—Vivo allí hace muchos años —respondió.
—Tierra de mujeres bonitas, según me consta —dije.
El hombre se calló.
—¿Eh? —torné.
El hombre arrebujose en un silencio completo. Hasta entonces estuviera alegre, riendo dilatadamente, locuaz y lleno de simplicidad; y de pronto inmovilizó su fina sonrisa.
Comprendí que había tocado la carne viva de un recuerdo. De seguro había un mujer en el destino de aquel viejo. Ahí estaba su melodrama o su farsa, porque inconscientemente me determiné en la idea de que el hecho, el caso de aquel hombre, tendría que ser grotesco y exhalar escarnio.
Así que le dije:
—A mí me han asegurado que las mujeres de Villa Real son las más bonitas del Norte. Para ojos negros, Guimarães; para cuerpos, San Alejo; para cabellos, los Arcos; allí es en donde se ven los cabellos claros color de trigo.
El hombre seguía callado, comiendo, con los ojos bajos.
—Para cinturas finas, Viana; para buenos cutis, Amarante; y para todo esto, Villa Real. Yo tengo un amigo que se vino a casar a Villa Real. Tal vez le conozca. Peixoto, uno alto, de barba rubia, bachiller.