¡En medio de tantos peligros constantes y fragantes, era necesario comer! ¡Ah! ¡Comer, qué portentosa empresa para nuestros Padres venerables! Sobre todo, desde que Adán (y después Eva, por Adán iniciada) habiendo probado los deleites fatales de la carne, ya no encontraban sabor, ni hartura, ni decencia en los frutos, en las raíces y en las uvas del tiempo de su Animalidad. Las buenas carnes no faltaban en el Paraíso, ciertamente. Sería delicioso el salmón primitivo, mas nadaba alegremente en las aguas rápidas. Sería sabrosa la becada, o el faisán rutilante, nutridos con los granos que el Creador considerara buenos, mas volaban por los cielos, en triunfal seguridad. El conejo, la liebre... ¡qué ligeros huían por el matorral oloroso!... Nuestro Padre, en esos días cándidos, no poseía el anzuelo ni la flecha. Por eso, rondaba sin cesar en torno de las lagunas, en las márgenes del mar en donde casualmente encallaba bogando algún cetáceo muerto. Esos hallazgos de la abundancia eran raros, y la triste pareja humana, en sus marchas hambrientas, orillando las aguas, conquistaba solamente, aquí y allá, en los peñascos o en la arena revuelta, algún feo cangrejo en cuyo duro caparazón se desgarraban sus labios. Esas soledades marinas hallábanse también infestadas por bandos de fieras que, como Adán, esperaban que la marea arrojase los peces vencidos en borrasca o batalla. ¡Cuántas veces nuestros Padres, ya con la garra clavada en una tajada de foca o de delfín, huían desconsoladamente, sintiendo el paso fofo del horrendo cavernario, o el aliento de los osos blancos, bamboleándose por el blanco arenal, bajo la blanca indiferencia de la Luna!

De cierto, su ciencia hereditaria de trepar a los árboles, socorrería a nuestros Padres en esta conquista de la presa. ¡Cuando acontecía que bajo el ramaje del árbol, desde donde ellos, solapadamente, espiaban, veían aparecer algún cabrito suelto, o una tortuga moza y bisoña arrastrándose hacia la hierba húmeda, tenían banquete seguro! En un momento, el cabrito quedaba despedazado, toda su sangre chupada en sorbos convulsos; y Eva, nuestra Madre fuerte, gritando sombríamente, arrancaba una por una, de entre la concha, las patas de la tortuga... ¡Cuántas veces, de noche, después de ayunos angustiosos, los Elegidos de la Tierra, veíanse forzados a ahuyentar la hiena, con fuertes voces, a través de los prados, para robarle un oso fétidamente baboseado, que eran ya las sobras de un león harto! Sucedían días peores en que el hambre reducía a nuestros Padres a retrogradarse a la desagradable frugalidad del tiempo del Árbol; a las hierbas, a los brotes, a las raíces amargas, ¡conociendo así, entre la abundancia del Paraíso, la primera forma de la Miseria!

¡En el transcurso de estos trabajos, no les desamparaba el terror de las fieras! Porque si Adán y Eva comían los bichos flacos y dóciles, ellos, al mismo tiempo, eran también una presa apetecida por todos los brutos superiores. Comerse a Eva, tan redonda y carnosa, fue de seguro el sueño de muchos tigres en los juncales del Paraíso. ¡Cuánto oso, ocupado en robar panales de miel en un descarnado tronco de roble, no se detuvo, y se balanceó, y se lamió el hocico en una gula más fina, al encontrarse, por detrás del ramaje, en un rebrilleo errante del sol, el sombrío corpachón de nuestro Padre venerable! Ni el peligro venía solo de las hordas hambrientas de carnívoros, mas aun de los lentos y hartos herbívoros, el auroco, el uros, el ciervo-elefante, que alegremente cornearían y maltratarían a nuestros Padres, por estupidez, desemejanza de raza y olor, empleo de vida ociosa. Y aumentábanse aún los que mataban y no podían matárseles, porque Miedo, Hambre y Furor, fueron las leyes de la vida en el Paraíso.

Claro está que nuestros Padres eran también feroces, de fuerzas tremendas, y perfectos en el arte salvador de trepar a las cimas frondosas. ¡Mas el leopardo saltaba de rama en rama, sin rumor, con una destreza más segura y felina! La boa llegaba con la cabeza hasta los vástagos extremos del más levantado cedro para coger los monos, y bien podía engullirse a Adán, con aquella obtusa incapacidad que las boas tuvieron siempre para distinguir, bajo la similitud de las formas, la diversidad de los méritos. ¿De qué valían las garras de Adán, aun aliadas a las garras de Eva, contra esos pavorosos leones del Jardín de las delicias que la zoología, todavía hoy horripilada, llama el Leo Anticus? ¿O contra la hiena de las cavernas, tan osada, que en los primeros días del génesis, los Ángeles, cuando descendían al Paraíso, caminaban siempre con las alas plegadas, por temor de que ella, saltando de entre los bambús, no les arrancase las plumas refulgentes? ¿O contra los perros, los horrendos perros del Paraíso, que atacando en cerradas y ululantes huestes, fueron, en los comienzos del Hombre, los peores enemigos del Hombre?

