Al amanecer pidió que abriesen el portón del corral.

Contempló el cielo, que clareaba, escuchó las golondrinas que, en la frescura y silencio, comenzaban a cantar sobre el borde del tejado, y, sonriendo, recordó una mañana, así de silenciosa y fresca, en que, andando con Francisco de Asís a la orilla del lado de Perusa, el maestro incomparable detuviérase ante un árbol lleno de pájaros, y paternalmente les recomendara que loasen siempre al Señor. «¡Hermanos míos, hermanos pajaritos, cantad bien a vuestro Creador, que os dio ese árbol para que en él habitéis, y toda esta limpia agua para en ella beber, y esas plumas bien calientes para abrigaros vosotros, y vuestros hijitos!» Luego, besando humildemente la manga del monje que lo amparaba, Fray Genebro murió.

II

A seguida que cerró sus ojos carnales, un Grande Ángel penetró diáfanamente en el corral y tomó en los brazos el alma de Fray Genebro. Durante un momento, en la fina luz de la madrugada, deslizose por sobre el frontero prado, tan levemente, que ni rozaba las puntas rociadas del alto césped. Después, abriendo las alas, radiantes y níveas, traspuso en un vuelo sereno, las nubes, los astros, todo el cielo que los hombres conocen.

Anidada en sus brazos, como en la dulzura de una cuna, el alma de Genebro conservaba la forma del cuerpo que sobre la tierra quedara; aún la cubría el hábito franciscano, con un resto de polvo de ceniza en los rudos pliegues, y con un mirar nuevo, que ahora todo traspasaba y todo comprendía, contemplaba, en un deslumbramiento, aquella región en que el Ángel luciera alto, más allá de los universos transitorios y de todos los rumores siderales. Era un espacio sin límite, sin contorno y sin color. Por encima comenzaba una claridad, subiendo desparramada a la manera de una aurora cada vez más blanca y más luciente y más radiante, hasta que resplandecía en un fulgor tan sublime, que en ella un sol corruscante sería como una mancha pardusca. Y por abajo extendíase una sombra cada vez más deslucida, más oscura, más cenicienta, hasta que formaba como un espeso crepúsculo de profunda, insondable tristeza. Entre esa refulgencia ascendente y la oscuridad inferior, permaneciera el Ángel inmóvil, esperando, con las alas cerradas. También el alma de Genebro sentía perfectamente que estaba allí, esperando, entre el Purgatorio y el Paraíso. En esto, súbitamente, en las alturas, aparecieron los dos inmensos platos de una balanza; uno que rebrillaba como diamante y estaba reservado a sus Buenas Obras; otro, más negro que el carbón, para recibir el peso de sus Obras Malas. En los brazos del Ángel, el alma de Genebro estremeciose... El plato diamantino comenzó a descender lentamente. ¡Oh, contentamiento y gloria! Cargado con sus Buenas Obras, descendía, calmo y majestuoso, esparciendo claridad. Tan pesado venía, que sus gruesas cuerdas rechinaban, crujían, y entre ellas, formando como una montaña de nieve, resaltaban magníficamente sus virtudes evangélicas. Allí aparecían las incontables limosnas que sembrara en el mundo, ahora desabotonadas en blancas flores, llenas de aroma y de luz.

Su humildad era una cumbre, aureolada por un resplandor. Y cada una de sus penitencias centelleaba más límpidamente que cristales purísimos. Su perenne oración subía y enroscábase en torno de las cuerdas, a la manera de una deslumbrante niebla de oro.

Sereno, con la majestad de un astro, el plato de las Buenas Obras paró, finalmente, con su carga preciosa. El otro, allá arriba, no se movía, negro, del color del carbón; inútil, olvidado, vacío. Ya de las profundidades, sonoros bandos de Serafines volaban, balanceando palmas verdes. El pobre franciscano iba a entrar triunfalmente en el Paraíso, y aquella era la milicia divina que le acompañaría cantando. Un temblor de alegría pasó en la luz del Paraíso, que un santo nuevo enriquecía, y el alma de Genebro pregustó las delicias de la Bienaventuranza. ¡Y estando así, súbitamente, en lo alto, el plato negro osciló como a un peso inesperado que sobre él cayese! Comenzó a descender, duro, temeroso, haciendo una sombra doliente a través de la celestial claridad. ¡Qué mala acción de Genebro traía tan menuda que ni se dejaba ver, tan pesada que forzaba el plato luminoso a subir, remontarse ligeramente, como si la montaña de las Buenas Acciones que en él transbordaban, fuesen un humo mentiroso! ¡Oh, dolor! ¡Oh, desesperanza!

Retrocedían los Serafines con las alas temblantes. En el alma de Fray Genebro corrió un calofrío inmenso de terror. El negro plato descendía, firme, inexorable, con las cuerdas tirantes, y en la región que se hallaba bajo los pies del Ángel, cenicienta, de inconsolable tristeza, una masa de sombra, muellemente y sin rumor, palpitó, creció, rodó, como la onda de una marea devoradora.

El plato, más triste que la noche, detuviérase, parara en pavoroso equilibrio con el plato que rebrillaba. Y los Serafines, Genebro, el Ángel que le trajera, descubrieron, en el fondo de aquel plato que inutilizaba a un Santo, un cerdo, un pobre lechoncillo con una pierna bárbaramente mutilada, revolcándose, al morir, en una poza de sangre... ¡El animal mutilado pesaba tanto en la balanza de la justicia como la montaña luminosa de perfectas virtudes!

En aquel punto, de las alturas surgió una vasta mano, abriendo los dedos que chispeaban. Era la mano de Dios, su mano derecha, que ya se le apareciera a Genebro en la escalera de Santa María de los Ángeles, y que ahora supremamente se extendía para acogerle o para repelerle. Toda la luz y toda la sombra, desde el Paraíso fulgente al Purgatorio crepuscular, se contrajeran en un recogimiento de indecible amor y terror. En la extática mudez, la vasta mano, a través de las alturas, lanzó un gesto que repelía... y el Ángel, bajando la faz compadecida, alargó los brazos y dejó caer el alma de Fray Genebro en la oscuridad del Purgatorio.