La señorita rubia reparó naturalmente en Macario y naturalmente cerró las maderas, corriendo por detrás una cortina de muselina bordada. Estas pequeñas cortinas datan de Goethe y tienen en la vida amorosa un interesante destino: revelan. Levantarles una punta y espiar, fruncirla suavemente, revela un fin; correrla, sujetar en ella una flor, agitarla, haciendo sentir que por dentro un rostro atento se mueve y espera, son viejas maneras con que en la realidad y en el arte comienza la novela. La cortina irguiose despacito y el rostro rubio avizoró.
Macario no me contó por palpitaciones la historia minuciosa de su corazón. Dijo sencillamente que de allí a cinco días estaba loco por ella. Su trabajo tornose luego perezoso e infiel, y su bella letra cursiva inglesa, firme y larga, adquirió curvas, ganchos, rabos, en donde estaba toda la novela impaciente de sus nervios. No la podía ver por la mañana; el sol mordiente de julio batía y abrasaba la ventana. Solo por la tarde se fruncía la cortina, se abrían las maderas, y ella, extendiendo una almohadilla en el borde del antepecho, venía a acodarse, mimosa y fresca, con un abanico en la mano. Abanico que preocupó a Macario: era chinés, redondo, de seda blanca, con dragones escarlata bordados a pluma, una armazón de pluma azul, fina y trémula como un plumón, y su cabo de marfil, del cual pendían dos borlas de hilo de oro, tenía incrustaciones de nácar a la manera persa.
Un abanico magnífico y, en aquel tiempo, inesperado, en las manos plebeyas de una señorita vestida de muselina. Mas como ella era rubia y la madre tan meridional, Macario, con esa intuición interpretativa de los enamorados, respondió a su curiosidad: será hija de un inglés. El inglés va a la China, a Persia, a Ormuz, a Australia y viene lleno de aquellas joyas de los lujos exóticos, y ni Macario sabía por qué le preocupaba así aquel abanico de mandarina: mas según él me dijo, aquello le agradó.
Transcurriera una semana, cuando un día Macario vio, desde su mesa, que la rubia salía con la madre, porque se acostumbrara a considerar madre a aquella magnífica señora magníficamente pálida y vestida de luto.
Macario fue a la ventana y las vio atravesar la calle y entrar en el almacén. ¡En su almacén! Descendió corriendo, trémulo, impaciente, apasionado y con palpitaciones. Ya estaban apoyadas en el mostrador, y un dependiente desdoblábales cachemires negros. Esto conmovió a Macario; él mismo me lo dijo:
—Porque, en fin, querido, no era natural que ellas fuesen a comprar cachemires negros.
No; ellas no usaban amazonas; no querrían ciertamente tapizar sillas con cachemir negro: no había hombres en su casa; de suerte, que aquella venida al almacén era un medio delicado para verle de cerca y hablarle, y tenía todo el encanto penetrante de una mentira sentimental. Yo advertí a Macario que, siendo así, él debía extrañar aquel movimiento amoroso, porque denotaba una complicidad equívoca en la madre. Él me confesó que ni pensaba en tal. Lo que hizo fue acercarse al mostrador y decir estúpidamente:
—Sí, señor; van bien servidas: este cachemir no encoge.
La rubia irguió hacia él su mirar azul, y Macario quedó como si se sintiese envuelto en la dulzura de un cielo.
Y cuando iba a decirle una palabra reveladora y vehemente, apareció en el fondo del almacén el tío Francisco, con su larga levita color de piñón y botones amarillos. Como era singular y desusado hallarse al señor tenedor de libros vendiendo en el mostrador, y el tío Francisco, con su crítica estrecha y célibe, podía escandalizarse, Macario comenzó a subir lentamente la escalera en caracol que llevaba al escritorio, y aún oyó la voz delicada de la rubia decir blandamente: