siervos que sufrían bajo un amo fiero, penetraba en las iglesias y arrancaba del altar los candelabros de plata, afirmando, jovialmente, que más grato le era a Dios un alma liberta que una vela encendida.

Cercado de viudas, de criaturas famélicas, invadía las panaderías, las carnicerías, hasta las tiendas de cambio, y reclamaba imperiosamente en nombre de Dios la parte de los desheredados. Sufrir, sentir la humillación, eran para él las únicas alegrías completas: nada le deleitaba más que llegar de noche, mojado, hambriento, tiritando, a una opulenta abadía feudal, y ser repelido de la portería como un mal vagabundo; solo entonces, agachado en un rincón, lleno de lodo, masticando un puñado de hierbas crudas, reconocíase verdaderamente hermano de Jesús, que ni siquiera había tenido, como tienen los bichos del monte, un cubil para abrigarse. Cuando en una ocasión en Perusa las cofradías salieron a su encuentro, con festivas banderas, al repique de las campanas, él echó a correr hacia un monte de estiércol, en donde se revolcó y se ensució todo para que de aquellos que venían a engrandecerle, solo pudiera recibir compasión y escarnio. En los claustros, en los descampados, en medio de las multitudes, durante las lides más pesadas, oraba constantemente, no por obligación, sino porque en la plegaria encontraba un deleite adorable. Deleite mayor, sin embargo, era para el franciscano, enseñar y servir.

Así, largos años, erró entre los hombres, vertiendo su corazón como el agua de un río, ofreciendo sus brazos como incansables palancas; y tan pronto, en una desierta ladera, aliviaba a una pobre vieja de su carga de leña, como en una ciudad revuelta, donde reluciesen armas, adelantábase con el pecho abierto, y amansaba las discordias.

En fin, una tarde, en víspera de Pascua, hallándose sentado, descansando en los escalones de Santa María de los Ángeles, vio de repente, en el aire liso y blanco, una vasta mano luminosa que sobre él se abría y chispeaba. Pensativo, murmuró:

—He ahí la mano de Dios, su mano derecha, que se extiende para acogerme o para repelerme.

Dio luego a un pobre, que allí rezaba el Ave María, con su alforja debajo de las rodillas, todo lo que en el mundo le restaba, que era un volumen del Evangelio, muy usado y manchado de sus lágrimas. El Domingo, en la iglesia, al alzar la hostia, se desmayó; sintiendo entonces que iba a terminar su jornada terrestre, quiso que le llevasen para un corral y le acostaran sobre una camada de cenizas.

En santa obediencia al guardián del convento, consintió que le limpiasen de sus trapos, le vistiesen un hábito nuevo; mas con los ojos inundados de ternura, imploró que le enterrasen en un sepulcro prestado, como fuera el de Jesús, su señor.

Y, suspirando, solo se quejaba de no sufrir:

—Oh, Señor, que tanto sufrió, ¿por qué no me manda a mí el padecimiento bendito?