—Peixoto, sí —murmuró, mirándome gravemente.

—Vino a casarse a Villa Real, como antiguamente se iban a casar a Andalucía —cuestión de arreglar la fina flor de la perfección—. A su salud.

Evidentemente le molestaba, porque se levantó, fue a la ventana con un paso pesado, y entonces reparé en sus gruesos zapatos de cachemir con suela fuerte y cordones de cuero. Y salió.

Cuando pedí mi candelero, la criada trájome un velón de latón lustroso y antiguo, y dijo:

—El señor está con otro. El número 3. En los hospedajes del Miño, a las veces, cada cuarto es un dormitorio independiente.

—Bien —dije yo.

—El número 3 era en el fondo del corredor. A las puertas de los lados, los huéspedes habían puesto su calzado para limpiar: veíanse unas gruesas botas de montar, enfangadas, con espuelas de correa; los zapatos blancos de un cazador; botas de propietario, de altas cañas bermejas; las botas de un cura, altas, con su borla de seda; los botines de becerro de un estudiante; y en una de las puertas, el número 15, había unas botinas de mujer, de raso, pequeñitas y finas, y al lado, las botinitas de un niño, todas rotas y gastadas, y sus cañas de paño forradas de pieles caíanle para los lados, con los cordones desatados. Todos dormían. Frente al número 3, estaban los zapatos de cachemir con correas; y cuando abrí la puerta vi al hombre de las bocamangas de veludillo que amarraba en la cabeza un pañuelo de seda; tenía una chaqueta corta de ramajes, unas medias de lana, gruesas y altas, y los pies metidos en unas chinelas de orillo.

—No repare usted —me dijo.

—Libertad completa —y para establecer la intimidad, me saqué la chaqueta.

No diré los motivos, por los cuales de allí a poco, ya acostado, me relató su historia. Hay un proverbio eslavo de Galicia, que dice: «lo que no cuentas a tu mujer, lo que no cuentas a tu amigo, cuéntaselo a un extraño en el hospedaje». Mas él tuvo rabias inesperadas y dominantes en el ínterin de su larga y sentida confidencia. Fue a propósito de mi amigo Peixoto, que se había ido a casar a Villa Real. ¡Le vi llorar, a aquel viejo de casi sesenta años! Tal vez la historia se juzgue trivial; a mí, que en esa noche estaba nervioso y sensible, me pareció terrorífica; mas cuéntola apenas como un accidente singular de la vida amorosa...