SINGULARIDADES DE UNA SEÑORITA RUBIA

I

Comenzó por decirme que su caso era natural, y que se llamaba Macario.

Debo contar que conocí a este hombre en un hospedaje del Miño. Era alto y grueso; tenía una calva larga, lúcida y lisa, con pelos raros y finos que se le erizaban en derredor; y sus ojos negros, con la piel en torno arrugada y amarillenta, y ojeras papudas, tenían una singular claridad y rectitud, por detrás de sus anteojos redondos con aros de concha. Tenía la barba rapada, el mentón saliente y resuelto. Traía una corbata de raso negro, apretada por detrás con una hebilla; una levita larga color de piñón, con las mangas estrechas y justas y bocamangas de veludillo. Por la larga abertura de su chaleco de seda, en donde relucía una cadena antigua, asomaban los blandos pliegues de una camisa bordada.

Era esto en septiembre; ya anochecía más pronto, con una frialdad fina y seca y una oscuridad espantosa. Yo me había apeado de la diligencia, fatigado, hambriento, arrebozado en un cobertor de listas escarlata.

Venía de atravesar la sierra y sus perspectivas pardas y desiertas. Eran las ocho de la noche. El cielo estaba pesado y sucio. Y, o fuese un cierto adormecimiento cerebral producido por el rodar monótono de la diligencia, o la influencia del paisaje escarpado y árido, bajo el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad, que henchía las alturas, el hecho es que yo —que soy naturalmente positivo y realista— había venido tiranizado por la imaginación y por las quimeras. Existe, en el fondo de cada uno de nosotros, por fríamente educados que seamos, un resto de misticismo; y basta, a las veces, un paisaje lúgubre, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético, las emolientes blancuras de un lunar, para que ese fondo místico, suba, se alargue como una neblina, llene el alma, la sensación y la idea, y quede así el más matemático o el más crítico, tan triste, tan visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta.

A mí, lo que me lanzó en la quimera y en el sueño, fue el aspecto del monasterio de Rastello, que yo había visto, a la claridad suave y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Mientras iba anocheciendo, y la diligencia rodaba continuamente al trote flaco de sus magros caballos blancos, y el cochero, con el capuchón del gabán enterrado en la cabeza, rumiaba su pipa, yo me puse, elegíacamente, ridículamente, a considerar la esterilidad de la vida; y deseaba ser un monje, estar en un tranquilo convento, entre arbolados, o en la murmuradora concavidad de un valle, y en tanto el agua canta sonoramente en las tazas de piedra, leer la Imitación, y oyendo a los ruiseñores en los laureles, tener saudades del cielo. No se puede ser más estúpido.

Pero yo sentía así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta de espíritu —la sensación— que me hizo la historia de aquel hombre de las bocamangas de veludillo.

Mi curiosidad comenzó durante la cena, cuando yo deshacía el pecho de una gallina ahogada en arroz blanco, con rebanadas escarlata de salchichón, y la criada, gorda y llena de pecas, hacía espumar el vino verde en la copa, dejándolo caer de alto de una colodra vidriada. El hombre estaba enfrente de mí, comiendo tranquilamente su jalea: le pregunté, con la boca llena, y mi servilleta de lino de Guimarães suspendida en los dedos, si él era de Villa Real.