Comenzó, pues, por decirme, que su caso era natural, y que se llamaba Macario.
Le pregunté yo entonces si era de una familia que yo conociera, que tenía el apellido de Macario; y como él me respondiese que era primo de esos tales, aventuré a seguida una idea muy simpática de su carácter, porque los Macarios eran una antigua familia, casi una dinastía de comerciantes, que mantenían con una severidad religiosa su vieja tradición de honra y de escrúpulo. Díjome Macario que en ese tiempo, en 1823 o 33, en su mocedad, su tío Francisco tenía en Lisboa, un almacén de paños, y que él era uno de los dependientes. Al cabo de un tiempo, el tío compenetrábase de ciertos instintos inteligentes y del talento práctico y aritmético de Macario, y le dio el escritorio. Macario tornose su tenedor de libros.
Díjome que siendo naturalmente linfático, y tímido, su vida tenía en ese tiempo una gran concentración. Un trabajo escrupuloso y fiel, algunas raras meriendas en el campo, un esmero distinto en el traje y en la ropa blanca, era todo el interés de su vida. La existencia en aquel entonces era casera y estrecha. Una gran simplicidad social aclaraba las costumbres; los espíritus eran más ingenuos, los sentimientos menos complicados.
Comer alegremente en una huerta, bajo los parrales, viendo correr el agua de las riegas, llorar con los melodramas que rugían entre los bastidores del Salitre, alumbrados con cera, eran contentamientos que bastaban a la burguesía cautelosa. Demás de eso, los tiempos eran confusos y revolucionarios; y nada torna al hombre recogido, amigo del hogar, simple y fácilmente feliz, como la guerra. La paz, dando vagar a la imaginación, causa las impaciencias del deseo.
A los veintidós años, Macario, como le decía una vieja tía que fuera querida del magistrado Curvo Semedo, aún no había sentido a Venus.
Mas por ese tiempo vino a morar enfrente del almacén de los Macarios, en un tercer piso, una mujer de cuarenta años, vestida de luto, con una piel blanca y descolorida, el busto bien hecho y un aspecto deseable. Macario tenía su pupitre en el primer piso, encima del almacén, al borde de un balcón, y desde allí vio una mañana a aquella mujer con el cabello negro suelto y ensortijado, una blusa blanca y los brazos desnudos, llegarse al antepecho de una ventana para sacudir un vestido. Macario fijó en ella su mirada, y sin más intención, díjose mentalmente que aquella mujer, a los veinte años debía haber sido una persona cautivante y llena de dominio; porque sus cabellos, violentos y ásperos, las cejas espesas, el labio fuerte, el perfil aquilino y firme, revelaban un temperamento activo e imaginaciones apasionadas. En tanto, continuó serenamente alineando sus cifras. Mas por la noche, estaba fumando, sentado a la vera de la ventana de su cuarto, que abría sobre el patio; era una noche de julio y la atmósfera, eléctrica y amorosa; el violín de un vecino gemía una jácara morisca de un melodrama que entonces sensibilizaba; el cuarto hallábase sumido en una penumbra dulce y llena de misterio, y Macario, que calzaba unas chinelas, de improviso se acordó de aquellos cabellos negros y fuertes y de aquellos brazos que tenían el color de los mármoles pálidos; desperezose, bamboleó mórbidamente la cabeza por el respaldo del sillón de mimbre, como los gatos sensibles, que se estregan, y decidió, bostezando, que su vida era monótona. Y al otro día, aún impresionado, sentose ante su pupitre con la ventana abierta y mirando a la casa frontera en donde vivían aquellos largos cabellos, comenzó a recortar lentamente su pluma de madera. No se asomó nadie al balcón de antepecho con persianas verdes. Macario estaba hastiado, pesado, y el trabajo fue lento. ¡Pareciole que había en la calle un sol alegre y que en los campos las sombras debían ser mimosas y que se hallaría bien viendo el palpitar de las mariposas blancas en las madreselvas! Cuando cerró el pupitre, sintió que se abrían las maderas de los ventanales de enfrente: eran de seguro los cabellos negros. Aparecieron unos cabellos rubios. ¡Oh! Macario salió a seguida, descaradamente al balcón, afilando un lápiz. Era una señorita de unos veinte años, fina, fresca, rubia como una viñeta inglesa; la blancura de la piel tenía algo de la transparencia de las viejas porcelanas, y había en su perfil una línea pura como de una medalla antigua. Los viejos poetas pintorescos habríanla llamado paloma, armiño, nieve y oro.
Macario se dijo:
—Es hija.
La otra vestía de luto, y esta, la rubia, traía un vestido de muselina con lunares azules, una pañoleta de Cambray cruzada sobre el pecho, las mangas con encajes, y todo era aseado, mozo, fresco, flexible y tierno.
Por entonces Macario era rubio, con la barba corta, el pelo rizado, y su figura debía tener aquel aire seco y nervioso que después del siglo XVIII y de la revolución, fue tan vulgar en las razas plebeyas.