—Ahora querría ver telas de la India.

El dependiente fue a buscar un pequeño paquete de aquellas telas, apiladas y apretadas con una tira de papel dorado.

Macario, que había adivinado en aquella visita una revelación de amor, casi una declaración, estuvo todo el día entregado a las amargas impaciencias de la pasión.

Anduvo distraído, absorto, pueril; no dio la menor atención al escritorio; comió callado, sin escuchar al tío Francisco, que exaltaba las albóndigas; apenas reparó en su sueldo, que le fue satisfecho en plata, a las tres, y no entendió bien las recomendaciones del tío y la preocupación de los dependientes sobre la desaparición de un paquete de pañuelos de la India.

—Es la costumbre de dejar entrar pobres en el almacén —había dicho el tío Francisco, en su laconismo majestuoso—. Son doce duros de pañuelos. Lance a mi cuenta.

En tanto, Macario rumiaba secretamente una carta; mas sucedió que al otro día, estando él en el balcón, la madre, la de los cabellos negros, vino a apoyarse en el antepecho, y en ese momento pasaba por la calle un muchacho amigo de Macario, que al ver a aquella señora se paró y le sacó, con una cortesía risueña, su sombrero de paja. Macario quedó radiante. Aquella noche buscó a su amigo, y, brutalmente, sin medias tintas:

—¿Quién es aquella mujer que saludaste hoy frente al almacén?

—Es la Villaça. Bella mujer.

—¿Y la hija?

—¡La hija!