¡Ni se cuidó siquiera de la buena carne del oso! Retornó a la floresta, y durante toda la tarde, en tanto la luz se arrastró por las frondas, arrancó ramas a los troncos cautelosamente, diestramente, de modo que las puntas rompiesen bien afiladas y agudas. ¡Ah! ¡Qué soberbio estallar de astas por el hondo bosque, a través de la frescura y de la sombra para la obra de la primera Redención! Selva amable, que fuiste la primera fábrica, ¡quién supiera en dónde yaces, en tu secular sepultura, tornada negro carbón!... Cuando salieron del bosque, humeando de sudor para retraerse a la choza distante, nuestros Padres venerables se humillaban bajo el peso glorioso de dos grandes haces de armas.

Desde entonces no cesan los hechos del Hombre. Los cuervos y los chacales aún no habían descarnado la osamenta del Padre de los Osos, y ya nuestro Padre raja una punta de su cayado victorioso; entablilla en la hendedura uno de esos guijarros afilados y picudos, en los cuales a las veces se herían sus patas, descendiendo a la orilla de los ríos, y asegura el fino astillazo en la raja, con las vueltas muy apretadas de una fibra de enredadera seca. ¡Y he aquí la lanza! Como esas piedras no abundan, Adán y Eva ensangrientan las garras, tentando hendir los pedruscos redondos de sílex en astillas cortas de manera que vengan perfectas, con punta y con filo para rasgar y clavar. Resístese la piedra, poco deseosa de ayudar al Hombre, al cual, en los días genesíacos del grande octubre, quisiera suplantar (como cuentan las prodigiosas crónicas de Backun). Mas de nuevo ilumínase la faz de Adán, con una idea que la surca, como chispa emanada de la Eterna Sabiduría. Coge un pedrusco, bate la roca, arranca la astilla... ¡Y he aquí el martillo!

Pasado algún tiempo, en otra tarde bendita, costeando una oscura y bravía colina, avizora, con aquellos ojos que ya rebuscan y comparan, un guijarro negro, áspero, facetado, sombríamente lúcido. Se asombra de su peso, y a seguida presiente en él un mazo superior, de decisiva dureza. ¡Con qué alborozo lo lleva, agarrado contra el pecho, para romper el sílex rebelde! Adán acudió a la orilla del río, en donde Eva le esperaba, y martilleó reciamente sobre el pedernal... ¡Oh, espanto! ¡Salta una chispa, refulge, muere! ¡Ambos retroceden, se miran con un terror casi sagrado! Es una luz, una luz viva, que arrancó él mismo con sus manos de la roca bruta, semejante a la luz que radia de entre las nubes. Bate de nuevo, temblando. La chispa brilla, la chispa pasa, y Adán remira y olfatea el oscuro guijarro. No comprende. Nuestros Padres venerables, pensativos, con los cabellos al viento, tomaron la vuelta de la choza acostumbrada, que se halla en la pendiente de un cerro, junto a una fuente que borbotea entre helechos.

Pero a solas, Adán, en su retiro, con una curiosidad en donde late una esperanza, de nuevo entablilla el sílex, grande como una calabaza, entre los callosos pies, y recomienza a martillear, bajo el aliento de Eva, que apoyada de bruces, sopla. La chispa salta siempre, y rebrilla en la sombra, tan refulgente como aquellas luces que ahora palpitan, miran, desde allá, de las alturas. Pero aquellas luces permanecen, a través de la negrura del cielo y de la noche, vivas, espiando en su radiación. Y aquellas estrellitas de piedra, apenas viven, y ya mueren... ¿Se las llevaría el viento, que se lleva todo, voces, nubes y hojas? Para huir del viento malévolo que ronda en el monte, nuestro Padre venerable se alonga hasta el fondo más abrigado de la caverna, en donde se afofan las capas de heno muy seco, que forman su lecho. De nuevo hiere la piedra, despidiendo chispa tras chispa, en tanto Eva, agachada, abriga con las manos aquellos refulgentes y fugitivos seres. Estando en esto, he aquí que del heno se eleva una columnita de humo, que aumenta, se enrosca, y a través de la cual, rojea y resalta una llama... ¡Es el fuego! Nuestros Padres huyen desoladamente de la caverna, oscurecida por una humareda olorosa, en donde flamean alegres, rutilantes lenguas, que lamen la roca. Acurrucados en la puerta de la choza, ambos, tomados del pasmo y terror de su obra, míranse, con los ojos llorosos por el humo acre; mas a pesar del susto y del espanto, sienten una nueva dulzura que los penetra y que de seguro viene de aquella luz y de aquel calor... Ya el humo se escapó de la caverna; el viento robador se lo llevó. Arrástranse las llamas, inciertas y azuladas; a poco, solo resta una ceniza mezclada con algunas brasas que palidece, y se abate hecha carbón: la última chispa corre, se estremece y pasa. ¡Murió el fuego! Entonces, en el alma naciente de Adán, entra el dolor de una ruina. Chupa desesperadamente los grandes labios y gime. ¿Sabrá jamás recomenzar el hecho maravilloso?... Nuestra madre, ya consoladora, es quien le consuela con sus rudas manos conmovidas, porque realiza su primera obra sobre la tierra; junta otro montón de heno seco, coloca encima el sílex redondo, toma el oscuro guijarro, bate fuertemente, produciendo un chispear de estrellitas, y de nuevo se inicia el humo y otra vez refulge la llama. ¡Oh, triunfo, he ahí la hoguera, la hoguera inicial del Paraíso, y no casualmente nacida, sino encendida por una clara voluntad, que ahora, para todo, y siempre, cada día y cada mañana, podrá repetir con seguridad la hazaña suprema!