Entre toda esta animalidad adversa, Adán no contaba un aliado; sus propios parientes, los Antropoides, envidiosos y farsantes, le apedreaban con enormes cocos. Solo un animal, y formidable, conservaba por el Hombre una majestuosa y pachorrienta simpatía. Era el Mastodonte. Mas la anublada inteligencia de nuestro Padre, en esos días Edénicos, aún no comprendía la bondad, la justicia, el servicial corazón del paquidermo admirable. Por lo cual, cierto de su flaqueza y de su aislamiento, vivió durante esos trágicos años, en un ansiado terror. Tan ansiado y largo, que su miedo, como una continua ondulación, se perpetuó por toda su descendencia, y es el viejo miedo de Adán que nos torna inquietos, cuando atravesamos el matorral más seguro en la soledad crepuscular.

Y luego consideremos que aún restaban por el Paraíso, entre bichos de formas racionales, pulidas, ya preparadas para la prosa noble de Mr. de Buffon, algunos de los grotescos monstruos que deshonraron a la Creación antes de la madrugada purificadora del 25 de octubre. Seguramente Jehová evitó a Adán el degradante honor de vivir en el Paraíso en compañía de ese escandaloso engendro a que los Paleontologistas, asombrados, dieron el nombre de Iguanodon. En la víspera del advenimiento del Hombre, Jehová, muy benévolamente, ahogó todos los Iguanodones en el lodo de un pantano, en un rincón escondido del Paraíso, donde hoy se extiende Flandres. Pero Adán y Eva aún conocieron los Pterodáctilos. ¡Oh, los Pterodáctilos!... Cuerpos de Jacaré, escamosos y emplumados; dos lúgubres, negras, carnudas alas de murciélago; un pico disparatado, más gordo que el cuerpo, tristemente caído, erizado de cientos de dientes, finos como los de una sierra. ¡Y no volaba! Descendía con las alas muelles y mudas, y en ellas arrebujaba la presa como en un paño viscoso y helado para partirla en pedazos con los estallantes golpes de sus mandíbulas fétidas. Este funambulesco avechucho enturbiaba el cielo del Paraíso con la misma abundancia con que los mirlos o las golondrinas cruzan los santos aires de Portugal. Torturados los días de nuestros Padres venerables, nunca su pobre corazón se agitaba tanto como cuando del lado de allá de los montes veníase despeñando con siniestro estridor de alas y picos el vuelo de los Pterodáctilos. ¿Cómo sobrevivieron nuestros Padres en este Jardín de las delicias? ¡Indudablemente brilló y trabajó mucho la espada del Ángel que los guardaba!

¡Pues bien, amigos míos! A todos estos furiosos seres debe el hombre su carrera triunfal. Sin los Saurios, y los Pterodáctilos, y la Hiena de las cavernas, y el horripilante terror que esparcían, y la necesidad de tener, contra su ataque, siempre bestial, una defensa siempre racional, la Tierra permanecería siendo un temeroso Paraíso, en donde erraríamos todos, desgreñados y desnudos, chupando por las márgenes de los mares, las grasas crudas de los monstruos naufragados. Al encogido miedo de Adán débese la supremacía de su descendencia. El bicho perseguidor fue quien le forzó a subir a las cumbres de la Humanidad. ¡Bien sabedores de los orígenes se muestran los poetas Mesopotámicos del génesis en aquellos sutiles versículos en que un animal, y el más peligroso, la Serpiente, lleva a Adán, por amor de Eva, a coger el fruto del saber! Si no rugiese en otro tiempo el León de las cavernas, no trabajaría hoy el Hombre de las ciudades, porque la civilización nació del desesperado esfuerzo defensivo contra lo Inanimado y lo Inconsciente. Realmente, la sociedad es la obra de la fiera. Que la Hiena y el Tigre, en el Paraíso, comenzasen por acariciar lánguidamente el hombro peludo de Adán con pata amiga, y Adán habríase hecho hermano del Tigre y de la Hiena, compartiendo con ellos sus chozas, sus presas, sus ocios y sus gustos bravíos, y la Energía inteligente que le había hecho descender del Árbol, a seguida se apagaría, dentro de su brutalidad inerte, a la manera que se apaga el fuego, aun entre ramas secas, si un frío soplo, viniendo de un agujero oscuro, no lo estimula a vivir para vencer la frigidez y la oscuridad.

Y una tarde (como enseñaría el exacto Usserius), saliendo Adán y Eva de la espesura de un bosque, un oso enorme, el Padre de los Osos, apareció delante de ellos, irguió las negras patas, abrió la boca sangrienta... Y estando así, cogido, sin refugio, en la apresurada ansia de defender a su hembra, el Padre de los Hombres lanzó contra el Padre de los Osos el cayado en que se apoyaba, un fuerte retoño de teca, arrancado en el bosque, que terminaba en punta aguda... Y el palo atravesó el corazón de la fiera.

¡Ah! Verdaderamente, desde esa bendita tarde hubo sobre la tierra un Hombre.

Ya era un Hombre, y superior, cuando dio un paso espantado y arrancó el palo del pecho del monstruo extendido, y le miró la punta, que goteaba sangre, con la frente toda arrugada, en el afán de comprender. Resplandecieron sus ojos en un deslumbrado triunfo. Adán comprendiera...