A nuestra madre venerable pertenece, desde entonces, en la choza, la dulce y augusta tarea de la Lumbre. Ella la cría, la nutre, ella la defiende, ella la perpetúa. Como madre deslumbrada, va descubriendo día por día, en ese resplandeciente hijo de sus cuidados, una virtud o gracia nuevas. Ahora ya sabe Adán que su fuego espanta a todas las fieras, y que, al fin, existe en el Paraíso una cueva segura, que es la suya. No solo segura, sino amable, porque el fuego la alumbra, la calienta, la alegra y la purifica. Así que cuando Adán, con un haz de lanzas, desciende a la planicie o se embreña en la selva para cazar, ya mata con ansia redoblada, a fin de retornar lo más pronto a aquella seguridad y consolación de la lumbre. ¡Ah, qué dulcemente le penetra, y le seca en el cabello la frialdad de las matas, y dora como un sol los peñascos de su choza! Y, además, le cautiva los ojos, y lo exalta, y lo guía en un soñar fecundo, en que inspiradamente se le aparecen formas de flechas, martillos con mango, gruesos cuervos que pescan los peces, astillas dentadas que sierran el palo... ¡A su fuerte hembra debe Adán esta hora creadora!

¡Y cuánto no le debe la Humanidad! Recordemos, hermanos, que nuestra Madre, con aquella adivinación superior que más tarde la tornó Profetisa y Sibila, no vaciló, cuando la serpiente le dijo, coleando entre las Rosas: «¡Come del fruto del saber, que tus ojos se abrirán, y serás como los Dioses sabios!» Adán se habría engullido la serpiente, bocado más suculento. Es de creer que no tendría mucha fe en frutos que comunican la Divinidad y Sapiencia, quien, como él, tanta fruta comiera en los árboles, y se conservaba ignorante y bestial como el oso y el auroco. En cambio, Eva, con la sublime credulidad que siempre en el mundo opera las transformaciones sublimes, a seguida se comió la manzana, la cáscara y la pepita. ¡Y persuadiendo a Adán a que tomase parte del transcendente fruto, muy dulce y enredosamente le convenció del provecho, de la felicidad, de la gloria y de la fuerza que da el saber! Esta alegoría de los poetas del génesis, nos revela, con espléndida sutileza, la inmensa obra de Eva, en los años dolorosos del Paraíso. Solo por ella continúa Dios la Creación superior, la del Reino espiritual, la que desarrolla sobre la tierra el lar, la familia, la tribu, la ciudad. ¡Eva es quien cimenta y bate las grandes piedras angulares en la construcción de la Humanidad!

¡Si no, ved! Cuando el bravío cazador retráese a la caverna, derrengado bajo el peso de la caza muerta, oliendo toda a selva y a sangre, y a fiera, él es seguramente el que desuella la res, y la corta en pedazos, descarna los huesos (que ávidamente guarda bajo el muslo, y reserva para su ración porque contienen la molleja preciosa), mas Eva junta esa piel, cuidadosamente, con las otras pieles almacenadas; esconde los huesos partidos, porque sus astillas agudas clavan y agujerean, y en una fresca cavidad de roca guarda la carne que sobró. Al cabo de un tiempo, una de esas abundantes tajadas olvídase, caída cerca de la hoguera perpetua. Extiéndese la lumbre, y lame lentamente la carne por el lado más gordo, hasta que un olor, desconocido y sabroso, agasaja y alarga las rudas ventanas de la nariz de nuestra Madre venerable. ¿De dónde viene el gustoso aroma? Del fuego, en el cual la tajada de venado o de liebre está entre ascuas y rechina. Entonces Eva, inspirada y grave, empuja la carne para la brasa viva; y espera, arrodillada, hasta que la espeta con la punta de un hueso, la retira de la llama ruidosa, y se la come, en sombrío silencio. Sus ojos brillantes anuncian otra conquista. ¡Y con la misma prisa amorosa con que ofreciera a Adán la manzana, le presenta ahora aquella carne tan diferente, que él huele desconfiado y después devora a dentelladas abiertas, roncando de gozo! ¡Y he aquí, cómo por medio de este pedazo de gamo asado, nuestros Padres suben victoriosamente otro escalón de la Humanidad!

El agua todavía la beben en el manantial vecino, entre los helechos, con la faz sumergida en la vena clara. Después de beber, Adán, arrimado a su enorme lanza, mira a lo lejos el discurrir lento del río, los montes coronados de nieve o de fuego, el sol sobre el mar, pensando, con arrastrado pensar, si en esas tierras que se extienden y se esconden más allá, la presa será más cierta y las selvas menos cerradas. Eva retorna luego a la caverna, para entregarse, sin descanso, a una tarea que la encanta. Enovillada en el suelo, toda atenta bajo la melena crespa, nuestra Madre hace, con un huesecito agudo, finos agujeros en la orla de una piel, y luego en la orla de otra piel. Tan embebida se halla en su labor, que no siente a Adán entrar y revolver en sus armas, mientras une las dos pieles sobrepuestas, pasando a través de los agujeros una delgada fibra de algas, que secan delante del fuego. Adán considera con desdén ese trabajo menudo que no aumenta fuerza a su fuerza. ¡El bruto Padre no presiente aún que aquellas pieles cosidas serán el resguardo de su cuerpo, la armazón de su tienda, el saco de su ropa, el odre de su agua y el tambor en que bata cuando sea un guerrero, y la página en que escriba cuando sea un Profeta!

Otros gustos y modos de Eva también le irritan; y a las veces, con una inhumanidad que ya es toda humana, nuestro Padre agarra por los cabellos a su hembra y la derriba y la pisa bajo la pata callosa; un furor así, le tomó una tarde, viendo, en el regazo de Eva, sentada delante de la hoguera, un cachorrito flojo y renco, que ella, con cariño y paciencia, enseñaba a chupar en una fibra de carne fresca. Al borde de la fuente descubriera el cachorrito perdido y gañendo, y muy mansamente lo recogiera, lo calentara, lo alimentara, con una sensación que le era dulce, y le abría en la espesa boca, aún mal sabedora de sonreír, una sonrisa de maternidad. Nuestro Padre venerable, con las pupilas relucientes, lanza la garra y pretende devorar al cachorro que entrara en su choza. Mas Eva defiende al animalito, que tiembla y la lame. ¡El primer sentimiento de caridad, informe como la primera flor que brotó de las algas, aparece en la tierra! Con las cortas y gangosas voces que eran el habla de nuestros Padres, Eva intenta acaso afianzar que será útil la amistad de un bicho en la caverna del hombre... Adán chúpase el labio trompudo. Después, en silencio, mansamente, corre los dedos por el lomo blando del cachorrito encogido. ¡En la Historia, este es un momento espantoso! ¡He aquí que el Hombre domestica al Animal! De ese cachorro agasajado en el Paraíso, nacerá el perro amigo, por él la alianza con el caballo, después el dominio sobre la oveja. El rebaño crecerá; el pastor lo llevará; el perro fiel lo guardará. Junto a la lumbre, Eva prepara los pueblos errantes que pastorearán los ganados.

Después, en aquellas largas mañanas en que el bravío Adán cazaba, Eva, errando por los valles y los montes, cogía conchas, huevos de aves, curiosas raíces, semillas, por el gusto de acumular, de abastecer su choza de nuevas riquezas, que escondía en las hendeduras de la roca.